Trump en Arabia
Intereses políticos y negocios privados se entremezclan ante la visita del presidente de Estados Unidos a las monarquías del Golfo


Ninguna sorpresa en que Donald Trump volviera a elegir Arabia Saudí para el primer viaje al extranjero de su nuevo mandato (aunque la asistencia al funeral del papa Francisco lo haya convertido en el segundo). Las relaciones de EE UU con las monarquías de la península Arábiga se fundan en intereses compartidos: son las principales compradoras de armas a las empresas norteamericanas y albergan bases militares clave para la proyección de poder de Washington hacia Asia. Además, en los últimos años ejercen de útiles mediadores diplomáticos. Pero, sobre todo, los monarcas árabes saben cómo ganarse al inquilino de la Casa Blanca.
Conocedores del peculiar estilo de Trump, los gobernantes saudíes, al igual que los de Emiratos Árabes Unidos y Qatar (los otros dos países del Consejo de Cooperación del Golfo, CCG, que va a visitar), no escatimarán pompa y oropel. Ya prepararon el camino con la promesa de desembolsos multimillonarios en EE UU. Arabia Saudí anunció una inversión de 600.000 millones de dólares en cuatro años; Emiratos Árabes Unidos, 1,4 billones durante la próxima década. Aunque habrá que ver en qué medida se ejecutan, constituyen un aliciente para el negociador jefe.
También ayudan los jugosos acuerdos alcanzados por la Organización Trump en esos países unas semanas antes de la visita presidencial. A finales de abril, Eric Trump, uno de los hijos del mandatario y vicepresidente ejecutivo de la empresa familiar, firmó con la constructora saudí Dar Global el desarrollo de un hotel de 80 pisos en Dubái. Casi al mismo tiempo, ese socio otorgaba la licencia del nombre Trump para un club de golf y una urbanización de lujo al norte de Doha, dentro de un proyecto urbanístico de la empresa estatal catarí Qatari Diar. Estos planes se suman a la Torre Trump que Dar Global ya promociona en Yeda, la segunda ciudad saudí, y otra urbanización con campo de golf en Omán.
Sin embargo, esa confluencia de intereses empresariales no se traslada automáticamente a otros ámbitos. A pesar del superávit comercial de EE UU, los miembros del CCG no se han librado de los aranceles del 10% y, si el dólar sigue debilitándose, sufrirán inflación, dado que sus monedas están vinculadas a aquel. Por otra parte, los temores de recesión desatados por las medidas de Trump ya han hecho caer el precio del petróleo. El barril a 60 dólares pone en peligro tanto sus planes de diversificación económica como la ayuda que prestan a los países árabes más pobres, con el consiguiente riesgo para la estabilidad regional.
Los enfoques también difieren sobre la solución a los problemas de Oriente Próximo. Trump sigue empeñado en que Arabia Saudí se sume a los Acuerdos de Abraham que lanzó durante su primer mandato, algo que Riad no puede aceptar mientras Israel siga masacrando Gaza y rechazando el Estado palestino. Por muchas garantías de seguridad y tecnología avanzada que le prometa Washington, ni siguiera una monarquía absoluta como la saudí puede ignorar el sentir de su población ante el horror que se vive en la Franja.
Incluso en relación con Irán, donde los gobernantes árabes coinciden con Trump en no querer una guerra, recelan del posible pacto nuclear que está negociando. Para ellos, cualquier solución que no limite las capacidades de Teherán resulta insuficiente. Quieren un vecino débil. Al mismo tiempo, les preocupa que Israel sabotee la vía diplomática y logre embarcar a EE UU en un ataque a la República Islámica, del que ellos paguen las consecuencias (en tanto que albergan instalaciones militares norteamericanas).
Por la misma razón, todos los Estados del CCG, salvo tal vez Bahréin, consideran que los bombardeos de EE UU contra los Huthi de Yemen les ponen en peligro. De ahí que vean las relaciones de Omán con ese grupo (que apenas controla un tercio de Yemen, pero donde viven el 80% de los yemeníes) como algo constructivo de cara a promover la paz y la estabilidad en ese empobrecido país.
En el plano global también hay llamativas discrepancias. Mientras que Trump ha señalado a China como el principal rival estratégico y comercial de EE UU, los países del Golfo han encontrado en el gigante asiático un gran comprador para su petróleo, dispuesto a invertir y compartir tecnología, y que no cuestiona su modelo político autoritario. Ninguno contempla distanciarse de Pekín. Dicho lo cual, Washington sigue siendo un socio económico y de seguridad clave para las petromonarquías. Y, como sugieren los anuncios de inversiones y contratos, nada indica que esa relación vaya a cambiar.
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