La guardiana de Huapalcalco

Montserrat Barragán ha conseguido que el Gobierno mexicano empiece los trámites para que el sitio arqueológico obtenga la misma protección que Teotihuacán o Chichén Itzá. Es la primera vez que este proceso se inicia por un reclamo ciudadano

Monserrat Barragán y su hijo Alejandro Aldana, en Huapalcalco, este lunes.
Monserrat Barragán y su hijo Alejandro Aldana, en Huapalcalco, este lunes.Quetzalli Nicte Ha

Montserrat Barragán se escapó de misa una tarde de octubre de hace casi 50 años porque quería leer. Acababa de mudarse a Tulancingo, en Hidalgo, y sus compañeras del internado la habían llevado a conocer una ciudad prehispánica que se alza entre dos cerros. Huapalcalco era el primer sitio arqueológico que conocía y quería saber más. Encontró ese libro en la catedral y ojeó lo que pudo, una página y media, antes de que las monjas la encontraran. En ese lugar que empezaba a conocer, había habido unas “luchas intestinas de carácter religioso”, recuerda que leyó: “Uno de los grupos había maldecido al otro y habían dejado improntados a estas personas en las piedras de los acantilados”. Barragán se sentía en casa y quería protegerla.

Medio siglo después, la mujer, de 59 años, ha conseguido que se inicien los trámites para que el sitio sea declarado zona de monumentos arqueológicos y obtenga así la protección más alta que contempla la ley mexicana, la misma que tienen complejos como Teotihuacán, en el Estado de México, o Chichén Itzá, en Yucatán. Es la primera vez que el proceso se inicia a partir de un reclamo ciudadano, una posibilidad que contempla la normativa desde 2014. La solicitud la presentó Niebla y tiempo, la asociación que preside Barragán y que fundó junto a otras personas hace casi dos décadas. En el país, otras solicitudes similares están siendo tramitadas, por ejemplo, para la Cañada de la Virgen, en Guanajuato, o Cuahilama y el Cerro de la Estrella, en Ciudad de México, según el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

La leyenda que Barragán empezó a leer cuando tenía 15 años, escondida en la catedral de Tulancingo, le quitó el sueño durante mucho tiempo, pero las monjas no le permitieron volver a ver el libro para conocer el resto del relato. Con los años y a través de otras fuentes, pudo conocer la historia del lugar. Los humanos habían llegado a Huapalcalco hacía al menos 14.000 años y desde entonces el territorio había sido habitado de forma continuada. El asentamiento, uno de los más antiguos de América, tuvo su apogeo entre los años 650 y 900 y cayó hacia 1521. Barragán, entonces, empezó a hacer lo que había aprendido de su madre, y su madre de su abuela, y su abuela de su bisabuelo: contar historias, hacer topializ.

La zona arqueológica Huapalcalco, en Tulancingo, Hidalgo.
La zona arqueológica Huapalcalco, en Tulancingo, Hidalgo.Quetzalli Nicte Ha

Topializ, explica Barragán, es un vocablo náhuatl que significa “lo que es posesión nuestra, lo que nos compete preservar”. Ella lo tiene grabado en la chapa que lleva en el pecho.

Primero les explicó la historia a sus dos hijos al borde de la cama y tiempo después empezó a ofrecer visitas guiadas que hoy le piden instituciones educativas de todo el Estado. Este lunes cerca del mediodía acaba de volver de dar una presentación en una telescuela –una modalidad que combina las clases de un maestro con lecciones por televisión–. Lleva el pelo cortito con chinos negros y los ojos muy maquillados: un degradado brillante que pasa del verde al azul al fucsia. Fucsia como sus labios y uñas. “Empezamos tocando puertas, pero ahora nos hacen la solicitud por Facebook”, cuenta. Mientras recorre el trayecto hacia el sitio arqueológico en coche, repasa el camino que han hecho con la asociación: “Haber conseguido la declaratoria es titánico”.

Una ciudad milenaria entre el golfo y el Pacífico

“Entren con su pie derecho y pidan un deseo”, dice Barragán al traspasar el límite que demarca la zona arqueológica. La mujer tiene enfrente los dos cerros que resguardan el complejo y la barranca que los divide. Por allí, hace años, caía una cascada que se secó. Había también una laguna, animales gigantes, peces, tortugas, aves, encinos… En esos acantilados, se instalaron los primeros habitantes de Huapalcalco hace más de 14.000 años. “Era un paraíso porque tenían para comer y para refugiarse”, cuenta Barragán.

