Liudmila Denisova, defensora del pueblo de Ucrania: “Rusia emplea las violaciones como arma de guerra”

La centralita de apoyo psicológico del organismo recibió, entre el 1 y el 14 de abril, 400 llamadas con relatos de violencia sexual a raíz de la retirada rusa de los alrededores de Kiev

La defensora del pueblo de Ucrania, Liudmila Denisova, en julio de 2020.
La defensora del pueblo de Ucrania, Liudmila Denisova, en julio de 2020.Getty

Liudmila Denisova (Arjangelsk, Rusia, 61 años) asumió en 2018 el cargo de defensora del pueblo de Ucrania (ombudsman de Derechos Humanos del Parlamento, en su nombre técnico) con un discurso en el que señaló la pobreza como el principal problema del país y prometió defender los derechos de los jubilados. Cuatro años más tarde, la invasión rusa le ha obligado de forma abrupta a cambiar el foco hasta convertirse en el altavoz oficial más activo en la denuncia de agresiones sexuales e indicios de crímenes de guerra a manos de militares rusos.

La Defensoría del Pueblo opera, con el apoyo de Unicef, una centralita telefónica para proveer ayuda psicológica todos los días a cualquier hora. El tipo de llamadas, destaca Denisova, “ha cambiado mucho” desde el inicio de la guerra, el pasado 24 de febrero. “Hasta el 31 de marzo, la gente buscaba sobre todo a alguien. Ahora tienen que ver más bien con haber sufrido un crimen, principalmente agresiones sexuales ¿Por qué? Porque hasta entonces esos sitios estaban aún ocupados por las tropas rusas”. Entre el 1 y el 14 de abril, la centralita recibió 400 llamadas con relatos de violaciones, una vez que las fuerzas rusas se replegaron y centraron su ofensiva en el sur y el este de Ucrania, asegura. “Claramente, no es un número definitivo, porque hay que entender que no todo el mundo llama y que algunos aún no pueden, por estar en zonas ocupadas. Quizás sea el doble o el triple”, señalaba el pasado martes en una entrevista con este periódico realizada en la sede de la institución en Kiev.

La defensora del pueblo ―que obtuvo la nacionalidad ucrania tras mudarse en los años noventa a la península de Crimea, hoy anexionada por Rusia― insiste en que es “muy difícil tener pruebas” de las violaciones, porque las víctimas no quieren revivir la experiencia ni que se sepa. “Es el problema. Tienes que tenerlas, ¿pero cómo? Cuando llaman, para empezar, no quieren compartir su historia y suelen decir ‘yo también tengo la culpa de que me pasase’. O le dicen al psicólogo: ‘no merezco tu tiempo’. Otro problema es que solo suelen recordar el principio de la historia y el final [...]. Dentro de meses o años, a lo mejor, lo hablan con alguien”, afirma. El primer objetivo de los profesionales que las atienden es evitar que se suiciden, agrega.

Denisova cree que la suma del alto número de denuncias con el gusto de los soldados rusos por obligar a los familiares a presenciar las agresiones sexuales y las frases que las víctimas coinciden en atribuirles dibuja un patrón de empleo de la violencia sexual como “un arma más de guerra”, en vez de tratarse de casos aislados. “Estoy bastante segura”, señala. “Una de las cosas que la mayoría suele decir es: ‘Os violaremos hasta que no sintáis deseo hacia ningún otro hombre, hasta que no sintáis deseo de dar a luz nuevos ucranios’. Y es en grandes grupos. Y cruel, no para matar el deseo. También por el alcohol. Normalmente, están borrachos cuando lo hacen”, apunta.

La defensora del pueblo insiste en que, además del trauma de la agresión, la mayoría carga también con haber presenciado el asesinato de sus hermanos o maridos cuando trataban de impedirla. Los autores, coinciden las víctimas en sus relatos, tenían entre 20 y 25 años, lo que Denisova interpreta como una prueba de la “influencia de la propaganda de Vladímir Putin”, ya que esa franja de edad ha crecido con él como presidente o primer ministro.

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Su gesto serio, con gafas, jersey de cuello vuelto y discurso monocorde, conceden a Denisova un aspecto que parece sacado de una película de Hollywood sobre la época soviética. La forma sobria contrasta con el fondo de sus palabras: una cadena de denuncias de violaciones, a cuál más atroz. Por ejemplo, la de una adolescente de 14 años por cinco militares frente a la madre. “No quisieron contar la historia ni compartirla con nadie. Solamente llamaron a la centralita cuando descubrieron que estaba embarazada y el médico les impedía abortar”, cuenta.

