Columna
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Los desequilibrios de Casado

Propaga la quiebra de España, por ver si llega; reniega de los fondos europeos hasta que se oficializan; busca que a su país se los retiren comparándolo con Polonia. Pero fracasa en todo eso

El presidente del PP, Pablo Casado, durante el 14º congreso del PP de Aragón.
El presidente del PP, Pablo Casado, durante el 14º congreso del PP de Aragón.FABIÁN SIMÓN / EUROPA PRESS (Europa Press)

Traficó hasta con su máster universitario, del que no hay prueba fehaciente. Y acusa a sus rivales de fraude fiscal, sin demostración ninguna.

En premio a sus favores universitarios, patrocinó a Enrique Arnaldo, quien fue sumiso empleado de facto de su partido —el más incompatible, ilegal, fanático y mal vestido de todos—, como magistrado de un Tribunal Constitucional desfallecido.

Dice defender la salud de los españoles. Pero se ubicó como ala extremista de Vox denigrando todo confinamiento contra la pandemia cuando era imprescindible. En contraste con el mayor sentido de Estado de la parafascista Marine Le Pen.

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Asegura que apoya a los catalanes prometiéndoles un 155 todas las mañanas. Pero ¡ay!, logró en Cataluña el peor resultado de la historia del PP, al colocar solo una diputada en las últimas elecciones: la que sería su portavoz, Cayetana Álvarez de Toledo, a la que engañó prometiéndole libertad de expresarse y ahora la sanciona por utilizarla.

Ignora que en Cataluña, el país valenciano, las islas Baleares y Andorra se habla igual idioma, con variantes. Y en su afán de dividir a los españoles, clama que el “formenterino” no es catalán, como si su “palentino” fuese lengua aparte del castellano, un atentado a la cultura y a la inteligencia.

Difunde el desvarío de que los nacionalistas catalanes torturan a los niños colocando “piedras en sus mochilas”, y que no les dejan “ir al lavabo” si no hablan catalán.

Ataca a los socialistas como encubridores de delitos sexuales de gente ajena a ellos en procesos aclarados, acotados y sentenciados por la justicia, en Valencia o Mallorca. Y jamás dijo ni mu contra la pederastia clerical.

Propaga la quiebra de España, por ver si llega; reniega de los fondos europeos hasta que se oficializan; busca que a su país se los retiren comparándolo con Polonia. Pero fracasa en todo eso. Y en boicotear el presupuesto, cuya aprobación le aleja sine die de un acceso precipitado a La Moncloa, ese hacerse un Rivera.

Evita mezclarse con Isabel Díaz, su criatura ultra que le derrota en popularidad, para no escuchar que la aplauden más. Y se afana en destruirla pues no sabe mandarla.

Y ataca con diatriba histérica a Nadia Calviño como la “peor ministra de la historia de España”, justo cuando los 27 la eligen como la mejor de toda la Unión Europea para un puesto clave en el FMI. Mientras a él le ignoran al ser un don nadie, protector del racista Viktor Orbán.

Por todo ello, su ponderado correligionario gallego, Alberto Núñez Feijóo, le aconseja con acierto, en público, que aporte “serenidad” y “sosiego” a España. Y no desequilibrios.

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