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La sangría demócrata en Nueva York pone en bandeja a los republicanos el control de la Cámara

Cuatro escaños tradicionalmente ‘azules’ cambian de bando por el rediseño del mapa electoral y el discurso de firmeza de los conservadores contra la delincuencia

Simpatizantes del republicano Lee Zeldin celebraban el resultado electoral, la noche del martes en Nueva York.
Simpatizantes del republicano Lee Zeldin celebraban el resultado electoral, la noche del martes en Nueva York.JUSTIN LANE (EFE)

Entre el pinchazo de la marea roja y el relativo éxito de los demócratas en las elecciones de medio mandato del martes, hay una realidad intermedia, el vaso medio vacío, más que medio lleno, de Nueva York. Si bien los demócratas han revalidado los principales puestos en liza (como la gobernación y la fiscalía general del Estado), en las legislativas los azules han encajado una clamorosa derrota: cuatro escaños demócratas de la Cámara de Representantes han cambiado de bando; el más importante de ellos, el de Patrick Sean Maloney, máximo responsable de la campaña demócrata. Ha sido tal el revés que muchos demócratas locales, en especial los de las corrientes más progresistas, consideran que la previsible mayoría republicana en la Cámara se deberá en gran parte a esas derrotas.

Las primeras peticiones de dimisión, además de palabras gruesas, no han tardado en oírse. De todos contra todos, incluido el alcalde de la ciudad, Eric Adams, contra sus correligionarios progresistas, por la reforma del sistema de justicia penal que estos promulgaron en el Capitolio estatal, y que, a juicio del regidor, se rinde ante el delito. De la gresca, en la que también ha participado la progresista Alexandria Ocasio-Cortez, se desprende una conclusión principal: para seguir en la Casa Blanca en 2024, más les vale ir haciendo las paces, sobre todo ante la ausencia de un reemplazo claro para Joe Biden. Porque, más que una pelea contra los republicanos, en Nueva York se libra una guerra entre los demócratas, desatada mucho antes de las elecciones del martes.

Los candidatos demócratas esprintaron en el último tramo de la campaña, cuando las encuestas mostraban cómo los republicanos, con la promesa de mano dura contra la criminalidad, acortaban distancias en un Estado que les había sido tradicionalmente favorable. La elección de Kathy Hochul como gobernadora, por cinco puntos de diferencia sobre el republicano Lee Zeldin, confirmó que sienten ya el aliento republicano en el cogote. “No podemos seguir con el piloto automático”, señaló el senador estatal Andrew Gounardes sobre el supuesto exceso de confianza de los suyos. El propio Maloney asumió el jueves que él y otros demócratas locales fueron incapaces de interpretar el miedo a la delincuencia en los distritos que el martes cambiaron de manos.

El derrotado Maloney es uno de esos demócratas de pedigrí irlandés que han dominado el partido durante décadas, antes de que este se abriera a las minorías, las que ahora más claman por una renovación de los cuadros. Como jefe del comité de campaña, Maloney ayudó a su partido a resistir el embate republicano en la Cámara, pero, paradójicamente, a cambio de entregar sus armas. La suma de dos hechos capitales les ha desalojado, a él y a sus tres correligionarios, del escaño que ocupaban desde 2012. El rediseño del mapa electoral del Estado de Nueva York, que antes beneficiaba a los demócratas, ha dado oportunidades a los rojos. El discurso de dureza ante la delincuencia de estos últimos, frente a la supuesta laxitud de los demócratas, ha sido el remache del cambio.

Hortensia, “votante demócrata de toda la vida”, apuntaba el martes a las puertas de un colegio del norte de Manhattan que los suyos han desatendido la seguridad ciudadana. “No puede ser que [los delincuentes] entren por una puerta y salgan por otra en cuestión de horas”, explicaba, en alusión a la controvertida reforma de la libertad condicional, con juicios rápidos en un máximo de 24 horas tras la detención, vigente desde marzo. “Esa inquietud que yo y muchos de mis vecinos y conocidos sentimos, los republicanos la han sabido ver mejor”, sentenciaba la mujer.

