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No somos árboles frutales

Una idea sustancial de Emilia Pardo Bazán, que revela valentía y audacia, se basa en no suponer la maternidad como el acontecimiento que vertebra la vida de una mujer

Retrato de Emilia Pardo Bazán pintado por Joaquín Sorolla en 1913.
Retrato de Emilia Pardo Bazán pintado por Joaquín Sorolla en 1913.EL PAÍS

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Para que luego digan que lo esencial es la obra y que la vida no importa. En el caso de Emilia Pardo Bazán, no puede entenderse una cosa sin otra porque su voluntad empecinada por vivir a su aire y la entrega a la literatura fueron fruto del mismo carácter apasionado. Lo que más me admira de esta grandísima intelectual fue la magnanimidad con la que trató sus propias contradicciones. No parecía sufrir por ellas, se las permitía. Su biógrafa Isabel Burdiel suele contar que para escribir la vida de una mujer tan intensa hubo de enfrentarse al hecho de que estaba retratando a una escritora progresista y conservadora a un tiempo. Esa complejidad es la que convierte a doña Emilia en una mujer fascinante. Católica sin ser beata, carlista airada en su juventud, escandalosa para los reaccionarios, feminista que no soportaba el romanticismo o el costumbrismo pedagógico al que se veían abocadas las plumas femeninas. Amante de sus amantes. Qué maravilla esa relación cambiante que mantuvo con Galdós. Él la defendería siempre en los ambientes progresistas y ella en los círculos conservadores. Lo que nos cautiva ante todo en esta revitalización de su figura que suponen los actos de su centenario es la bravura con la que siempre defendió la igualdad de las mujeres. Fue ella el producto de una educación inusitadamente liberal en la que, sobre todo su padre, la animó a perseguir sus ambiciones y a no dejarse amedrentar por quienes reservaban para las mujeres un papel subordinado. Una idea sustancial de nuestra escritora, que revela valentía y audacia, se basa en no suponer la maternidad como el acontecimiento que vertebra la vida de una mujer: “Todas las mujeres conciben ideas, pero no todas conciben hijos. El ser humano no es un árbol frutal que sólo se cultive por la cosecha”. Como es fácil deducir, fue habitual tacharla de mala madre, por ser también poco ternurista en los textos que dedicó a sus hijos.

Se me vienen a la cabeza los valerosos pensamientos de doña Emilia leyendo estos días la alarma que provoca la caída en picado de la natalidad en España. En 2020 han nacido 21.411 criaturas menos que en el anterior. Puedo entender esta falta de entusiasmo colectiva para traer hijos al mundo. Solo hace falta recordar el estado de estupefacción en el que nos quedamos tantos el día en que se paralizó la actividad social y nos vimos encerrados en nuestras madrigueras. Pero el descenso de la natalidad venía de lejos. Es curioso observar que seremos un país envejecido en un planeta en el que sobra gente y faltan recursos. Al hilo de esta circunstancia surge el debate. Por un lado, la idea de que si no tiene descendencia una mujer está incompleta, a pesar de que lo retrógrado que esto suena expresado por escrito, mantiene su vigencia; por otro, el temor a convertirnos en un país de jubilados sin jovenzuelos que produzcan riqueza obliga a incluir el asunto en los programas políticos, algunos con un tufillo rancio que apesta a los viejos premios de natalidad. Está claro que las condiciones económicas no animan a tener hijos y que nuestro sistema de ayuda a la crianza es raquítico comparado con países como Alemania, donde se favorece la conciliación. El Estado ha de poner su parte, arropar a quien quiera procrear, pero también hay que entender que las mujeres no repoblamos espacios vacíos. Una joven sin hijos no tiene por qué considerarse disminuida o sentirse frustrada. Y eso no tiene nada que ver con el egoísmo o con la banalidad. Volvemos a Pardo Bazán: no somos árboles frutales. Lo decía doña Emilia que era feminista y católica, compleja, como somos muchas, porque, señora Ayuso, no abortan solo las de izquierdas, no ayudan a una muerte digna solo los hijos de izquierdas. No deshumanice usted al adversario llamándolo insensible o incluso asesino, como así hizo su asesor Miguel Ángel Rodríguez con el doctor Montes, y le salió caro.

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