tribuna
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La economía española: comprender lo que nos pasa

A pesar de las cifras récord de empleo y la previsión de mejora en 2022, la realidad es que las expectativas para este año no se han cumplido y todos los factores de inestabilidad siguen vigentes

Reunión del Consejo de Ministros el pasado mes de agosto.
Reunión del Consejo de Ministros el pasado mes de agosto.Fernando.Calvo (EFE)

Los datos que se van haciendo públicos de la actividad económica de 2021 no son todo lo halagüeños que esperábamos. Tras la sorpresa de la revisión económica del segundo trimestre, que rebajó la estimación del PIB desde un notable 2,7% de crecimiento, a un raquítico 1,1%, muchos fueron los analistas que consideraron plausible que existiera una revisión posterior al alza en el tercer trimestre, dadas las cifras de empleo y de otros indicadores económicos, que apuntaban a una evolución mucho más robusta. Lo cierto es que el dato provisional del tercer trimestre, con un crecimiento del 2,2% intertrimestral, certifica la desaceleración de la recuperación económica. Tanto es así que la Comisión Europea ha rebajado el crecimiento de la economía española un punto, del 5,7% en 2021 al 4,7%, situando a nuestro país a la cola de la recuperación pospandémica. Probablemente no haya un único factor explicativo para esta revisión, pero podemos señalar algunos de ellos.

En primer lugar, es muy probable que la pandemia nos haya hecho perder productividad en algunos sectores, de manera que la vuelta al trabajo no haya significado un incremento equivalente de producción en muchas empresas. Esto es, a juicio del profesor Manuel Hidalgo, un fenómeno que se ha concentrado en tres sectores: la agricultura, la construcción y los servicios inmobiliarios, de manera que estas actividades han lastrado el crecimiento de la productividad y del conjunto de la actividad económica.

Por otro lado, pese a que el ritmo de vacunación ha sido notable, las sucesivas olas de la pandemia, y fenómenos como la tormenta Filomena, han impactado en la actividad económica desviando la evolución real de las previsiones económicas. En cualquier caso, estos fenómenos habrían afectado sobre todo al primer trimestre del año, que fue malo para todas las economías de la eurozona, pero no explica el débil crecimiento del segundo trimestre.

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En tercer lugar, debemos recordar la tardanza en poner en marcha los fondos Next Generation. Las previsiones presentadas en 2020 señalaban una ejecución de alrededor de 26.000 millones de euros, con un impacto de más del 2% del PIB. Lo cierto es que la complejidad del instrumento hace que ese efecto se retrase hasta 2022, ya que en 2021 apenas se ha ejecutado un 20% de esa cantidad, alrededor de 5.000 millones, sin un impacto significativo. El retraso en la puesta en marcha no sólo ha afectado a la inversión pública, que descansaba prácticamente de manera unívoca en el plan de recuperación, sino que también puede haber afectado a las decisiones de inversión privada, que posiblemente se han retrasado a la espera de poder ser financiadas por los fondos europeos. La gestión de las expectativas ha podido jugar en contra.

Y, por último, debemos señalar que, si bien la política de defensa de la crisis económica de la pandemia se ha centrado en sostener las rentas, poco se ha hecho, hasta el momento, en apoyar los sectores productivos. La puesta en marcha del fondo de solvencia ha sido minúscula, compleja y tardía, mientras otros países apostaban por planes mucho más generosos. La timidez en el apoyo empresarial puede haber contribuido a atascar cadenas de valor, lo cual se suma a los cuellos de botella existentes a nivel internacional y al incremento de los precios de la energía, aspectos todos ellos que están detrás del desatado —pero transitorio— aumento de los precios. La crisis pandémica ha sido una crisis de oferta y demanda, pero parece que la mayoría de las medidas tomadas han sido de demanda, a la espera de que un consumo vigoroso pudiera mantener la actividad productiva. No ha sido así, y Olivier Blanchard, poco sospechoso de ser amante de la economía de oferta, se pregunta si no deberíamos haber actuado de otro modo.

En conclusión, en economía, como en la vida, pocas cosas salen como prevemos, y este año no ha sido diferente. Con todo, la realidad impone sus cifras: España va a cerrar el año con un crecimiento que no se veía desde hace décadas, una tasa de afiliación a la Seguridad Social en cifras de récord, algo sorprendente dadas las circunstancias en las que hemos vivido, la prima de riesgo sigue estable y baja, y la alta deuda pública se estabiliza condicionada por el crecimiento nominal de la economía. Las previsiones para 2022 son mejores, situando a España como una de las economías con mayor crecimiento, pero tendremos que estar atentos a la evolución de los precios y al contexto social: si las malas noticias impactan consistentemente en las expectativas de los empresarios y consumidores, podemos volver a vivir un año de promesas incumplidas. La serie de catastróficas desdichas que ha golpeado a la economía mundial, europea y española en los últimos años es un contexto muy difícil en el que hacer previsiones y asegurar una política económica consistente y fiable, de manera que, en buena parte, seguimos viviendo un momento de cierta perplejidad.

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