COLUMNA
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Dos escritorios y una estantería para libros

Los complejos mecanismos que mueven a las personas no siempre casan con un programa ideológico

Tropas soviéticas en la última fase de la batalla de Stalingrado, en enero de 1943.
Tropas soviéticas en la última fase de la batalla de Stalingrado, en enero de 1943.

Las novelas dan noticia de muchas expectativas y ademanes de la gente corriente que pasan con frecuencia desapercibidas. En Stalingrado, por ejemplo, Vasili Grossman se refiere a algunas de las minucias que pasaban por la cabeza de un joven estudiante comunista de la Unión Soviética, allá por los años treinta. Estaba profundamente convencido de que el proyecto que se había puesto en marcha en su país iba a cambiar la sociedad profundamente, sacando de la miseria a la gran mayoría, así que se aplicó a fondo a colaborar en la transformación del mundo anterior: injusto, egoísta, trasnochado. Trabajaba como una fiera, no dormía más allá de cuatro o cinco horas al día, dedicándose a sus estudios y a favorecer los vínculos entre las universidades y las escuelas obreras. Era bueno y generoso.

Para hacerse una idea de los sueños que lo movían, Grossman explica el aspecto ideal que tendría para él una habitación de matrimonio: “Dos escritorios, uno para el marido y el otro para la mujer, estanterías para libros, dos camas abatibles sujetas durante el día a la pared y un pequeño armario empotrado”. Punto. No esperaba mucho más. Un poco de sitio para sentarse y leer, un lugar donde dormir y un rincón en el que guardar los calcetines y las bragas y los calzoncillos, los hombres y mujeres que estaban surgiendo de la revolución no necesitaban distraerse con fruslerías inútiles. Aquel joven estaba forjándose unos modales tan estrictos y unos hábitos tan austeros que se puso de un pésimo humor cuando a su mujer, ya embarazada, se le ocurrió “confeccionar pañales” y “compró una tetera, dos cacerolas pequeñas y algunos platos hondos”. ¡Vaya dispendio, qué lujos disparatados!

Eran otros tiempos. Igual entonces todavía existía un cierto margen de maniobra para poder imaginar las cosas a tu manera, y no pesaba tanto la publicidad que tan bien empaqueta hoy las expectativas de cada uno que se llega incluso a pensar que han sido ocurrencias propias. Sea como sea, el tono de aquella época en la que se construía el comunismo era muy distinto. Los jóvenes despreciaban la vida material para concentrarse mejor en lo que entendían más importante, la solidaridad. Lo peor de todo era estar contaminado por la más mínima influencia de la ideología burguesa. ¡Los roces! Escribe Grossman que, “cuando en algún pasillo estrecho sus ropas rozaban el cuerpo de alguna alumna atractiva y bien acicalada, sospechosa de pertenecer a la burguesía”, aquel entusiasta revolucionario “se sacudía instintivamente la manga de la casaca”.

Las novelas cuentan detalles que suelen quedar sepultados por esas abstracciones que mueven el mundo, y que son moneda corriente en la política. Con demasiada frecuencia se reducen los complejos y extraños mecanismos que operan en las personas para convertirlos en un burdo programa gobernado por un puñado de ideas. La madre de la mujer de aquel joven comunista, cuenta Grossman, le dijo en una ocasión a su hija que temía que él fuera incapaz de conciliar “el amor a la humanidad con el amor a una persona concreta”. Ahí está posiblemente una clave, la de no dejarse arrastrar por esas simplificaciones que reducen las contradicciones de la vida a un caramelo envenenado que sacia ese afán de querer tener siempre la razón de nuestro lado.

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