Los últimos de Mariupol: la épica de la resistencia tiene también un sentido militar

Más allá de su valor propagandístico y simbólico, el atrincheramiento de un grupo de soldados en una acerería de la ciudad ucrania obliga a Rusia a movilizar un importante contingente militar para mantener el asedio

Coches destrozados por la guerra, con el humo de la acería Azovstal al fondo, el lunes.Foto: Alexei Alexandrov | Vídeo: Daniel Castresana

La resistencia heroica de un pequeño grupo de soldados frente a un enemigo muy superior forma parte de la historia militar desde los albores de la cultura occidental. “A los griegos que se hallaban en las Termópilas, el primero que les anunció que iban a morir al rayar el día fue el adivino Megistias”, escribe Heródoto en el tomo VII de su Historia. Sin embargo, pese a los malos augurios, Leónidas y sus 300 espartanos decidieron luchar hasta el final contra los persas en aquel desfiladero. Heródoto asegura que fueron personajes “dignos de ser recordados” y que logró averiguar los nombres de cada uno de aquellos 300.

Desde entonces, la historia militar ha ofrecido numerosos ejemplos de esta resistencia desesperada, a veces de derrotas convertidas en mitos, otras de victorias contra todo pronóstico tras un aguante imposible, desde el Álamo hasta el Alcázar de Toledo durante la Guerra Civil española; el cerco de Bastogne, durante la batalla de las Ardenas al final de la II Guerra Mundial; o los últimos de Filipinas. Este destacamento de cazadores españoles aguantó durante 11 meses el ataque de una fuerza muy superior antes de rendirse con todos los honores y se convirtió en un mito imperial que pretendía hacer olvidar que se trató de una guerra perdida. Los cientos de combatientes ucranios que resisten en la acerería de Azovstal, entre las ruinas de Mariupol, la ciudad asediada por Rusia desde hace más de 50 días, han entrado a formar parte de esa mitología de lucha numantina.

“La conquista de Mariupol ha adquirido una enorme importancia simbólica”, explica por correo electrónico el historiador militar británico Antony Beevor. “Lo que me gustaría saber es si los defensores son realmente rusoparlantes o ucranios. El hecho de que Mariupol sea mayoritariamente de habla rusa, supuestamente el mismo pueblo que Vladímir Putin quiere rescatar con sus ejércitos del nazismo ucranio, y que resistan tan desesperadamente, es algo que el Kremlin no puede admitir”.

Imagen de un bombardeo contra la planta de Azovstal obtenida por un dron y difundida el martes por el Ayuntamiento de Mariupol.
Imagen de un bombardeo contra la planta de Azovstal obtenida por un dron y difundida el martes por el Ayuntamiento de Mariupol.MARIUPOL CITY COUNCIL (via REUTERS)

Pero, más allá de su valor simbólico, estos atrincheramientos tienen un sentido militar. En el caso de Mariupol, una ciudad del sudeste de Ucrania y el principal puerto del mar de Azov, arrasada por las bombas rusas desde el principio de la invasión, demuestra las enormes dificultades que plantea el combate urbano para los asaltantes, mucho más que para los defensores, que pueden utilizar las ruinas para tender emboscadas y detener durante días el avance del enemigo, todo ello sin contar con el poderoso valor propagandístico que proporcionan esas resistencias heroicas.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.
Suscríbete

Fue lo que ocurrió durante la batalla de Stalingrado, la victoria soviética tras un largo asedio que selló en 1943 la derrota de Hitler en la II Guerra Mundial, donde también se produjeron largos asaltos de fábricas en una ciudad de la que ya solo quedaban ruinas y escombros. Un solo francotirador podía causar estragos a un enemigo muy superior. En su historia de aquella batalla, Beevor recuerda a Zaitsev, “un taciturno pastor de los Urales”, que abatió a 149 alemanes. “Las noticias de sus hazañas recorrían todo el frente”, escribe.

