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“Si lloras no te voy a hacer caso”: estos son los riesgos de anestesiar emocionalmente a los niños

Los padres deben favorecer la alegría de los niños, pero sin tratar de encontrarla donde no tiene cabida. Estar contento está sobrevalorado

Una niña se columpia en un parque.
Una niña se columpia en un parque. pexels

Vivimos en una sociedad caracterizada por la rapidez, el hedonismo, la competitividad y la huida despavorida de las emociones desagradables. Parece que emociones como el miedo, la rabia o la tristeza nos queman y no tienen el estatus del que goza la alegría. Frases como “si lloras no te voy a hacer caso”, “tampoco es para enfadarse tanto” o “no tengas miedo porque los monstruos no existen” son algunos de los muchos ejemplos que escuchamos diariamente y que demuestran lo incómodas que nos hacen sentir las emociones de defensa. Todos los adultos que estamos alrededor de los niños y adolescentes, seamos madres, padres, maestros o profesionales, queremos que crezcan sanos y rodeados de situaciones positivas. Y está bien que busquemos la felicidad de nuestros hijos y tratemos de que la emoción que más aparezca en sus vidas sea la alegría. Ahora bien, me vais a permitir que os diga que, desde mi punto de vista, está bien que favorezcamos la alegría en nuestros hijos pero sin tratar de encontrarla donde no tiene cabida, donde nadie la debería esperar. En mi humilde opinión, la alegría está sobrevalorada, y os explicaré por qué.

Empezaré describiendo una situación que llamó poderosamente mi atención el verano pasado. Mi hija, que aún no contaba con un año de edad, se encontraba bastante mal y su madre y yo decidimos llevarla a urgencias. Allí nos atendieron muy cariñosamente y dado que no revestía gravedad, nos indicaron que esperásemos en la sala de espera de urgencias. Nada más sentarnos, enfrente de nosotros, había un cartel bastante grande que decía así: “Sonríe, nos gusta verte feliz”. Me impactó leer ese mensaje en una sala de urgencias. Desde luego que la frase tenía muy buenas intenciones pero, ¿quién tendrá ganas de sonreír en un hospital? ¿Y en urgencias? ¿nos sentimos alegres en esos momentos o más bien lo contrario? ¿acaso es malo sentir el miedo o la tristeza en urgencias? Sí, para una buena parte de la sociedad es algo que no se quieren permitir ni quieren dedicar un segundo de su vida en sentir el miedo o llorar la tristeza. Desde luego que nosotros no teníamos ganas de sonreír para que ellos se sintieran felices, y no lo hicimos. En el tiempo que estuvimos en el hospital nadie lo hizo. Al poco tiempo nos llamaron a consulta y, una vez que la pediatra nos dio las indicaciones, salimos más tranquilos y aliviados. En ese momento sí que teníamos más ganas de sonreír, pero antes no. ¿Por qué la sociedad y la gente tienen tanto temor a determinadas emociones? Desregulan e incomodan, ¿verdad? ¿Por qué no podemos enfadarnos, sentir tristeza o miedo? ¿Tan malo es? Estuve varios días dándole vueltas a la frase y a las intenciones de este tipo de mensajes. ¿Por qué nos meten la alegría con calzador y pretenden que huyamos de otras emociones tan desagradables como necesarias?

En las diferentes formaciones que imparto suelo hablo del inhibidor emocional de Moncloa. Parece como si desde Moncloa hubiera una máquina que expande sus ondas por todo el territorio nacional para que los españoles no sintamos ni expresemos emociones desagradables como el miedo, la rabia, los celos, la tristeza, etc. No creo que España sea el único país que tenga este inhibidor emocional, pero eso es otra cuestión. Lo que consiguen esas ondas es amortiguar las emociones. Las adormecen. Esta especie de anestesia emocional hace que muchas madres y muchos padres traten de que sus hijos e hijas se desarrollen lejos, bastante lejos, de las emociones desagradables. Como decíamos al principio, es muy común escuchar (y hasta pronunciar nosotros mismos) frases que apoyan la anestesia emocional: “no seas exagerado”, “por favor, no llores más” o “que no te dé vergüenza”. Como si fuéramos capaces de activar o desactivar la vergüenza a nuestro antojo. En ocasiones, nuestro comportamiento está condicionado a la emoción que experimenta nuestro hijo. El otro día escuché a una madre decirle a su hijo en la calle: si vas a llorar, dímelo y te dejo en casa. ¡Qué maravilla! No creo que a esa madre le gustara que su pareja le dijera eso mismo ante su despido laboral. ¿Y qué decir de estribillos de canciones tan conocidas como “canta y no llores” o “no hay que llorar que la vida es un carnaval”?

En ocasiones pedimos a nuestros hijos que se tranquilicen ellos solos y esto no es una buena idea porque no suelen tener el suficiente desarrollo cerebral ni disponen de estrategias de autorregulación emocional eficaces para hacerlo por sí mismos, motivo por el cual nos necesitan. Si les decimos “cuando estés más tranquilo, me avisas” estamos cayendo en el error de dejarles la responsabilidad de que regulen sus propias emociones. Ningún niño se calma ni se tranquiliza por el mero hecho de decirle “tranquilízate” sino que debemos tranquilizarlos nosotros.

