Columna
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El chuletón de la discordia

El problema es por qué la prudencia política puede ir en contra de lo que dictan la preservación de la salud y las medidas contra el cambio climático

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la presentación del proyecto España 2050 en mayo.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la presentación del proyecto España 2050 en mayo.Efe

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Al ministro Garzón le asiste la razón medioambiental y la nutricionista; a la nomenclatura del PSOE y al propio presidente, la político-prudencial. Creo que eso lo comparten todos los que son capaces de analizar la realidad sin el obtuso sesgo partidista. El problema, por tanto, no es de quién tiene razón, sino de por qué son dos “racionalidades” distintas, por qué la prudencia política puede ir en contra de lo que dicta el cambio climático y la preservación de la salud, dos bienes que se supone que tienen un valor cuasi-absoluto. Creo que la pregunta se contesta por sí misma. Macron decidió una pequeña subida del precio del diésel guiado por criterios medioambientales y se encontró con los belicosos chalecos amarillos. En Alemania ha vuelto con fuerza el debate en torno a la limitación de velocidad en las autopistas y la todopoderosa industria del automóvil está de uñas ante la amenaza que eso supone para un sector clave de la “nación exportadora”. O sea, prudencia, con las cosas de comer no se juega.

Por otra parte, sin embargo, lo llevamos claro si cada vez que haya que tomar decisiones difíciles para conseguir objetivos imprescindibles nos guiamos por lo que dicta la prudencia política. En los sistemas democráticos es, además, cortoplacista por definición. Al actor político le importan las próximas elecciones, no las generaciones futuras. Se ve obligado a incorporarlas a su discurso, pero a la hora de la verdad se anda con las lógicas cautelas para no perder potenciales votantes. ¿Quién dijo que la transición verde iba a ser fácil? ¿Qué vamos a hacer con los sectores más señalados? Hurtarnos estas preguntas es inaceptable por mucho que sea políticamente inasumible.

Hasta ahora solo hay dos vías de solución ante este dilema. La primera, la más sencilla y utilizada, es pedir auxilio a la UE. Que ella decida. Algún día habrá que analizar la funcionalidad de las instituciones europeas para descargar a los políticos del continente de las decisiones necesarias y difíciles a la vez. Y la verdad es que a este respecto es un salvavidas para políticos timoratos. La segunda es la concienciación de los ciudadanos. La bajada de la demanda irá consiguiendo el objetivo buscado sin tener que recurrir a prohibiciones. Un poco lo que está ocurriendo con los toros. Y cabe pensar en otra más, analizar en qué medida la ganadería supone en realidad la amenaza que se nos dice y por qué. Para tomar medidas y aumentar la concienciación es preciso tener antes todos los datos. Y en esto, lo siento, los poderes públicos tienen que dar la cara. No basta con dar las cosas por supuestas, ni en una dirección ni en otra.

Un último punto. De este debate sobre el chuletón, lo menos importante es el análisis de la política pequeña, que si Garzón tenía los días contados, que si la disputa Podemos/PSOE en el seno del Gobierno. Ante la tragedia potencial que se cierne sobre el sector ganadero y lo mucho que hay en juego con el calentamiento global, son minucias. O el ayusismo y su retórica de la “libertad”: que si nos van a imponer lo que hay que comer, que si nos toman por niños. Qué quieren que les diga, acabo de tener una nieta y a partir de ahora no soporto que sus intereses y los de quienes están por llegar se puedan ver frustrados por las ya insoportables disputas de campanario.

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