Los golpes militares de baja intensidad ganan terreno en el Sahel

La incapacidad de hacer frente al yihadismo está en el origen del descontento popular que alimenta los alzamientos de Malí y Burkina Faso

Ciudadanos burkineses con fotos de los golpistas Assimi Goïta y Paul-Henri Damiba celebran el golpe de Estado en Burkina Faso en las calles de Uagadugú este martes 25 de enero.
Ciudadanos burkineses con fotos de los golpistas Assimi Goïta y Paul-Henri Damiba celebran el golpe de Estado en Burkina Faso en las calles de Uagadugú este martes 25 de enero.Sophie Garcia (AP)

El golpe de Estado protagonizado por militares en Burkina Faso este lunes sigue el mismo patrón que el vivido en Malí hace un año y medio. El avance del yihadismo ante la incapacidad de los ejércitos nacionales y de la operación militar Barkhane liderada por Francia para hacerle frente desencadenan una oleada de cólera popular que sienta las bases del alzamiento militar. Buena parte de la población, desesperada ante el reguero de muertos, heridos y desplazados por la violencia, acoge la llegada de los militares al poder —con asonadas de baja intensidad— con la esperanza de un cambio, todo ello trufado de un creciente sentimiento antifrancés. La vuelta al orden constitucional mediante la promesa de elecciones queda como una cuestión secundaria ante la magnitud de la amenaza.

Este es el tercer golpe de Estado militar que vive la región de África occidental en el último año y medio pues, además de Malí, también Guinea-Conakry sufrió una sublevación el pasado 1 de octubre. Sin embargo, en este caso, el detonante fue la intención del presidente depuesto Alpha Condé de permanecer en el poder más allá de los dos mandatos previstos en la Constitución, lo que provocó numerosas protestas ciudadanas duramente reprimidas. Está previsto que la Comisión Económica de Estados de África Occidental (Cedeao) envíe una delegación en los próximos días para negociar un calendario electoral con los militares golpistas.

Precisamente la vuelta al orden constitucional es una de las primeras promesas que realizó el teniente coronel Damiba, como también hizo en Malí el coronel Assimi Goïta o en Guinea el teniente coronel Doumbouya, líder de la junta militar. Sin embargo, en estos dos últimos países los militares no han dado señales de tener intención de dejar el poder con prontitud. De hecho, tras prometer comicios en febrero, los militares malienses dieron marcha atrás y pidieron hasta cinco años para llevar a cabo la transición, lo que provocó un régimen de duras sanciones por parte de la Cedeao. Por ahora, las nuevas autoridades burkinesas, que este martes reabrieron las fronteras aéreas, no han hablado de plazos, aunque han advertido que los mismos serán aprobados en coordinación con la sociedad civil.

Las tensiones entre el régimen de Kaboré y los militares eran evidentes desde la caída del régimen de Blaise Compaoré en 2014, pero el desencadenante ha sido la violencia yihadista. “Había un importante descontento tanto de la población civil como de las fuerzas de defensa y seguridad frente al constante deterioro de la situación en materia de seguridad en los últimos años. Los ataques sangrientos son moneda corriente, como el de Solhan de junio de 2021 con 160 víctimas y más recientemente el ataque de Inata en noviembre pasado en el que fallecieron 57 personas, 53 de ellas gendarmes, que despertó una gran indignación por los errores en la cadena de aprovisionamiento. Esto agravó las tensiones y la desconfianza entre fuerzas de seguridad y el Gobierno”, asegura Ornella Moderan, experta en el Sahel del Instituto de Estudios de Seguridad.

Otro elemento común entre los recientes golpes de Estado en Malí y Burkina Faso es que apenas encuentran resistencia y se producen prácticamente sin violencia. Los protagonistas también tienen puntos en común. El líder golpista maliense, el coronel Assimi Goïta, es un joven oficial curtido en la lucha antiterrorista en su condición de exjefe de las Fuerzas Especiales; por su parte, el nuevo hombre fuerte de Burkina Faso, el teniente coronel Paul-Henri Sandaogo Damiba, acababa de ser nombrado responsable de la tercera región militar burkinesa, la de Uagadugú, y había liderado una unidad antiterrorista en la zona de Dori, uno de los puntos calientes del yihadismo al norte del país. Licenciado en Criminología, en junio pasado vio la luz su ensayo Ejércitos de África occidental y terrorismo: ¿respuestas inciertas?

Este martes, decenas de personas salieron a las calles de Uagadugú y otras ciudades burkinesas para celebrar la caída del presidente Roch Marc Christian Kaboré, tal y como sucedió en Bamako en agosto de 2020. El movimiento Sauvons le Burkina considera que no había otra alternativa frente a un régimen que había abandonado sus responsabilidades en materia de seguridad. Por su parte, Smockey, líder del movimiento Balai Citoyen, acusa al régimen de Kaboré de gestión calamitosa. “Nunca lograron estar a la altura de las aspiraciones de las masas populares que, sin embargo, crearon las circunstancias para su llegada al poder”, asegura el rapero en referencia a las revueltas de 2014 que provocaron la caída del dictador Blaise Compaoré y la renovación democrática en Burkina Faso.

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La comunidad internacional ha reaccionado este martes como era de prever, condenando el golpe de Estado y pidiendo la liberación inmediata de Roch Kaboré. El presidente francés, Emmanuel Macron, aseguró a los periodistas que había hablado con los nuevos dirigentes del país y que estos le transmitieron que el ya expresidente se encontraba en buen estado de salud y que no existía ninguna amenaza para su salud física. Los acontecimientos de Burkina, dijo, “se inscriben en una sucesión de numerosos golpes de Estado militares que son extremadamente preocupantes en un momento en que la región debe tener una prioridad, que es la lucha contra el terrorismo islamista”.

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Sobre la firma

José Naranjo

Colaborador de EL PAÍS en África occidental, reside en Senegal desde 2011. Ha cubierto la guerra de Malí, las epidemias de ébola en Guinea, Sierra Leona, Liberia y Congo, el terrorismo en el Sahel y las rutas migratorias africanas. Sus últimos libros son 'Los Invisibles de Kolda' (Península, 2009) y 'El río que desafía al desierto' (Azulia, 2019).

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