Portadas dantescas del tabloide New York Post, paladín republicano, con un ejército de sombras pinchándose en las calles de la Gran Manzana y un alud de homicidios; repetidos incidentes en el metro de la ciudad y, también, la bandera de la ley y el orden enarbolada por demócratas como el alcalde Adams —proclive a los goles en propia puerta—, han acabado dando la razón a los republicanos, lamentan los demócratas situados a la izquierda del establishment del partido. Como la votante demócrata, pero en el otro bando, el heredero de la dinastía Lauder que donó 11 millones de dólares a la campaña de Zeldin se queja de una inseguridad que “obliga” a su familia a salir a la calle con guardaespaldas. Un guiño cínico acerca de una ciudad aún muy segura —una de las más seguras de EE UU—, pese a los periódicos sucesos que la salpican por puro cálculo de probabilidades: son más de ocho millones de habitantes. Maloney ha culpado también al New York Post de inocular un temor infundado entre los votantes.

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Elecciones Estados Unidos
El candidato republicano a gobernador del Estado de Nueva York, Lee Zeldin, el 29 de octubre en un mitin en la localidad de Hauppauge.David Dee Delgado (AFP)

La reforma del sistema penal, demasiado clemente según los republicanos y, para sus defensores, un modo de descongestionar las cárceles y de ofrecer mejores condiciones de vida a los internos, es desde hace tiempo una patata caliente para los demócratas. Le costó el puesto en junio al fiscal general de San Francisco, el progresista Chesa Boudin, revocado por los republicanos, y en Nueva York se ha convertido en arma arrojadiza. Pero otro detalle de tipo administrativo, como el rediseño de las circunscripciones electorales del Estado de Nueva York, ha influido tanto o más que el discurso de la criminalidad en la sangría demócrata.

En vísperas de las primarias, un juez desestimó el mapa electoral aprobado por la mayoría demócrata en Albany, sede del Gobierno estatal; la distribución les daba ventaja sobre sus rivales gracias a una maniobra, en 2014, del entonces gobernador Andrew Cuomo (demócrata). La reconfiguración de los mapas ordenada por el juez por ir contra la Constitución estatal trastocó la composición de muchos distritos, fusionando algunos y ampliando o recortando el número de representantes de otros. El proceso judicial-administrativo se acometió deprisa y corriendo, para llegar a tiempo a las primarias, y equilibró la competencia entre demócratas y republicanos, es decir, frenó el tradicional paseo triunfal de los primeros. “Los mapas adoptados por el tribunal se encuentran entre los más competitivos y políticamente equilibrados del país: Nueva York es uno de los pocos Estados en los que la competitividad aumentó en lugar de disminuir tras la redistribución de distritos. Pero el tratamiento de algunas comunidades, especialmente en la ciudad de Nueva York, y la falta de tiempo dejó a muchos profundamente insatisfechos”, avisaba en vísperas de las elecciones intermedias el Brennan Center for Justice. Algunas de esas comunidades están en el valle de Hudson y en Long Island, y en bolsas de Brooklyn, donde se ubican los cuatro distritos perdidos por los demócratas.

Pese a la derrota de Zeldin, un trumpista confeso, los republicanos de Nueva York viven horas de ensueño. No solo por haber aportado al previsible control republicano de la Cámara cuatro escaños, más que en ningún otro Estado; tampoco por haberse adjudicado el premio gordo de derrotar al factótum Maloney, encargado de garantizar el control de su partido en el Congreso; también, de cara a futuras elecciones, por contribuir a generar nuevas peleas entre los demócratas cuando ya ha empezado la cuenta atrás para 2024.

Para muestra del descontento, los latigazos de autocrítica de Howard Wolfson, estratega demócrata nacional: “Fue una noche terrible en Nueva York. Es exasperante que una noche tan buena como lo fue para los demócratas en general [en el resto del país] quede empañada por la arrogancia y la incompetencia aquí”, declaró a The New York Times.

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