Columna
i

Peter Pan y la oposición en Colombia

La oposición colombiana tiene la posibilidad de llegar al poder en 2022, pero anda más interesada en sacarse los ojos entre ellos que en ver cómo se convierte en una alternativa de poder frente al uribismo

Un cartel contra el presidente Duque y el expresidente Uribe, el pasado 28 de abril durante una protesta en Medellín.
Un cartel contra el presidente Duque y el expresidente Uribe, el pasado 28 de abril durante una protesta en Medellín.JOAQUIN SARMIENTO / AFP

La oposición colombiana tiene la posibilidad de llegar al poder en las próximas elecciones de mayo de 2022, pero puede perder de nuevo ese bus si sigue como va. Es decir, si sigue actuando bajo el síndrome de Peter Pan, resistiéndose a crecer y a madurar y malgastando sus energías en atizar peleas internas en lugar de utilizarlas para ver cómo se une y derrota al uribismo.

La primera vez que la oposición tuvo la oportunidad de derrotar en las urnas al uribismo fue hace cuatro años, pero la victoria se les escapó de entre los dedos. Su inmadurez le impidió llegar unidos a la segunda vuelta. Sergio Fajardo, el candidato de la coalición del centro no apoyó al exalcalde Gustavo Petro en la segunda vuelta y decidió llamar a sus electores a que votaran en blanco, con el argumento de que votar por Petro iba contra sus principios. Mientras la oposición se dividía, el uribismo se unía en torno al candidato escogido por Uribe. A pesar de que la oposición tenía claro que estaba en juego el futuro del acuerdo de paz y el tránsito del país hacia la paz, pesaron más sus divisiones y sus egos.

Más información

Por cuenta de esta decisión, el uribismo volvió al poder a hacer trizas el acuerdo de paz, como lo había prometido en su campaña. Reinstauró sus dogmas hechos a la medida de su caudillo, el miedo como núcleo de la política y sus privilegios. Sin embargo, la función esta vez les salió mal. Luego de tres años de gobierno de Ivan Duque el país ha entrado en un limbo del que no sabemos cómo vamos a salir. El desempleo aumentó a dos dígitos, la pobreza está en 42%, el dólar va a llegar a cuatro mil pesos, la desigualdad se incrementó y las masacres y los asesinatos a líderes sociales que, pensábamos, nunca iban a volver, están de nuevo tocando a nuestra puerta. En solo este año llevamos contabilizadas más de 50 masacres.

Este descalabro ha hecho que una gran mayoría de colombianos responsabilice al uribismo de esta debacle y que esté pidiendo un cambio de rumbo. El apoyo a Uribe y al uribismo han decaído a cifras inimaginables y varias encuestas indican que hay cerca de un 85% de colombianos que dice que va a votar en las próximas elecciones por un candidato que se oponga al uribismo. Ese dato coincide con el reclamo que se oyó en las protestas de los jóvenes, quienes no solo salieron a las calles a pedir un mejor futuro, sino a exigir un cambio de gobierno porque están hasta la coronilla de que se le ponga trabas a la política de restitución de tierras, de que se pretenda manipular la memoria histórica para salvar al uribismo de su pasado, de que se favorezcan a las grandes corporaciones mientras intentan hacer reformas que van en contra de los más afectados por la pandemia, pero, sobre todo, de que no sean siquiera escuchados en estos reclamos y que la respuesta sea siempre el señalamiento. Creen que los están devolviendo al pasado.

En resumidas cuentas: están dadas todas las condiciones para que haya un cambio de poder en Colombia. El único problemita que tenemos es que hoy la oposición anda más interesada en sacarse los ojos entre ellos que en ver cómo se convierte en una alternativa de poder frente al uribismo.

