Columna
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El paciente español

En el actual clima de división política, toca tomar partido. Hay que atacar al oponente con adjetivos descalificativos, no estudiarlo fríamente

Pedro Sánchez se dirige a Pablo Casado durante una sesión en el Congreso de los Diputados.
Pedro Sánchez se dirige a Pablo Casado durante una sesión en el Congreso de los Diputados.Javi Martinez / GTRES

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Los otros están enfurruñados. Nosotros somos equilibrados, pero nuestros rivales políticos son iracundos. ¿Les suena? Es el dictado favorito de las musas a las plumas más reconocidas del momento. Y no me sorprende este maniqueísmo en muchos análisis de esta época tan polarizada, pero sí en una de las mentes mejor amuebladas de la izquierda, Ignacio Sánchez-Cuenca. Hace unos días escribía aquí sobre “las élites enfurruñadas de la Transición” que, humilladas ante el surgimiento de movimientos políticos alternativos (como Podemos) se han desplazado a la derecha, formando “una alianza amplia y poderosa que se revuelve” ante cualquier reforma política.

Me asombra viniendo del profesor que me enseñó dos reglas básicas para examinar la realidad: pensar en individuos concretos, no en grupos amorfos, y evitar los adjetivos. El profesor Sánchez-Cuenca ha educado a generaciones de científicos sociales de nuestro país en un principio propio del mundo anglosajón, y ajeno a una España bajo la sombra del postmodernismo estructural y otros devaneos mentales franco-germanos: el individualismo metodológico. Es decir, asumir que quienes actúan en una sociedad no son entes abstractos (como “alianzas poderosas”), sino personas de carne y hueso, con intereses diversos que hay que estudiar minuciosamente. Cortar con bisturí de cirujano, no pintar con brocha gorda.

La segunda lección que aprendí de Sánchez-Cuenca es que explorar el mundo social es como en el póker: las emociones deben quedarse en la puerta. Sánchez-Cuenca es para mí el Conde Almásy de El paciente inglés cuando Katherine le dice: “Quería conocer a la persona que escribió un libro tan largo con tan pocos adjetivos”. A lo que Almásy responde: “Una cosa es una cosa sin importar el adjetivo que le pones. Coche grande, coche pequeño, sigue siendo un coche”.

Pero parece que ya no es así. Ahora, los otros son coches enfurruñados. Y es que a algunos intelectuales españoles les ha pasado como al paciente inglés y sus amigos exploradores al estallar la guerra mundial, que antepusieron la lealtad patriótica a la razón internacionalista. En el actual clima de división política, toca tomar partido. Hay que atacar al oponente con adjetivos descalificativos, no estudiarlo fríamente.

Y lo dejo aquí porque nadie querrá conocer a alguien que escribe una columna tan corta con tantos adjetivos. @VictorLapuente

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