Otro soldado violó a una mujer durante varios días y al final le dijo: “Me he enamorado de ti. Quiero que te vengas conmigo a Rusia”, apunta. “Ella respondió con la excusa de que no podía porque su madre estaba muy mayor y tenía que cuidar de ella. Así que el soldado mató a la madre”, prosigue.

Denisova habla también de actos de particular crueldad. Como el de los tres militares rusos que obligaron a una ucrania de 25 años a ver cómo violaban durante unas diez horas a su hermana seis años menor. “Ella les pedía: ‘por favor, parad, hacédmelo a mí, no a ella’. No quisieron: solo la sujetaban y le decían: ‘Vamos a hacerle esto a todas y cada una de las putas nazis ucranias”, dice.

Víctimas de 11 a 70 años

Las denuncias de violación van desde una mujer de 70 años a una niña de 11, en Gostomel (al noroeste de Kiev), que ahora se siente culpable. “Mi madre me prohibió salir de casa’, dice. ‘Lo hice solo para llevarle flores, para hacerla feliz’. Y así es cómo se topó con los soldados rusos. No recuerda lo que pasó, solo cómo la empezaron a tocar”.

La defensora relata asimismo la llamada de una mujer preguntando qué hacer después de que tres soldados rusos la atasen a una silla para que viese cómo violaban a su hijo de 11 años. Otro hombre violado tenía 45 años. “Salió del refugio en uno de los territorios ocupados a buscar agua y se encontró con un soldado, que le violó, robó y golpeó. Le dejó allí probablemente porque pensaba que estaba muerto”, añade.

El móvil de Denisova se ilumina. Se disculpa y atiende una llamada. Luego explica que 58 niños, con edades de cuatro meses a cuatro años y en su mayoría con discapacidad, han sido hallados en el refugio subterráneo de una iglesia en la ciudad de Jersón, en el sur del país y tomada por las fuerzas rusas. Llevaban allí 55 días.

Al final de la entrevista, Denisova saca su lado más político, al pedir a Occidente nuevas sanciones a Rusia y armamento para su país. Fue ministra de Trabajo y Políticas Sociales entre 2007 y 2010, en el segundo Gobierno de Yulia Timoshenko ―la heroína de la Revolución Naranja de 2004― y de Política Social apenas unos meses con Arseni Yatseniuk, tras la famosa protesta del Euromaidán, motivada por la negativa en 2013 del entonces presidente, el prorruso Viktor Yanukóvich, a firmar un acuerdo de asociación con la UE.

―¿Cómo separa su rol de lo político en tiempos de guerra?

―Entiendo perfectamente mis responsabilidades ahora que no soy una política. El hecho de ser conocida en mi país me ayuda mucho a hacer mi trabajo. Una mitad de la vida trabajas en la agenda y la otra la usas.

Como el resto de dirigentes ucranios, Denisova entra en el resbaladizo terreno de calificar de genocidio los aparentes crímenes de guerra rusos o contra la humanidad en Ucrania. Argumenta que se actúa desde la intención ―que no ha sido probada― de destruir parcial o totalmente al pueblo ucranio. Lo justifica en el traslado de niños a Rusia ―desde, por ejemplo, Mariupol―, que vincula a un proyecto de ley en Rusia, que un comité empezará a valorar el próximo martes, para facilitar la adopción de huérfanos de guerra procedentes de las repúblicas separatistas prorrusas de Donetsk y Lugansk. Y recalca la importancia que las tropas rusas han dado a la práctica de impedir nuevos nacimientos, casos que ejemplifica en la captura de un matrimonio cuando escapaba en coche a una parte más segura de Ucrania. Los soldados rusos solo la asesinaron a ella, embarazada de ocho meses: “No siempre les importa matar hombres, porque son las mujeres las que pueden parir nuevos ucranios”, concluye.

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Sobre la firma

Antonio Pita (enviado especial)

Redactor de la sección de Internacional y responsable de la cobertura de varios países de los Balcanes. Ejerció nueve años como corresponsal en Rabat, París y Jerusalén, principalmente con la Agencia Efe. Es licenciado en Periodismo y Máster de Relaciones Internacionales y Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid

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