Putin aplica en Ucrania el modelo de brutalidad que ensayó en Chechenia

Durante las dos guerras de Rusia contra la república independentista se produjeron violaciones masivas de los derechos humanos. La población civil fue uno de los principales objetivos del Ejército de Moscú

Combatientes chechenos en Grozni, en agosto de 1996.Foto: Eric Bouvet | Vídeo: EPV

Nada más contemplar las imágenes de cuerpos de civiles asesinados, tirados en las calles de Bucha, un suburbio de Kiev donde las tropas rusas han sido acusadas de haber perpetrado una matanza durante las semanas en que ocuparon la localidad, el periodista Sebastian Smith afirma: “Bueno, ahora que sabemos lo que ha ocurrido allí, realmente parece una repetición de Chechenia”. Smith, periodista de la agencia France Presse (AFP) en Washington y autor de un libro sobre aquel conflicto que cubrió en los años 2000, Las montañas de Alá (Destino), agrega: “Existen claros paralelismos entre las dos guerras, porque esta estrategia está en el ADN del pensamiento de Vladímir Putin y de los militares rusos”. Un alto funcionario internacional que viajó a menudo al Cáucaso durante aquellos años se muestra aún más rotundo: “Chechenia tuvo una influencia decisiva en Putin”.

Al llegar al poder, Putin ordenó una ofensiva contra Chechenia que en su brutalidad recuerda lo que está ocurriendo en Ucrania desde la invasión rusa. La destrucción de ciudades, el bombardeo de objetivos no militares y los asesinatos indiscriminados marcaron un conflicto durante el que se produjeron violaciones masivas de los derechos humanos. En Ucrania, el Ejército de Moscú también ha bombardeado hospitales, incluso de una maternidad, ha sido acusado de asesinar civiles y de perpetrar ataques indiscriminados contra barrios residenciales o ha impedido durante semanas la salida de ciudadanos atrapados bajo el fuego de artillería.

“Para los militares rusos en Chechenia y de nuevo ahora en lugares como Mariupol, el objetivo es aniquilar”, explica Sebastian Smith. “Se trata de derrotar al enemigo, pero también de destruir a la población civil, destruir su moral e incluso su futuro. Al igual que en Chechenia, atacan hospitales, escuelas, infraestructuras, todo lo que se necesita para una vida normal. Es una forma de demostrar que tienen algo más que poder militar: tienen poder para alterar literalmente el sentido de la vida. Y para siempre”.

Chechenia es una república musulmana del Cáucaso, de un millón de habitantes, que forma parte de la Federación de Rusia. Declaró su independencia aprovechando la disolución de la URSS a principios de los años noventa. En 1994, el entonces presidente Boris Yeltsin desató una guerra para tratar de retomar ese territorio, que acabó en un desastre militar para Rusia. Como ha relatado en The New York Times la periodista Carlotta Gall, una de las reporteras que más tiempo pasó en Chechenia, las tropas rusas enviadas a la capital chechena, Grozni, “fueron recibidas por unidades muy motivadas de combatientes chechenos, armados con lanzacohetes antitanques, que emboscaron sus columnas, atrapando y quemando a cientos de soldados y blindados rusos en una noche. Una brigada entera fue aniquilada casi en su totalidad”.

El Kremlin respondió borrando Grozni del mapa a bombazos, sin importarle que los civiles estuviesen atrapados bajo un constante fuego de artillería, con una táctica militar que parecía sacada de la Segunda Guerra Mundial y que recuerda a lo ocurrido en ciudades como Mariupol o Járkov durante la actual invasión de Ucrania. Los combatientes chechenos se retiraron a las montañas y, dos años después, lanzaron una ofensiva y volvieron a derrotar al Ejército ruso. Llegaron entonces a un acuerdo con Moscú en el que la independencia quedaba en suspenso, pero se detenía la guerra, aunque la república cayó en un conflicto interno entre los diferentes clanes chechenos y se sumergió en una violenta anarquía. El ala radical de los independentistas cometió numerosas atrocidades. Hasta que llegó Putin al poder, primero como primer ministro de Yeltsin en 1999 y luego como presidente en 2000.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.
Suscríbete
El general de las Fuerzas Armadas Alexander Jarchevski termina de colocar el traje a Vladímir Putin antes de comenzar su vuelo hacia la zona de guerra de Chechenia desde Krasnodar, en 2000.
El general de las Fuerzas Armadas Alexander Jarchevski termina de colocar el traje a Vladímir Putin antes de comenzar su vuelo hacia la zona de guerra de Chechenia desde Krasnodar, en 2000.

