crianza
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El método Estivill se supera (pero mejor no lo hagas)

Mi primogénita ha llegado a la mayoría de edad y se me vienen a la cabeza muchos momentos de estos más de 18 años. Reconozco que algunas de las cosas que hice durante la crianza no las volvería a hacer

Una madre pasea con su hijo en tiempos de pandemia.
Una madre pasea con su hijo en tiempos de pandemia.unsplash (Unsplash)

Sé que es un topicazo, pero lo tengo que decir: ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Qué deprisa crecen los hijos! También sé que suena muy carca, pero que tu primogénita supere la mayoría de edad te hace sentirte de repente como tu madre. Ya te ves hasta con nietos. Si tuviera su primer hijo a la misma edad que la tuve yo a ella, en 10 años sería abuela. Ahora entiendo que a mis suegros les resultara duro. Ser abuelo a las 50 sienta como una bofetada.

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Hemos pasado de regalarle Legos por su cumpleaños a apuntarla a la autoescuela. Estas pasadas navidades me entró una especie de nostalgia juguetera. Echaba de menos una navidad con niños, y le regalé una figura de Edna Moda, la diseñadora de ropa de Los Increíbles, que me encanta por ser una mujer que aúna en su trabajo disciplinas como el diseño y la tecnología. Estas navidades pasadas posiblemente sean las últimas en algún tiempo que pasemos todos juntos. No hemos visto al resto de la familia, por la pandemia, y los hemos echado de menos.

Pero lo que más me gusta de todo esto es que hemos superado una adolescencia, una de las tres que nos han tocado. Y no ha salido tan mal. A pesar de todo lo que hicimos fatal. Y a pesar de lo que hicimos bien, pero creímos que estaba mal de todos modos. Son tantas las cosas que me vienen a la memoria de estos más de 18 años que soy madre. Porque, como dice María Martín Gómez en su libro Diario de una filósofa embarazada, una es madre desde el momento en el que se embaraza. Y ya lo es para toda la vida. Por cierto, recomiendo la lectura de este libro-diario, personal, íntimo, lleno de reflexiones y cavilaciones que muchas madres compartimos, pero enriquecidas desde el pensamiento filosófico.

Leer el libro de María Martín justo cuando faltan pocos días para que mi hija cumpla 18 años me ha hecho recordar todos los miedos que he pasado. Empezaron ya en el embarazo, cuando el resultado del triple screening arrojó un riesgo alto de que el bebé tuviera síndrome de Down. Tuvimos que esperar tres semanas para conocer los resultados de la amniocentesis. Ahora creo que hay pruebas no intrusivas mucho más rápidas. Esas tres semanas fueron horrorosas. El ginecólogo nos dijo sin ninguna delicadeza que, si el cariotipo confirmaba el diagnóstico, y tenía trisomía 21, aún estaríamos a tiempo de abortar. Así, sin más preámbulos ni avisos.

Yo soy una mujer de ciencia, ingeniera para ser precisos. La lógica impera en mi pensamiento. Pero las emociones y los sentimientos no los explican la ingeniería, no. Así que por mucho que un médico me recomendara abortar, eso no era lo que me dictaba el corazón. Durante esas tres semanas cada vez que salía a la calle y veía un bebé, quería llorar. Eso no puede ser bueno para un feto. ¿Notaría que su madre estaba atrapada entre la recomendación médica de abortar y el amor que ya sentía por ella, con ese deseo de traerla al mundo y abrazarla que no se puede explicar de manera racional? Por suerte, no tuve que tomar ninguna decisión de semejante trascendencia. No se confirmó. Un mal trago superado.

Superamos también las culpas. Mucho sentimiento de culpa. El primero suele llegar después de la baja por maternidad, cuando tienes que incorporarte al trabajo. Pero mi primer sentimiento de culpabilidad fue mucho antes. En el primer trimestre de embarazo, trabajando en Portugal en el despliegue de la red 3G, me perdía revisiones mientras pasaba horas junto a nodos de pruebas que radiaban muy cerca de los ingenieros que allí trabajábamos. Siempre confié que lo hicieran con una potencia controlada. Pero temía que mi bebé naciera deforme o no llegara siquiera a hacerlo con vida. Afortunadamente tuvimos una niña preciosa. Aunque el apéndice preauricular con el que nació siempre nos dio que pensar.