Sin darnos cuenta estamos volviendo a repetir la historia de las elecciones pasadas y todo indica que la oposición no aprendió la lección, porque pasan los años y no se le ve que madure ni que supere sus caprichos. Tiene todas las de ganar porque nunca el uribismo había estado tan débil ni tan de capa caída. Sin embargo, hoy la oposición está más dividida que antes. En esa encrucijada estamos.

En la actualidad la oposición está liderada por dos grandes figuras igualmente recias: la alcaldesa Claudia López del partido Verde y el exalcalde de izquierda Gustavo Petro. A pesar de que en el pasado hicieron política juntos, de que estuvieron en alianzas y de que votaron muchas veces en el Congreso del mismo lado, hoy no se pueden ni ver. Han roto todos los puentes que los comunicaban y se han declarado la guerra. Petro le ha hecho más oposición a Claudia que al uribismo y Claudia no se ha quedado atrás.

Es cierto que Gustavo Petro lidera hasta ahora todas las encuestas electorales, pero no las tiene todas consigo. A pesar de que el uribismo está muy agotado, Petro necesita de los votos del centro para ganar en la segunda vuelta, pero por cuenta de la pelea es bastante probable que no los vaya a tener. Lo mismo sucedería si el candidato más opcionado resulta ser el del centro, impulsado por el partido de Claudia López. Si quiere ganar, necesitaría de los votos de la izquierda. Pero tal como están las cosas es posible que ese escenario tampoco se dé. Ambos se necesitan, pero tal es su distanciamiento que parece improbable que pueda haber un acuerdo entre ellos. Si ni siquiera se pudieron poner de acuerdo en la elección de las mesas directivas del congreso que le correspondían a la oposición, menos van a poder hacer un pacto para ir unidos a la segunda vuelta y derrotar al uribismo.

Si la oposición se une tiene cerca de 12 millones de votos mientras que la derecha uribista tiene siete. Hagan las cuentas de lo que va a suceder si la primera se divide.

La situación se vuelve más descorazonadora cuando se constata que las peleas entre la alcaldesa y Petro no están determinadas por cuestiones ideológicas ni por grandes diferencias en sus idearios. No: de hecho en el pasado, como ya se ha dicho, los dos votaron los mismos proyectos y plantearon desafíos muy similares. Aquí no hay ninguna disputa ideológica sino un pleito personal que tiene enfrentados a dos titanes y que si no se detiene puede hacer explotar a la oposición en mil pedazos. No de otra forma se explica la manera en que se están sacando los ojos a punta de trinos, de declaraciones venenosas y de señalamientos desproporcionados que rayan con lo absurdo.

¿Y quién tiró la primera piedra? Eso poco importa. A los colombianos que deseamos tener una oposición vigorosa, que esté a la altura de las circunstancias y que sea capaz de pensar y actuar como alternativa de poder, y que no sea solo un foco de resistencia, no nos importa saber quién fue el que comenzó este zafarrancho. No estamos interesados en seguir sus pugnas, ni sus pleitos personales, así las redes las pongan de tendencia. Nos interesa, eso sí, que actúen con grandeza y sin pequeñeces, pensando más en el país que en sus sueños de grandeza. ¿Será mucho pedir?

Si la oposición no es capaz de dejar sus caprichos y convertirse en algo grande, el expresidente Alvero Uribe podrá, tras bambalinas, seguir escogiendo a dedo a los próximos presidentes del país. Y eso no es democracia, sino dedocracia.

Ojalá los que hoy se están sacando los ojos atemperen sus odios, manejen sus egos y se pongan a trabajar para lo que el país les está exigiendo. Una oposición que se deja ganar por sus peleas intestinas y que está marcada por sus egos y no por sus desafíos es una mala noticia para cualquier democracia. Y la democracia colombiana no se puede dar el lujo de tener una oposición con síndrome de Peter Pan porque nos lleva el que sabemos.

Suscríbase aquí a la newsletter de EL PAÍS América y reciba todas las claves informativas de la actualidad de la región

Archivado En:

Más información

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50