COLUMNA
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Por qué no hay vacunas suficientes

Si queremos arrinconar al virus y acabar con la pandemia necesitamos aplicar dosis más rápido, a más gente, de forma más equitativa. Necesitamos producir más

Personal del servicio de farmacia del Hospital Clínico Universitario de Zaragoza recibe una remesa de la vacuna de AstraZeneca.
Personal del servicio de farmacia del Hospital Clínico Universitario de Zaragoza recibe una remesa de la vacuna de AstraZeneca.Javier Cebollada (EFE)

Nos faltan dosis para que todos seamos Israel o Chile, ambos con un ritmo de vacunación vertiginoso. Hay problemas de implementación, coordinación y logística dentro de cada Gobierno, sin duda, pero es hora de aceptar que el principal cuello de botella está en el lado de la oferta: si queremos arrinconar al virus (al menos esta versión del virus) y acabar con la pandemia necesitamos aplicar dosis más rápido, a más gente, de forma más equitativa. Necesitamos producir más, lo antes posible.

Hoy existen ocho modelos de vacuna funcionales, efectivos. El incentivo para tenerlos tan rápido era descomunal: el mundo moderno no había conocido una pandemia como esta, y la probable convivencia por años o décadas con un virus que se adivina eficaz y resistente garantiza una demanda continuada. La propiedad intelectual forma parte esencial de dicho incentivo: ¿para qué iba una persona o una empresa a invertir tiempo, esfuerzos sin par, si no espera una cierta estabilidad en el retorno? Pero esa misma pieza que facilita la innovación puede ahogar la salida, al restringir la producción a un grupo reducido de entidades que no pueden cumplir con más de 7.000 millones de personas en todo el mundo.

Una fábrica de vacunas no se produce en un santiamén: los limitantes tecnológicos son prolijos y complejos. Pero la realidad es que hoy existe menos posibilidad de pensar sobre cómo superarlos precisamente porque tenemos el acceso a esa fase, la de producción, restringido a determinados silos de conocimiento. Estos espacios se anquilosan con cierta facilidad: así sucedió con tres grandes farmacéuticas (GSK, Merck y Sanofi) que, como reportó esta semana el Financial Times, fueron incapaces de poner su estructura interna al servicio de la emergencia global como sí lo hicieron actores más pequeños, o directamente nuevos (Moderna, BioNTech).

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Si la regulación sobre la competencia debe funcionar como una válvula que maximice los efectos buenos que esta tiene para la ciudadanía minimizando los peores, este es el momento de activarla. Sin dañar los incentivos originales, pero, como ha pedido la cabeza de la OMS, y está sopesando la UE: hay que encontrar mecanismos para compartir conocimiento al menos en el plano de la producción. Idealmente acordados y sostenibles, no dramáticos y de emergencia. Pero que en cualquier caso le den la vuelta al título de esta columna. @jorgegalindo

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Sobre la firma

Jorge Galindo

Es analista colaborador en EL PAÍS, doctor en sociología por la Universidad de Ginebra con un doble master en Políticas Públicas por la Central European University y la Erasmus University de Rotterdam. Es coautor de los libros ‘El muro invisible’ (2017) y ‘La urna rota’ (2014), y forma parte de EsadeEcPol (Esade Center for Economic Policy).

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