Utilizando como pretexto una incursión de guerrilleros chechenos en la vecina Daguestán y un oscuro atentado contra dos edificios de viviendas en Moscú en septiembre de 1999 —se acusó a terroristas chechenos, aunque muchos expertos creen que pudo haber sido organizado por los servicios secretos rusos—, Putin desató una ofensiva militar despiadada con la población civil como principal objetivo. Durante las llamadas zatchistki, operaciones de limpieza étnica, pueblos enteros eran exterminados. La violencia sexual contra las mujeres fue una constante de aquel conflicto.

“Putin acababa de llegar al poder y estaba dispuesto a ganar aquella guerra al precio que fuese”, explica el alto funcionario internacional, que prefiere no ser citado por su nombre porque ya no ocupa el cargo por el que viajaba a Rusia. “Putin argumentaba que el mundo no entendía lo que pasaba en Chechenia, que era un combate contra el yihadismo internacional. Y es cierto que después de los atentados del 11-S, la comunidad internacional miró hacia otro lado y dio por cerrado el capítulo checheno. Putin creyó que en Ucrania podía hacer lo mismo: pensaba que los ucranios eran débiles, que su Ejército estaba fuera de juego, tenía en mente que al final nadie intervino en Crimea. Seguramente, pensaba que iba a ser un paseo militar, que acabaría con un Gobierno prorruso en Kiev y unas cuantas bases militares en el país”.

Sebastian Smith también cree que Rusia ha repetido errores que cometió en Chechenia. “Pero no son solo errores”, puntualiza. “También forman parte del ADN de los militares rusos. Dado que no es un país democrático, dado que el poder está tan concentrado, dado que Putin se ha esforzado tanto por acabar con el concepto de derechos y responsabilidades individuales, los militares lo reflejan. Al igual que no se preocupan por los derechos de las personas a las que apuntan con sus armas, tampoco se preocupan por sus propios soldados. Este fue un gran problema en Chechenia. Una de las razones por las que los chechenos fueron capaces de realizar operaciones de guerrilla tan increíbles contra los rusos fue porque tenían la mentalidad opuesta. Se preocupaban por sus pérdidas. Dieron a las pequeñas unidades el poder de tomar decisiones. Esta parece ser la misma mentalidad entre los ucranios, tal vez en parte porque los instructores de la OTAN les han enseñado así en los últimos años, pero también claramente porque tienen una mentalidad más democrática en la que se sienten responsables de sus actos, más allá del miedo a su comandante”.

Una mujer abandona Grozni en febrero de 2000.
Una mujer abandona Grozni en febrero de 2000.Antoine Gyori - Corbis (Sygma via Getty Images)

La forma de acabar la guerra de Putin fue pactar con un poderoso clan checheno, los Kadírov, y convertirlo en aliado. Primero gobernó Ajmad Kadírov, asesinado en 2004, y luego su hijo, Ramzán Kadírov, que asegura estar luchando con Rusia en Ucrania al frente de una brigada de combatientes chechenos. Su forma de controlar Chechenia es a través del terror, el mismo que aplicaron las tropas de Moscú durante la guerra. La principal testigo y narradora de aquel conflicto fue la valiente periodista rusa Anna Politkóvskaya, asesinada en Moscú en 2006, un crimen político por el que fueron condenados los autores, pero no los instigadores.

Recogidos en libros como Una guerra sucia o La deshonra rusa —ambos están agotados en castellano, aunque una parte de sus artículos están reunidos en el volumen recopilatorio Solo la verdad, que acaba de reeditar Debate—, los relatos de Politkóvskaya de la segunda guerra de Chechenia muestran una crueldad desatada por parte de las tropas rusas, alentada por sus superiores, y narran cómo esa violencia acaba por permear en la sociedad cuando los soldados vuelven a casa. Sus crónicas reflejan cómo se logró deshumanizar a los chechenos, convertirlos en enemigos que no merecían la piedad, con un discurso no muy lejano de la idea de invadir Ucrania para acabar con un “Gobierno nazi”.

“Este odio es fruto de la impotencia”, escribe Politkóvskaya. “No podemos hacer nada contra los chechenos. Todos los que están aquí saben que con ellos nada sirve, salvo matarlos, humillarlos y aplastarlo, me repiten con bastante frecuencia. Y se mata, se humilla y se pisotea”.

Sigue toda la información internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.

50% de descuento

Contenido exclusivo para suscriptores

Lee sin límites

Sobre la firma

Guillermo Altares

Es redactor jefe de Cultura en EL PAÍS. Ha pasado por las secciones de Internacional, Reportajes e Ideas, viajado como enviado especial a numerosos países –entre ellos Afganistán, Irak y Líbano– y formado parte del equipo de editorialistas. Es autor de ‘Una lección olvidada’, que recibió el premio al mejor ensayo de las librerías de Madrid.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS