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Columna
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Pandemia y populismo

El lastre es Narendra Modi, no la democracia india

Lluís Bassets
Coronavirus India
Vista general de un crematorio improvisado de víctimas de la covid en Nueva Delhi (India), el pasado 23 de abril.DANISH SIDDIQUI (REUTERS)

Será larga la carrera. Es todavía prematuro pensar en la meta. China, hasta ahora pegada a la rueda de la globalización, ha empezado a correr por su propia cuenta e incluso toma ventaja. Con Estados Unidos embarrado en sus guerras durante 20 años, solo faltaba la apoteosis del caos trumpista.

La partida no se juega esta vez en tierra europea, como sucedió durante la Guerra Fría. Se libra en Asia y esta vez, a diferencia de la pugna que enfrentó a Washington y Moscú en la segunda mitad del siglo XX, va de hegemonía más marítima que continental. Es la región Indo-Pacífico, central para los intereses de Estados Unidos y de Europa, en la que Delhi es un aliado estratégico frente a Pekín. De ahí la relevancia de la calamidad de dimensiones bíblicas que se ha abatido sobre el subcontinente indio.

Por demografía y emplazamiento, es la única potencia regional que puede jugar en la misma división que China. Su joven pirámide de población, en comparación con la envejecida pirámide china, le da bazas para el futuro, pero su sistema federal, la democracia y la diversidad lingüística, religiosa y étnica, contrastan con las facilidades que tiene un Estado autoritario, uniforme y rígido como el comunista chino para enfrentarse a una pandemia.

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India proyecta ahora la imagen de un país desgobernado, productor de vacunas pero incapaz de inmunizar a su población y de controlar la pandemia con confinamientos y medidas de alejamiento social. Y lo que es peor, con un Gobierno populista y ultraliberal, que debilita la asistencia sanitaria y carece de voluntad y de medios para combatir la corrupción y el mercado negro que parasitan el sistema de salud, los suministros de oxígeno y de respiradores, la provisión de camas, e incluso las cremaciones rituales de los cadáveres.

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Narendra Modi, el caudillo del supremacismo hindú, acaba de perder las elecciones regionales en varios Estados donde hizo campaña sin atender a las normas de prudencia frente a la covid. Su prestigio va a la zaga del que le quedó a Trump por su negacionismo ante la pandemia y del que está dejando en la cuneta a Jair Bolsonaro.

Arrojan las peores cifras tres países entre los mayores del planeta, los tres democracias federales regidas al empezar la pandemia por líderes populistas y neoliberales que sacrificaron vidas en favor de las economías. El récord es de Trump: 33 millones de infectados y casi 600.000 muertos. Detrás viene India en infectados: 20 millones (226.000 muertos); y Brasil en muertos: 410.000 (15 millones de infectados); cifras todas ellas oficiales y muy a la baja.

El diagnóstico de Francis Fukuyama es tan claro como universal: “No creo que exista correlación entre democracia y buenos o malos resultados con la pandemia. Pero definitivamente sí hay una correlación entre los líderes populistas y los malos resultados”. El lastre es Modi, no la democracia india.

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Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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