EDITORIAL
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Retirada de Afganistán

Biden ordena el repliegue tras una intervención militar con muchas sombras

El presidente de EE UU, Joe Biden, informa desde la Casa Blanca sobre la retirada de tropas que aún permanecen en Afganistán, este miércoles.
El presidente de EE UU, Joe Biden, informa desde la Casa Blanca sobre la retirada de tropas que aún permanecen en Afganistán, este miércoles.Andrew Harnik / POOL / EFE

Estados Unidos ha decidido poner fin a la intervención militar en Afganistán, su guerra más larga. La decisión responde sobre todo al nuevo enfoque geoestratégico de Joe Biden. Aunque en Afganistán, a diferencia de Irak, Washington respondió a una agresión evidente (los atentados de Al Qaeda del 11-S de 2001) y contó con el respaldo de la comunidad internacional (incluida una resolución de la ONU), la misión había superado su motivo inicial. Tras derribar al régimen talibán, que dio refugio a los responsables de aquellos ataques, el objetivo no estaba claro y la corrupción de los gobiernos afganos tampoco ha ayudado. El balance de dos décadas de intervención no es luminoso.

Al mismo tiempo, la salida de las tropas estadounidenses, que arrastran consigo a las de la OTAN que las apoyaban, resulta problemática. En primer lugar, para los muchos afganos que temen que los talibanes vuelvan a hacerse con el poder. No se ha consolidado el prometido sistema democrático; tampoco ha concluido el proceso de paz al que el anterior presidente estadounidense, Donald Trump, vinculó inicialmente la retirada. Sin la protección aérea y logística de los soldados extranjeros, resulta dudosa la capacidad de las fuerzas afganas ante el empuje de la guerrilla talibán, que ya controla buena parte del país.

Es cierto que los talibanes, a diferencia de Al Qaeda, no son ajenos a la sociedad afgana e incluso cuentan con respaldo social en muchas zonas rurales. También lo es que Afganistán ha cambiado mucho en las dos décadas transcurridas desde que EE UU les echó del poder. Casi dos tercios de sus 38 millones de habitantes tienen menos de 25 años y no han sufrido las restricciones y penurias que caracterizaron el Gobierno talibán (1996-2001). Las mujeres, en particular, han alcanzado derechos sin precedentes en educación, acceso a la sanidad y trabajo.

No está claro cuánto han evolucionado los talibanes. En algunas zonas bajo su control permiten que las niñas vayan al colegio, pero solo hasta que llegan a la pubertad. Más preocupante, no han dado signos de estar dispuestos a compartir el poder, como pretende la conferencia internacional que EE UU ha convocado en Estambul a finales de este mes (y en la que rechazan participar). Con la salida de las tropas extranjeras asegurada, carecen de incentivo para flexibilizar su postura maximalista.

Sería un grave error que, con sus soldados de vuelta a casa, Occidente se olvidara de Afganistán. Una nueva guerra civil causaría nuevos desplazamientos de población que debieran preocupar a sus vecinos, pero también a Europa (en 2019, antes de la pandemia, los afganos superaron a los sirios entre quienes llegan de forma ilegal). Además, si los talibanes vuelven a monopolizar el poder, se corre el riesgo de que el país asiático se convierta de nuevo en un refugio para los terroristas.

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