Columna
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La verdad asoma

Casi todas las leyes sociales llegan tarde y tan solo se corresponden con una realidad terca que no conoce otra cosa que la experiencia humana

El Hospital Gómez Ulla de Madrid, que no dio respuesta a una enferma que pedía la eutanasia y acabó suicidándose.
El Hospital Gómez Ulla de Madrid, que no dio respuesta a una enferma que pedía la eutanasia y acabó suicidándose.Olmo Calvo

La verdad tiene uñas que rompen el saco que la esconde. Lo hace tímidamente, pero su rasgadura alcanza la luz. En su largo recorrido una verdad se nutre de todo lo que encuentra a su paso, que la hace más sólida y permanente. La verdad es una suma, exactamente lo contrario de un dogma, que es el resultado de imponer el silencio a todo lo que le contradice. Fue muy sorprendente que la sociedad española no discutiera con madurez alrededor de la legislación sobre eutanasia. Ni tan siquiera en el Parlamento, los llamados a hacerlo ofrecieron otra cosa que refutaciones y defensas a oídos tapados. Pero la verdad asoma desde hace tiempo en la forma en que se quitan la vida muchos enfermos sin perspectiva a los que el sistema no ha garantizado un proceso de final digno. Personas con enfermedades terminales y horizonte de solo dolor tratan de encontrar en la nueva ley una respuesta conforme a su decisión final, enmarcada en la descripción de ese acto, tan personal, que es la eutanasia. Hace poco hemos sabido del caso de una mujer mayor y enferma que respondía con precisión al perfil de alguien con derecho a la eutanasia y a quien en el hospital público que la trataban le aplicaron desprecio y mareo con trámites que en el fondo ocultaban una indecente forma de obstaculizar su decisión libre y razonada. Esta inasistencia es una forma de crimen.

También la verdad ha aparecido con rabiosa frecuencia cuando hablamos del aborto. Las legislaciones sobre este asunto solo tienen una finalidad, la de lograr que las mujeres no tengan que recurrir a la interrupción furtiva del embarazo, sin condiciones de higiene ni salud, bajo el amparo de mafias. Al final, pensémoslo, casi todas las leyes sociales llegan tarde y tan solo se corresponden con una realidad terca que no conoce otra cosa que la experiencia humana. En el caso del aborto, además, las mujeres padecen sobre su reproducción una tutela milenaria, paternalista y cruel, que de haberla padecido los hombres, hace siglos que estaría desestimada. Pues estas mujeres se enfrentan en algunos lugares de España a una objeción tejida en la estructura de la medicina pública que las expulsa hacia clínicas privadas especializadas. Conviene que la ley ponga atención a este dilema, pues si todo el equipo clínico de un hospital se declara objetor lo que se precisa es introducir aquellos profesionales dispuestos a cumplir con la ley sin que nadie les fuerce en una dirección u otra. El corporativismo puede encubrir, sucede en todos los oficios, la mala praxis bajo la forma de un chantaje grupal.

También la enfermedad mental se abre paso con terquedad en un panorama de desprecio supino. Los centros no están adecuados a la demanda masiva, la atención de urgencia es traumática para pacientes y familiares, y mientras se defiende la libertad para tomar cañas nadie refuerza estos servicios públicos, que ahora mismo contribuyen con su precariedad al estigma social. Son tres líneas de atención que no se resuelven con la pamema propagandística de un nuevo hospital ni con otra declaración mentirosa de apoyo a la medicina pública. Porque la verdad que asoma en cada caso relacionado con estos sucesos íntimos y nos habla de desatención, abandono, desamparo y desprecio. No hay ningún enigma, lo que hay es una realidad oculta que es indignante porque no encuentra altavoz ni eco entre los ciudadanos.

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