Esos primeros pobladores de la prehistoria bajaron y se asentaron en la parte plana del terreno, desde donde hoy se ve Tulancingo. Construyeron allí un centro cívico-ceremonial que tuvo su apogeo entre los años 650 y 900. Aunque solo se ve la construcción principal de aquel asentamiento y una estela, hay al menos una veintena de edificios enterrados. Algunos han quedado atrapados entre las construcciones modernas que proliferaron con la expansión del municipio de 167.000 habitantes y están cubiertos por pasto, a veces también por vacas.

La arqueóloga Enriqueta Olguín empezó a estudiar el complejo hace casi 40 años. El sitio había sido reportado en la década de 1930 y otros científicos lo habían empezado a investigar. Ella misma condujo algunas excavaciones –descubrió, por ejemplo, pintura mural prehispánica y la escultura de un felino–. Según su explicación, Huapalcalco se convirtió en un centro importante de paso entre el Pacífico y el Golfo de México tras la caída de Teotihuacán. La ciudad, cercana a un gran yacimiento de obsidiana, fue contemporánea de centros como Xochicalco, en Morelos, o Tajín, en Veracruz. “Pero es difícil establecer esas relaciones porque la información no está sistematizada y falta excavar”, critica la arqueóloga.

Pinturas rupestres en Huapalcalco.
Pinturas rupestres en Huapalcalco.Quetzalli Nicte Ha

Alejandro Aldana, director de la asociación Niebla y tiempo e hijo de Barragán, lamenta que desde que se descubrió el sitio “solo se ha rescatado una pizca del patrimonio” y advierte de que Huapalcalco está “en virtual abandono”. Aldana, de 36 años, camina entre los senderos irregulares de roca que ascienden hacia los acantilados. “Te amo Luis Enrique no es una placa”, dice con ironía sobre el mensaje impreso en las piedras con aerosol azul. Al lado de la confesión de dos estudiantes de secundaria, todavía se conservan pinturas rupestres milenarias. Son figuras antropomorfas rojas, pintadas con óxido de hierro, aunque algunas han sido dañadas. En las cuevas, ha quedado el rastro de grupos new age que acuden a hacer rituales o de quienes suben a tomar cervezas: los desechos –velas, botellas, papeles– se abandonan ahí arriba.

“Al INAH nunca le interesó Huapalcalco”, zanja Aldana. El activista critica la “violencia institucional” que, según asegura, han recibido del Instituto Nacional de Antropología e Historia desde que hace cinco años iniciaron un “trabajal” para que el sitio sea declarado zona de monumentos arqueológicos. En el país, solo 48 sitios arqueológicos de los miles que existen han recibido esa categoría. La asociación tuvo que juntar 10.000 firmas y después interponer un amparo para que su solicitud prospere y se publique, en el Diario Oficial de la Federación, el inicio del proceso para proteger el sitio. “El INAH aleja a la sociedad civil organizada, pero no hay protección sin sociedad”, dice Aldana, que agrega: “En el país hay cientos de sitios que deberían estar protegidos”.

Alejandro Aldana, presidente de Niebla y tiempo, en uno de los cerros que rodean Huapalcalco.
Alejandro Aldana, presidente de Niebla y tiempo, en uno de los cerros que rodean Huapalcalco.Quetzalli Nicte Ha

Lorenza López Mestas, titular de la Coordinación Nacional de Arqueología del INAH, explica que el proceso para que Huapalcalco sea declarada zona de monumentos arqueológicos se extendió durante casi seis años porque los estudios que hubo que hacer “son largos” y, en el medio, empezó la pandemia de covid-19. En todo caso, argumenta, todos los vestigios del país “están protegidos por la ley”: “La declaratoria es un título más”. La solución para evitar los daños al patrimonio, dice a EL PAÍS, pasa por “concientizar” y tener “el apoyo de la comunidad y los ayuntamientos”. “[Huapalcalco] está dentro de una ciudad, en una zona deprimida económicamente, y hay factores sociales que escapan al manejo de los sitios”, defiende López Mestas.

Lo que resta ahora para completar la declaratoria, asegura, “dependerá de lo que las personas de la comunidad expresen”. Los propietarios con terrenos en el polígono tienen hasta finales de junio para presentar alegatos. López Mestas aclara que no existe, sin embargo, un peligro de que la declaratoria se frene porque “en cualquier otro sitio arqueológico existen distintos tipos de propiedad” y eso nunca “ha sido una problemática fuerte para la conservación”. La arqueóloga afirma que actualmente “hay un trabajo constante” de protección e investigación en la zona y señala que el acondicionamiento del sitio –con caminos, carteles, baños, etcétera–, deberá esperar porque el presupuesto “ya está comprometido”.

