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Auténticos nacionalistas

Los dubitativos que quieren los indultos para pasar página deben disimularlo para no ser tildados de traidores. Saben que será el principio del fin

Los líderes independentistas acusados por el proceso soberanista catalán que derivó en la celebración del 1-O y la declaración unilateral de independencia de Cataluña, en el banquillo del Tribunal Supremo al inicio del juicio del 'procés'.
Los líderes independentistas acusados por el proceso soberanista catalán que derivó en la celebración del 1-O y la declaración unilateral de independencia de Cataluña, en el banquillo del Tribunal Supremo al inicio del juicio del 'procés'.Emilio Naranjo / EFE

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No dejarán de ser independentistas, aunque sepan que jamás verán la independencia. No se arrepentirán, antes al contrario repetirán tantas veces como haga falta que lo volverán a hacer si creen que la ocasión se les presenta de nuevo. No reconocerán abiertamente que se equivocaron, aunque lo admitan con la boca pequeña y se sientan frustrados y humillados por su propia torpeza.

Son nacionalistas auténticos. Sitúan su idea de nación por encima de las leyes, porque consideran que la nación es anterior a cualquier constitución y a cualquier ordenamiento jurídico. Es ilusión pretender de ellos un compromiso respecto a una regla de juego que no reconocen, porque quieren crear su propia regla de juego.

No son republicanos a pesar de que afirmen lo contrario. Conciben la democracia solo como el camino hacia su victoria. La vida de la nación está por encima de los regímenes políticos y de los derechos de los ciudadanos. Un nacionalista auténtico es alguien que está dispuesto a admitirlo todo, incluso una dictadura, a cambio de la emancipación nacional de sus ensueños.

Han sido una minoría insignificante en dos siglos de nacionalismos, pero la gran recesión primero y los populismos más tarde les dieron la oportunidad soñada. Creyeron que sería la última y que había que apostarlo todo en esta jugada postrera, que calificaron de histórica: o ahora o nunca, o sumisión o independencia, o todo o nada.

Ha sido nada. Sus líderes se dividieron y pelearon, sin freno ni límites en sus resentimientos. Unos huyeron y otros fueron encarcelados, unidos todavía por los intereses y la retórica. Para conservar el poder que obtuvieron gracias a su cabalgada populista: por eso gobiernen coaligados y peleados. Para sostener la retórica de su martirologio patriótico, sus presos y sus exiliados, su pueblo unánime, enfrentados a un Estado cruel y enemigo.

Aprovechar la ley para saltarse la ley no es para ellos contorsión sino costumbre. Véase la desenvoltura con que se reúnen en las cárceles que ellos mismos administran y la libertad con la que los presos participan en programas televisivos, mítines y tomas de posesión de sus compañeros de Gobierno.

No quieren los indultos, sino la improbable amnistía. Estas cárceles amables les sirven como potente arma unificadora. Y los dubitativos que quieren los indultos para pasar página deben disimularlo para no ser tildados de traidores. Saben que será el principio del fin. Del engaño, no del ensueño, que empezó a desvanecerse mucho antes.


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