Además de no permitir a nuestros hijos que expresen la rabia, el miedo, la tristeza y otras emociones desagradables, tendemos a imponerles la emoción de alegría con comentarios del tipo “la vida son dos días y hay que vivirla a tope”, “si quieres, puedes”, “tienes todo en esta vida para ser feliz”, etc. Es muy frecuente que en consulta los pacientes adultos me digan: “no entiendo por qué me siento tan triste si lo tengo todo en esta vida”. Y es que no consiste en tener sino en sentir. A veces tenemos todo lo necesario para ser felices pero no nos sentimos felices.

La sociedad nos empuja a sentirnos felices y alegres a pesar de que, en realidad, no nos sintamos así, pero esa es la principal función del inhibidor emocional. Por este motivo es imprescindible que nuestros hijos crezcan y se desarrollen en contextos donde la emoción, sea la que sea, se permita y se legitime. Debemos entender que es fundamental que nuestros hijos crezcan sintiendo todas las emociones, pero siempre cerca de mamá y papá o cualquier adulto significativo como los profesores que hacen una labor fundamental de heterorregulación emocional. Yo quiero que mis hijos y mis alumnos experimenten el miedo, la rabia, la vergüenza, los celos, la tristeza, etc. En pequeñas dosis y siempre de manera controlada, pero que las experimenten. También quiero que experimenten la alegría, la curiosidad, el orgullo y el amor, por supuesto, pero estas emociones son consideradas más “amables” en nuestra sociedad y cultura, con lo que van a estar más reforzadas y permitidas que las otras.

Si nosotros no nos encargamos de permitir las emociones de defensa, es probable que nadie lo haga por nosotros. Esta es la mejor manera de que, en un futuro, sean capaces de identificar estas emociones, entiendan que son naturales y sanas, se las permitan y tengas recursos para poder gestionarlas por ellos mismos. Si no hacemos este entrenamiento en regulación emocional durante los primeros años de vida, cuando lleguen a la etapa adulta, no tendrán los mimbres necesarios para poder hacerlo por ellos mismos. Por eso el mejor antídoto para el fracaso emocional y la anestesia emocional consiste en permitir esos pequeños disgustos que supone sentirse tristes, rabiosos y celosos ante los diferentes acontecimientos de la vida.

Los niños deben aprender a sufrir moderadamente con mamá y con papá: aprender a elaborar duelos, aprender a tolerar la frustración, aprender a esperar, aprender a luchar por sus metas y valores, aprender a gestionar la vergüenza, aprender a enfrentarse a sus miedos, etc. Cada situación y cada momento tienen su emoción reina. Cuando nos acaban de dar una mala noticia, es momento de sentir tristeza y hacernos cargo de dicha pérdida. Nuestra función consiste en permitírsela y acompañarles en ese difícil camino. En cambio, cuando percibimos un peligro, lo que toca es sentir miedo. ¿Por qué no permitimos que reine la emoción que corresponda en cada momento? No lo hacemos por miedo a que nuestros hijos y alumnos sufran. Pero de verdad, creedme, la mejor manera de que en un futuro se puedan enfrentar de manera eficaz a las emociones que suscitarán determinadas circunstancias y personas es permitiéndolas y haciéndonos cargo de ellas ahora que son pequeños y su cerebro tiene una gran capacidad de aprendizaje, no anestesiándolas y haciendo como si no existieran, porque las emociones existen.

A veces los menores se sienten tristes porque han perdido a algún familiar o amigo o se sienten rabiosos porque no pueden hacer lo que ellos quieren. Todo esto es legítimo, faltaría más, pero lo peor que podemos hacer en estos casos es dejarnos llevar por el inhibidor de emociones de Moncloa y meterles con calzador la emoción de alegría cuando a esta no le toca reinar: “tienes que estar alegre porque tienes mucha suerte”, “en vez de quejarte, agradece todo el tiempo que has estado en el parque”, etc. Si no toca que ahora reine la alegría, no la invites a venir. Permite que tu hijo exprese su enfado, su miedo, su tristeza o sus dudas. Tampoco caigas en el error de minimizar su emoción de defensa: no pasa nada, no es para tanto, mejor no pienses en ello, etc.

Y para acabar una reflexión: creo que vamos muy de puntillas por la vida como para cambiar la pregunta de ¿cómo estás? por ¿cómo te sientes? Hay que ser muy valiente para hacer este cambio porque como bien decía Ortega y Gasset, lo malo de preguntar es que te responden. Claro, ¿y qué hago yo con la emoción de tristeza o de rabia del otro? Difícil respuesta y difícil gestión. Te invito a que desenchufes el inhibidor emocional y dejes que las emociones invadan nuestro cuerpo y nuestra mente. Dales una oportunidad porque aunque a veces sean desagradables, créeme que merece la pena.

*Rafa Guerrero es psicólogo y doctor en Educación. Director de Darwin Psicólogos. Miembro de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia. Autor de los libros “Educación emocional y apego. Pautas prácticas para gestionar las emociones en casa y en el aula” (2018), “Cuentos para el desarrollo emocional desde la teoría del apego” (2019), “Cómo estimular el cerebro del niño” (2020) y “Educar en el vínculo” (2020).

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