Columna
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La bondad radical

Da miedo ser bueno porque hay tanta literatura, tanto cine, sobre la superioridad de las mentes malignas que la bondad se ha quedado como esa cualidad de tercera a la que solo pueden recurrir aquellos que no están adornados con otras virtudes.

Javier Cámara, en un fotograma de 'El olvido que seremos'.
Javier Cámara, en un fotograma de 'El olvido que seremos'.

Da miedo ser bueno. Da miedo porque hay tanta literatura, tanto cine, sobre la superioridad de las mentes malignas que la bondad se ha quedado como esa cualidad de tercera a la que solo pueden recurrir aquellos que no están adornados con otras virtudes. Los etólogos, que estudiando el comportamiento de los animales, nos descubren de qué pasta estamos hechos nosotros, hablan de la tendencia dominante de los seres vivos a ser colaborativos. Pero a los creadores de ficción eso no les importa: en los últimos tiempos hay que rebuscar en las ofertas de cine para encontrar algo que no remita a las fechorías de un asesino en serie, siendo mujeres y niños las víctimas favoritas, reducidas en el argumento a esas fotos que se cuelgan en los corchos policiales; mientras, el foco de la acción se proyecta sobre el asesino, al que se presupone brillante, juguetón, poseedor de una mente digna de estudio. Los personajes han acabado siendo estereotipos, tan previsibles que ya sabemos desde la introducción cuál es el cuento: la vida de una mujer policía amargada, que come con la boca abierta comida basura, que tiene una vida de mierda, que se obsesiona con el caso en cuestión hasta fallarles a sus hijos y no acudir a sus competiciones deportivas. Como decía Buñuel, a los cinco minutos ya se adivina el final: “Sale Marlene Dietrich fumando, la fusilan al final por espía”.

En 2011 se publicó Semillas de gracia, las memorias del hispanista Thomas Mermall. Este profesor que tantos años impartiera Literatura Española en la City University of New York fue el único niño judío que sobrevivió en una amplia zona de Hungría durante la ocupación nazi. Huyó con su padre de una muerte segura y si pudo contar su historia es gracias a que un campesino arriesgó la vida de su familia para salvar la de dos fugitivos. Mermall tenía seis años. El viejo profesor planteaba la cuestión esencial: ¿De dónde nace la bondad?

El olvido que seremos, la extraordinaria película de Fernando Trueba basada en el libro del colombiano Abad Faciolince, cuenta el esforzado empeño de un médico, el doctor Abad, en instaurar en su país un justo sistema de sanidad pública. No hace falta adivinar el final de la historia, de todos es sabido que Abad Gómez fue asesinado, pero eso no nos impide contener el aliento hasta el triste final, como si aún fuéramos capaces de salvar la vida de un hombre que la dio por los demás. Las personas buenas, en contra de lo que la ficción se empeña en hacernos creer, no son fáciles, porque en su afán de justicia colectiva pueden inadvertir las debilidades de quienes tienen cerca y tal vez no posean la fortaleza ni la valentía de los hombres buenos. El hombre bueno avanza solo, asume el peligro, no suele ser ideológico sino activista, defensor de la educación y la sanidad públicas, de esos pilares que mejoran considerablemente la vida de los vulnerables. La mujer o el hombre buenos a veces arrastran a los suyos en una misión que consideran inaplazable. El hombre bueno que era el doctor Abad Gómez entraba en conflicto con el hijo adolescente que no estaba dispuesto a entregar su vida a un ideal. La bondad no corresponde a los blandos. El bondadoso no presume de sus logros, actúa según sus principios.

En estos días en los que una renovada violencia ha brotado en Colombia esta película cobra un sentido emocionante. Este héroe de las vacunas, este activista de los derechos humanos, dio su vida por una causa justa y debemos creer que esta muerte no fue en vano. Las causas que vertebraron su vida aún siguen ahí, vibrantes. El olvido que seremos convierte un asesinato de 1987 en la actualidad más urgente. Su llegada a los cines parece providencial. Y aquel hombre bueno, interpretado por un excepcional Javier Cámara, vuelve a mostrarnos una verdad que no queremos ver: la verdadera radicalidad está en la bondad.

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