Editorial
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Los cómplices del golpe

China y Rusia pueden terminar con el baño de sangre que se está registrando en el país asiático

Manifestantes sostienen pancartas durante una protesta contra el golpe militar en Mandalay, Myanmar, el pasado 11 de abril.
Manifestantes sostienen pancartas durante una protesta contra el golpe militar en Mandalay, Myanmar, el pasado 11 de abril.STRINGER / EFE

Desde el golpe de Estado perpetrado por el ejército de Myanmar el pasado 1 de febrero la situación en el país asiático se ha ido degradando hasta extremos inaceptables. La muerte de más de 80 manifestantes entre el jueves y el viernes pasados a manos de la policía y el ejército en una localidad al noreste de Yangón, la capital comercial del país, es apenas el último episodio de una espiral de violencia abierta contra la población con la que el régimen pretende acabar con las masivas protestas que exigen democracia. Una estrategia violenta estéril que acerca cada vez más al país asiático a una guerra civil. Esta nueva matanza se suma a los incesantes asesinatos de manifestantes, las detenciones masivas de opositores, artistas e informadores que se niegan a aceptar la dictadura, el encarcelamiento o arresto del Gobierno democráticamente elegido y una brutal represión en todos los frentes que está ejerciendo la Junta militar.

Ni la condena internacional ni las sanciones impuestas por países democráticos pueden revertir esta senda. Desde luego son necesarias, pero no conviene caer en la ingenuidad sobre su efectividad real mientras el nuevo régimen birmano siga contando con la actitud, por lo menos pasiva, de China y Rusia. En este sentido, es certero el portavoz internacional del autoproclamado Gobierno civil clandestino cuando asegura en una entrevista con EL PAÍS que Pekín y Moscú podrían cambiar la dramática situación “con una sola llamada”.

China es el principal socio comercial de Myanmar y durante la última década ha sido uno de sus principales suministradores de armamento. Oficialmente el régimen de Pekín —prácticamente el único apoyo internacional de la dictadura militar existente desde 1962 hasta la llegada de la democracia en 2011— ha asegurado que no quiere interferir en un asunto interno, lo que equivale aparentemente a renunciar a su tremendo ascendiente sobre la junta militar y, de hecho, respaldar sus prácticas. Rusia, por otra parte, aprovecha bochornosamente la situación para ganar proyección en la región y así lo demuestra con la rápida visita de su viceministro de Defensa.

El alto representante de la UE, Josep Borrell, denunció ayer la acción de China y Rusia para impedir que el Consejo de Seguridad de la ONU actúe en esta crisis, y señaló que la UE se dispone a imponer nuevas sanciones para golpear a empresas vinculadas a los militares. Estas palabras y acciones van en la dirección correcta. Pero nada hace pensar que Pekín y Moscú viren y se empleen para frenar la deriva militar en Myanmar. Aun así, no hay que desistir y, entre otras cosas, encargarse de que esta actitud pese mucho en su cuenta moral y en la mirada de los birmanos que ven con espanto esta situación. Algún día ojalá le puedan pasar factura a Pekín y Moscú.

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