‘Topializ’ entre generaciones

Barragán no ha subido con su hijo a los acantilados –antes conducía hasta tres visitas diarias– porque acaba de ser operada. Ella aguarda abajo, ante la construcción que conoció hace medio siglo. Allí observa. Detrás están los cerros arrugados y cubiertos de nopal y maguey. Ha empezado a llover una lluvia finita, como vapor de agua, y la mujer recuerda que antes los días eran más fríos, la bruma se mantenía más baja, el cerro estaba más tupido. “Las cosas han cambiado mucho”. Y aun así ella sigue habitando aquel octubre en el que llegó.

Antes de que Barragán cumpliera 15 años, su madre y una monja le pusieron enfrente la lista de todos los internados guadalupanos a los que podía asistir, desde Canadá hasta Argentina, en orden alfabético. Cuando llegó a la letra t, frenó. “Me topé con Tulancingo, Hidalgo, y dije ‘ahí quiero ir’. Mi madre me dijo que terminara de leer. Terminé e insistí: Tulancingo, Hidalgo”, relata. “¿Sabes dónde está, Montse?”, le preguntó su madre, pero la adolescente no sabía. “Sentí algo especial en mi barriga y así fue como llegué aquí”, cuenta. Desde lo alto, la ciudad le pareció un pesebre. “Como un huevito”, dice y con las manos forma un cuenco. Aquel octubre bajó del camión, tomó aire y le gustó: “Para mí fue haber llegado a mi casa”.

Barragán se cubre la cara y llora y por un rato ya no puede hablar.

“Fue un momento difícil y Huapalcalco me enraizó”, recuerda. Barragán reconoce que el sitio y el proyecto creado a su alrededor han tenido un efecto “unificador” y “apuntalador de la identidad”. “Transmitir, que otros puedan gozar de estos espacios, da un sentido de existencia”, reflexiona. Lo vio en sus compañeras de instituto, que eligieron mostrarle primero que nada –antes que la Catedral, antes que el jardín de la Floresta– ese sitio. Y lo ve en las nuevas generaciones que han hecho propio el proyecto que ella inició. Son sus hijos, los amigos de ellos y otros jóvenes de Tulancingo. Muchos se han convertido en guías de Huapalcalco.

“Se lo apropiaron con sus recorridos, con su forma de hablar. El güero, todo grandote, como un líder seguido por los chiquillos que le prestan atención; César, delgadito, que sentía que no lo escuchaban y por eso sube a las piedras y desde ahí deja a todos con la boca abierta; el Tucán, con sus tremendas expansiones de las orejas…”, explica Barragán. La mujer describe a los miembros del Colectivo Antiopresión de Tulancingo, que empezaron a colaborar con la asociación Niebla y tiempo hace algunos años. Han pintado cinco murales en la ciudad que cuentan la historia de Huapalcalco y su activismo los ha llevado a dar charlas sobre el lugar hasta Chile y Colombia.

–Ahora que han conseguido que se empiece esta declaratoria, ¿qué sigue?

–¿Qué sigue? A ver, digan.

Advertencia colocada por el INAH en la zona arqueológica.
Advertencia colocada por el INAH en la zona arqueológica.Quetzalli Nicte Ha

Es la hora de comer, y Barragán está sentada en la cabecera de una mesa con José de Jesús Vargas, hijo de su compañera de banco en el instituto; con Dario Lobato, poeta argentino que viaja todos los años a visitar Huapalcalco, y con su hijo Alejandro. El primero dice que quiere que la gente “vaya a Huapalcalco y sea consciente de dónde está pisando”. El segundo agrega que “sea protegido, no se pide tanto…”. El tercero completa: “Espero que no se descuide la función social que tiene el patrimonio. Los sitios arqueológicos son el emblema de la grandeza de México, pero el emblema funciona solo para un grupo de académicos porque para la sociedad son lugares... Haciendo una analogía, son como las cosas que tiene la abuelita en la vidriera: qué bonito, pero no es mío, no lo puedo tocar”. Y le toca el turno a Barragán:

–El ejercicio del rescate de Huapalcalco tiene que tener a la sociedad como algo fundamental porque un movimiento social llevó a ese rescate. Necesitamos estar bien conscientes de nuestra raíz. Cuando doy mis recorridos, empiezo diciendo que una de las culturas madres que dan origen a esta civilización es la mesoamericana. Así inicio y así me encantaría que iniciaran los libros de historia en México.

Suscríbase aquí a la newsletter de EL PAÍS México y reciba todas las claves informativas de la actualidad de este país

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS