Tribuna
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La trinchera del arte

La obra de Derek Jarman ofrece un punto de encuentro entre tiempos: reivindicaba el arte como espacio de resistencia

Derek Jarman, en Prospect Cottage, entre 1989-1991. En vídeo, el tráiler de la retrospectiva del cineasta.GERAINT LEWIS (ART FUND_) (VÍDEO: MUSEO REINA SOFÍA / FILMOTECA ESPAÑOLA)

Las luchas feministas y antirracistas, la urgencia de las libertades sexuales y la subversión de los discursos dominantes atraviesan el presente. A medida que otras formas de vivir, actuar, amar se materializan, se hace evidente la necesidad de mirar atrás, de recoger el trabajo, la lucha y el sufrimiento de aquellas y aquellos que nos han traído hasta aquí. La obra del británico Derek Jarman (1942-1994), reunida por el Museo Reina Sofía y la Filmoteca Española en la retrospectiva Queer Punk, ofrece un punto de encuentro entre tiempos. Autor y cineasta experimental, Jarman reivindicaba el arte como espacio de resistencia. Su obra forma parte de un legado cultural arraigado en el deseo de romper los códigos sexuales establecidos. Elabora nuevas formas de expresar la violencia y el dolor, cuestionando no sólo el contenido del discurso heteropatriarcal, sino también sus métodos narrativos. Hoy, este referente del New Queer Cinema de los noventa sigue íntimamente ligado a nuestro presente.

La determinación de Jarman de ir más allá, de exceder los límites impuestos y crear imaginarios más justos y más libres, tiene –aquí y ahora– un valor crucial. Mientras asistimos a una perturbadora coincidencia entre algunos sectores feministas y los discursos de extrema derecha –el desprecio hacia los estudios queer, la ostentación de la transfobia, la imposición del esencialismo biológico– resulta todavía más urgente la necesidad de crear comunidades políticas y culturales desde las que avanzar hacia la libertad colectiva. Frente a las fronteras identitarias, es crucial que defendamos un feminismo de encuentros y diálogos. En su pluralidad, el compromiso feminista nos brinda la posibilidad de trazar nuevas realidades, futuros más dignos, donde resuenen distintos relatos y distintas voces. Incluso las voces de quienes nos faltan. El pasado, como el recuerdo, también es político. Legados como el de Jarman nos ofrecen un punto de apoyo, un lecho de memoria compartida, una puerta para seguir adelante.

Frente a las fronteras identitarias, es crucial que defendamos un feminismo de encuentros y diálogos

Aunque su obra escapa a toda taxonomía, mantiene una voluntad constante de subvertir los cánones estéticos y los discursos dominantes. Mezclando estética punk, teatro clásico, filosofía y jardinería, Jarman creó un lenguaje propio con un único patrón discernible: poner palabras a lo impronunciable. Ahí donde el discurso no llega, ahí donde lo literal y lo analítico fracasan, él conseguía llegar. Fue capaz, incluso, de tenderle una trampa al silencio de la muerte. Su palabra insurrecta siguió avanzando cuando el cuerpo quedó atrás. Hablo de Blue (1993), su último largometraje. En él, Jarman trata de ajustar cuentas con su muerte inminente. Enfermo terminal de sida, sufría entonces una ceguera parcial por complicaciones del virus. Su visión estaba interrumpida por destellos azules. Moriría meses después de terminar la película. Blue es un gesto de duelo anticipado, un diálogo imposible entre la vida y la muerte que ocurre, muy brevemente, en el territorio de la enfermedad. El autor nos deja un legado que adquiere, en la trágica realidad del coronavirus, una relevancia especial.

Durante los 79 minutos que dura el largometraje, la pantalla muestra un único plano teñido de color azul. Azul eléctrico, punzante. No hay ninguna variación en la imagen, sólo la voz de fondo de Jarman, que recita versos y reflexiones sobre la ausencia, el amor y la enfermedad. Blue es a la vez una despedida y un pulso al olvido, pero no pretende inmortalizar a su creador: no deja ningún retrato del cuerpo vivo, sólo muestra el vacío azul. El cuerpo ausente de Jarman puede leerse como un anticipo de su muerte, pero también como un sabotaje a la explotación visual. En el contexto del sida y el VIH, donde la sobreexposición mediática de los cuerpos enfermos se entrelaza con la estigmatización social, la decisión estética de Jarman arremete contra el lado más cruel de la sociedad del espectáculo: el voyerismo del dolor ajeno. En lugar de exhibir el cuerpo –el deterioro, la marca– Jarman cambia la perspectiva. El resultado es una especie de trinchera visual. Blue extiende la mirada azul de su autor hasta encontrarse con la nuestra, obligándonos a mirar a través de sus ojos.

La historia de los activismos queer está marcada por la herida del sida y por la necesidad de crear espacios alternativos para llorar la muerte de seres queridos. Jarman desafía las leyes del tiempo para dejar su testimonio, pero también para crear un espacio de luto colectivo. Conocemos, ahora más que nunca, la importancia de contar la pérdida. La crisis del coronavirus nos ha enfrentado con el dolor de las ausencias repentinas, de las despedidas frustradas. El duelo sigue caminos imprevisibles, pero necesita puntos de encuentro. Puede que morir sea una experiencia individual, pero responder ante la muerte no lo es. El dolor y el miedo se conjuran mediante redes colectivas. En Blue, Jarman nos demuestra que el arte abre un camino, una trinchera en la que encontrarse e imaginar nuevas formas de vivir o de morir, de recordar, de llevar el luto.

Amanda Mauri es investigadora feminista. MSc en Estudios de Género por la London School of Economics.

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