Llegaron después tiempos difíciles en el trabajo. Llegó un ERE, sin T. Este no fue temporal. Así que acabé el embarazo en el paro. ¿De qué me sirvió saltarme las revisiones y exponerme a las ondas de la nueva red 3G portuguesa? Nada de eso me libró del despido. Pero como confiaba en que no iba a seguir sin empleo para siempre, pedimos plaza en una escuela infantil. Y antes de que ella naciera, su padre estaba haciendo cola de madrugada en pleno invierno para conseguirle un sitio. Teníamos que conciliar. Culpa otra vez. Cuando la llevé a la escuelita por primera vez tenía ya seis meses. Ella lloró, y yo también. Culpa de nuevo. Trabajar y amamantar y no dormir más de 40 minutos seguidos era insufrible. Una tortura. No podía pensar con claridad. Sin saber que hacer, caímos en el conductismo de Estivill.

Después del embarazo y el primer año de vida, el miedo y la culpa estuvieron hibernando. Despertaron de nuevo cuando nació el hermano prematuro, pero se evaporaron al nacer la tercera niña. Nada que ver. La experiencia es un grado. El único de mis miedos, que sí me mortificó durante años, y que acabo de superar, fue el de haberla convertido en una persona amargada por haberle aplicado el dichoso método del Dr. Estivill. Lo hicimos, y nos arrepentimos. Sus hermanos no tuvieron que sufrirlo. No se lo recomiendo a nadie. Pero si caísteis en la trampa del Duérmete niño y lo supisteis corregir a tiempo, compensando con creces los llantos inconsolables de aquellas noches, creo que podéis estar tranquilos. El amor lo cura todo.

No solo el amor, también el tiempo. Tiempo y horas todos los días. Tiempo de verdad, no ese de calidad que se puso de moda una temporada. Los niños no necesitan ratitos con una ISO 9000. Lo que necesitan es tiempo y mucho, cuanto más mejor. Y los padres también lo necesitamos, para superar los miedos y las culpas. Para ganar confianza. Para hablar y escuchar. Para ser modelo y referente. Para estar atentos y observar. Para compensar los errores y aprender de ellos. Para quererlos, para educarlos, para conocerlos y que te conozcan. Para ayudarlos a regular sus emociones. Para crear un vínculo seguro y protegerlos, sin excedernos. Creo que ya puedo estar tranquila. No le jorobamos la vida con el metodito para dormir. Eso sí, sigue durmiendo poco. En eso ha salido a su padre. Por fin puedo decir que el método Estivill se supera (pero mejor no lo hagas).

Mi hija no es una persona amargada. Su sonrisa le ilumina la cara. Su madurez, su inteligencia, su tesón no se han visto afectados por nuestros errores como padres. Creo que conseguimos crear un buen vínculo. Si algo bueno nos ha traído la pandemia ha sido más tiempo para estar en casa. Para salir a pasear, para charlar, para reforzar el vínculo. Y gracias a pasar más tiempo juntas sé que no, no es una persona amargada. Tiene las cosas muy claras. Es independiente. Es autónoma. Y todas estas cualidades las ha sabido canalizar muy bien: Pronto echará a volar y ya nada será como antes. Solo espero que las próximas navidades vuelva a casa. Y ojalá la pandemia entonces sea ya un mal recuerdo y podamos ver a casi toda la familia (ya hace un tiempo que nos faltan una abuela y un abuelo) como hicimos en el 2018, o en el 2019.

*Eva Bailén es ingeniera en Telecomunicaciones y autora del blog todoeldiaconectados.com sobre nuevas tecnologías para niños. Inició la campaña de Change.org “por unos deberes escolares justos”. Ahora es diputada en la Asamblea de Madrid y portavoz de Educación de Ciudadanos.

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