Tor Bukkvoll, investigador sénior del Norwegian Defence Research Establishment (FFI), experto en Rusia y Ucrania, explica: “Tiene un punto de vista estratégico esencial. No solo porque Rusia necesita controlar Mariupol para apoderarse de esa franja del sur de Ucrania para unir Crimea con Donbás. Es importante también porque obliga a los atacantes a mantener un número muy significativo de tropas sobre el terreno, que Moscú necesitaría en otros lugares. Además, la resistencia de Mariupol ha demostrado a los líderes rusos hasta qué punto es difícil tomar una ciudad cuando está bien defendida. Creo que lo ocurrido en Mariupol, que tenía 450.000 habitantes antes de la guerra, ha sido decisivo para que Moscú renunciase a intentar tomar Kiev, que tiene casi tres millones de habitantes”.

Francotiradores soviéticos disparan al enemigo desde una casa en la batalla de Stalingrado, durante la II Guerra Mundial.
Francotiradores soviéticos disparan al enemigo desde una casa en la batalla de Stalingrado, durante la II Guerra Mundial. Sovfoto (Universal Images Group via Getty)

Las certezas sobre lo que ocurre en la acerería de Azovstal son escasas porque Ucrania no proporciona datos por motivos obvios de seguridad. Se trata de un complejo de edificios enorme, de unos 11 kilómetros cuadrados, en el que pueden resistir entre 2.500 militares —según el Ministerio de Defensa ruso— y entre 500 y 800, según otras estimaciones. Justin Crump, un experto militar de la consultora Sibylline, explicó a la cadena británica BBC que la planta industrial “tiene búnkeres nucleares y túneles que pueden aguantar bombardeos”. “Está realmente muy bien planteada para la defensa y han tenido más de 50 días para fortificarse y preparar rutas de escape”.

El hecho de que sea un lugar tan bien defendido ha hecho temer a algunos expertos en armas químicas que Rusia caiga en la tentación de utilizar este tipo de armamento no convencional para desalojar a los resistentes. “La amenaza de las armas químicas es real”, ha declarado a France 24 la experta en estrategia militar rusa Katarzyna Zysk. “En este momento, tiene sentido militar que Rusia logre la victoria en Mariupol lo antes posible, porque eso liberaría muchas fuerzas para su prevista ofensiva en la zona de Donetsk”, señaló por su parte a la misma cadena el experto en armas químicas y exjefe del laboratorio de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) Marc-Michael Blum, quien explicó que un ataque a pequeña escala, sin testigos, en una zona aislada de Mariupol, sería muy difícil de probar.

Grabado de Kurz Allison de la batalla de Quasnimas, en Filipinas, en 1898.
Grabado de Kurz Allison de la batalla de Quasnimas, en Filipinas, en 1898. Photo 12 (Universal Images Group via Getty)

Sobre la posibilidad de tratar de aislar al contingente que resiste en la acerería, atrincherado junto a un número indeterminado de civiles que habían buscado refugio de los bombardeos rusos en la fábrica, Beevor cree que las tropas de Moscú “podrían rodearlos hasta que muriesen de inanición”. Bukkvoll sostiene, en cambio, que esta estrategia plantea un problema, porque dejar a un enemigo atrás siempre puede provocar ataques de guerrilla desde la retaguardia. Este experto cree, además, que también influye en la negativa a rendirse el que, durante la guerra por Donbás que arrancó en 2014, en otras ocasiones los soldados ucranios que habían entregado las armas fueron bombardeados igualmente al abandonar sus posiciones.

“Hay cientos de lugares relacionados con resistencias heroicas a lo largo de la historia. Toda la Guerra de la Independencia española está plagada de ese tipo de sitios”, explica el experto militar del Real Instituto Elcano Félix Arteaga. “En algunos casos, podían tener un significado muy importante y decidir el curso de una guerra. La épica viene dada por el tiempo durante el que se resiste y también cuando se mantiene la posición pese a que ya está todo decidido, como ocurrió con los últimos de Filipinas. Lo que ocurra en la acería de Mariupol no va a decidir el sentido de la guerra, pero le da un sentido épico a su resistencia”.

Sigue toda la información internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.

50% de descuento

Contenido exclusivo para suscriptores

Lee sin límites

Sobre la firma

Guillermo Altares

Es redactor jefe de Cultura en EL PAÍS. Ha pasado por las secciones de Internacional, Reportajes e Ideas, viajado como enviado especial a numerosos países –entre ellos Afganistán, Irak y Líbano– y formado parte del equipo de editorialistas. Es autor de ‘Una lección olvidada’, que recibió el premio al mejor ensayo de las librerías de Madrid.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS