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La campaña más salvaje

Parafraseando aquello que decía Churchill de los Balcanes, España empieza a producir más Historia de la que puede digerir, entendiendo la actualidad como la Historia del presente

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante una sesión de Control al Gobierno, este miércoles, en el Congreso de los Diputados, en Madrid, (España).
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante una sesión de Control al Gobierno, este miércoles, en el Congreso de los Diputados, en Madrid, (España).EUROPA PRESS/E. Parra. POOL / Europa Press

Parafraseando aquello que decía Churchill de los Balcanes, España empieza a producir más historia de la que puede digerir, entendiendo la actualidad como la historia del presente. El ritmo vertiginoso de la información cotidiana bordea la opulencia, hasta ese punto de sobreinformación que ya no sirve para orientarse sino que hace perder la perspectiva. Desde hace días, la espiral gira delirantemente. Resultaría excesivo considerar la moción de Murcia como nuestro asesinato del archiduque austrohúngaro en Sarajevo, pero desde luego ha desatado una peligrosa onda expansiva que incluye la implosión de Ciudadanos, efervescencia de la ultraderecha para entusiasmo del PSOE, crisis de Gobierno, una campaña sucia en Madrid, polarización populista con vaciado del centro... brillante operación iniciada en La Moncloa, con la complicidad miope de Arrimadas, en plena pandemia. Y a esta demencia contribuimos también los medios, como si la política generase respetabilidad por sí misma aunque según qué días parezca más Sálvame Deluxe. Por demás, que resulte divertido o hasta fascinante, no lo blanquea ni remotamente. Montesquieu elogiaba a aquellos pueblos cuya historia se lee con aburrimiento porque sin duda son más prósperos. En España, no hay democracia aburrida, pero quizá sí empieza a haber aburrimiento de la democracia. Es un peligro constatable cómo la lógica populista va contaminando la democracia liberal.

Todo apunta a una campaña sucia y esperpéntica en Madrid. La bienvenida de Ayuso a Iglesias, después de que éste consagrara el deber de plantar cara a “la derecha criminal”, fue la proclama de “comunismo o libertad”. ¿Realmente estos aprendices de brujo, o sus speechwriters con alma de guionistas, no reparan en que ese lenguaje años treinta, más allá de ser irreal, constituye una áspera invitación a fracturar la convivencia tolerante? Claro que difícilmente se puede confiar en ninguna contención si la pandemia con decenas de miles de muertos no sirve para contener siquiera levemente el oportunismo político. Y la sesión de control, como siempre, da pistas. Casado acudió con un mitin descentrado demasiado obvio, bajo el temor de Vox; y Sánchez le reprendió con tono de púlpito –”ay, señor Casado, que ya estamos en campaña...”– antes de lanzarse él mismo a otro discurso electoralista con una agresividad que debió reservar para Rufián sin achantarse por tacticismo. Aunque Madrid esté lejos de la degradación en Cataluña, donde hay apelaciones constantes contra el principio de legalidad patrimonializando las instituciones y reinventando la historia como pocos se hubieran atrevido después del siglo XIX, esta campaña capitalina va a tener mayor impacto. Y la frivolidad de los primeros arreones augura mucho circo. Neil Postman en su ensayo ya clásico de Divertirse hasta morir, donde constataba cómo los formatos de la política habían ido adoptando los formatos de la televisión, se preguntaba “¿De qué nos reímos y en qué momento dejamos de pensar?”. Venga, más risas.

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