El Tribunal Supremo le para los pies a Trump
La sentencia que declara inconstitucionales los aranceles establecidos por el presidente de EE UU supone un rayo de esperanza para quienes todavía creen en la fortaleza de la democracia americana


En una sentencia histórica, el Tribunal Supremo de Estados Unidos le ha dicho al presidente Trump que la división de poderes existe, algo que parece que se le olvida con cierta frecuencia. En un fallo de 170 páginas, aprobado con seis votos a favor y tres en contra, el Supremo ha sentenciado que la mayoría de los aranceles establecidos a lo largo del último año son inconstitucionales. La política comercial la decide el Congreso, no el Ejecutivo; y el Poder Judicial es el encargado de pararle los pies al presidente cuando intenta concentrar demasiado poder, algo que lleva haciendo desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2025 escudándose en la llamada teoría del “poder Ejecutivo unitario”.
La sentencia no entra a valorar si los aranceles, que han supuesto un terremoto para el comercio mundial, son buenos o malos. Se limita a decir que no pueden justificarse por la ley de emergencia económica de 1977 que el presidente había utilizado. El Congreso puede delegar cierta autoridad arancelaria en el presidente para fines específicos y dentro de límites concretos, pero Trump se ha extralimitado. Si quiere continuar con su proteccionismo agresivo tendrá que pedirle permiso al Legislativo o emplear otro tipo de instrumentos legales que llevarán más tiempo y tendrán una cobertura menor.
Dado que en el último año el Tribunal Supremo —de mayoría conservadora— casi siempre le había dado la razón al Ejecutivo cuando algunas de sus decisiones habían sido contestadas en tribunales de menor instancia, este fallo debe interpretarse como una clara señal de que las instituciones estadounidenses, aunque debilitadas, siguen funcionando. Es cierto que el país se está deslizando peligrosamente desde la democracia hacia lo que los politólogos Levitsky y Way han bautizado como “autoritarismo competitivo”, pero esta sentencia supone un rayo de esperanza para quienes todavía creen en la fortaleza de la democracia americana.
Hasta ahora, el único freno que parecía tener el presidente era los mercados, que le han obligado a recular cuando caían con fuerza ante sus erráticas o descabelladas decisiones. Para sorpresa de muchos, hasta ahora, el Congreso, las empresas, las universidades o la sociedad civil apenas se han opuesto a las órdenes ejecutivas de la Casa Blanca por el miedo a represalias (la excepción ha sido la movilización ciudadana en Minnesota ante las actuaciones de la policía migratoria que llevaron al asesinato de dos ciudadanos estadounidenses en enero).
Ahora, el Supremo aparece como un actor clave para poner límites al poder omnívoro del presidente, aunque está por ver qué decide en algunos de los casos más delicados sobre los que todavía tiene que fallar, como el de ciudadanía por nacimiento o el del despido un miembro de la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal. Un Tribunal Supremo que proteja la división de poderes daría alas a los movimientos de resistencia en un contexto en el que la popularidad del presidente está en mínimos.
A partir de ahora se abre un periodo de renovada (e incluso mayor) incertidumbre para la economía global. Todos los acuerdos comerciales que Estados Unidos obligó a firmar a distintos países en el último año, como el alcanzado en pasado verano con la Unión Europea, quedan ahora en el aire. Y tampoco está claro qué pasará con los casi 200.000 millones de dólares de recaudación arancelaria que las empresas van a reclamar al Gobierno. Su eventual devolución podría desencadenar inestabilidad en los mercados financieros dado el altísimo déficit público de Estados Unidos.
Como Trump piensa como un mercantilista del siglo XVII (importaciones malas, exportaciones buenas), intentará replicar los aranceles. Pero no parece haber una mayoría en el Congreso para aprobarlos.
En todo caso, dado que Estados Unidos representa menos del 15% del comercio mundial, hasta la fecha el resto del mundo se ha adaptado mejor de lo esperado al proteccionismo estadounidense y el sistema global de comercio no ha colapsado. El camino a seguir para la Unión Europea, por tanto, es seguir firmando acuerdos comerciales como los recientemente aprobados con Mercosur o la India y mejorar el funcionamiento de su mercado interior. Para bien o para mal, debe asumir que Estados Unidos seguirá siendo un socio comercial impredecible del que se tiene que proteger.
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