´Impeachment'´a Donald Trump

El Partido Republicano entra en combustión con el voto del ‘impeachment’ a Trump

El juicio ahonda la brecha entre los conservadores mientras el expresidente promete volver a la primera línea de fuego. Los senadores que votaron para condenarlo reciben críticas en sus Estados

El senador de Utah Mitt Romney y la senadora de Maine Susan Collins, dos de los republicanos que han votado a favor de condenar a Trump, en una imagen del pasado diciembre en el Capitolio.
El senador de Utah Mitt Romney y la senadora de Maine Susan Collins, dos de los republicanos que han votado a favor de condenar a Trump, en una imagen del pasado diciembre en el Capitolio.TOM BRENNER / Reuters

El segundo juicio por impeachment a Donald Trump ha ahondado la brecha de un Partido Republicano en pleno dilema sobre su futuro y su ser o no ser en Estados Unidos. Una decena de miembros de la Cámara de Representantes y siete del Senado votaron para condenar a su expresidente, lo que supone un apoyo bipartito sin precedentes en un proceso como este, pese al veredicto absolutorio. Varios de ellos recibieron fuertes críticas en sus Estados este domingo. Otros republicanos, como el líder de la Cámara alta, Mitch McConnell, lo exoneraron arguyendo tecnicismos jurídicos, pero lo culparon sin ambages del sangriento asalto al Capitolio. El escenario abre ahora una batalla intestina que enfrenta a los fieles a Trump con sus detractores y pone a prueba el poder del magnate neoyorquino sobre las bases. El sábado apuntó a un pronto regreso a la arena política. El juicio para el Grand Old Party acaba de empezar.

“Nuestro histórico, patriótico y hermoso movimiento ‘Hacer América Grande de Nuevo’ acaba de empezar”, dijo el expresidente en un comunicado, y añadió: “Tengo mucho que contaros para los próximos meses, tengo muchas ganas de seguir nuestro increíble viaje y lograr la grandeza de América para nuestro pueblo”. Más de la mitad del Senado votó condenarlo (57-43) por incitación a la insurrección, lo que constituye un mensaje evidente de repudio, pese a que no se alcanzó la mayoría de dos tercios que requiere la Constitución para declararlo culpable.

Trump, incombustible, no ha dejado nunca de lanzar el mensaje de que piensa seguir en la primera línea de fuego, una forma de presionar a sus compañeros de partido de cara al impeachment. En los últimos meses había amenazado con hacer campaña contra los republicanos que no se sumaran a su cruzada de bulos sobre el fraude electoral apoyando a sus adversarios en las primarias. La presidenta de la Cámara de Representantes, la poderosa demócrata Nancy Pelosi, calificó este sábado a los republicanos de “panda de cobardes”. De entre los siete senadores que votaron condenarlo, solo una, Lisa Murkowski, de Alaska, afronta una reelección en 2022. En Luisiana, el comité ejecutivo del partido decidió de forma unánime censurar a su senador Bill Cassidy, otro de los rebeldes que votaron “culpable”, y en Carolina del Norte el presidente del partido, Michael Whatley, calificó el voto del senador Richard Burr como “chocante y decepcionante”.

La reacción de Trump está aún por ver. Lindsey Graham, senador de Carolina del Sur que votó “no culpable”, tenía previsto reunirse con el expresidente esta semana en Florida para tratar de evitar que empiece una guerra y permitir así al Partido Republicano recomponerse y trabajar para recuperar el control de la Cámara de Representes y del Senado en las elecciones legislativas de 2022. “Voy a intentar convencerle de que no podemos conseguirlo sin él, pero [también de] que él tampoco puede mantener el movimiento Trump sin el partido unido”, señaló Graham el viernes, según unas declaraciones recogidas por Politico. Este domingo, en la Fox, contó que había hablado por teléfono con el magnate el sábado por la noche y que le había transmitido que la hoja de ruta para volver a ganar pasa por el expresidente: “Es la fuerza más potente del Partido Republicano. Necesitamos el plus de Trump”. Las presidenciales de noviembre, pese a la derrota, demostraron su fuerza de tracción con 74 millones de votantes, 11 millones más que cuatro años atrás, y son muchos los republicanos que quieren heredar el movimiento trumpista.

Tras su veto en las redes sociales, del sentir de Trump solo se sabe ahora a través de fuentes anónimas y de comunicados de prensa meditados, muy diferentes de sus febriles mensajes en Twitter. El sábado pudo escuchar palabras gruesas de los propios republicanos, y no solo de los que lo condenaron. McConnell votó a favor de la absolución argumentando que un impeachment solo debe utilizarse para presidentes aún en el cargo, pero pronunció su discurso más duro hasta ahora contra Trump: “Estos criminales llevaban sus pancartas, ondeaban sus banderas y gritaban su lealtad hacia él”, dijo. “Era muy obvio que solo él podía pararlo”. Así, denunció el “vergonzoso incumplimiento de su deber” y aseguró: “No hay duda de que el presidente es práctica y moralmente responsable de los acontecimientos”. El presidente Joe Biden citó a McConnell en un comunicado para defender que, pese a la exoneración, “el cargo no está en discusión”.

La absolución puede leerse como el temor de los republicanos a las represalias de los votantes, pero una condena ahora, a raíz del asalto del 6 de enero, también hubiese sido difícil de explicar, cuando la tensión había ido escalando durante meses en medio del silencio de su partido. Ha habido republicanos críticos con el magnate neoyorquino a lo largo de estos cuatro años, como el fallecido John McCain y los senadores Mitt Romney o Susan Collins, entre otros. La mayoría de los miembros del Congreso, sin embargo, no le pararon los pies hasta el último momento, como el propio McConnell, que no reconoció la victoria de Biden hasta la confirmación del Colegio Electoral, en diciembre.

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Para entonces, la bomba de relojería ya había empezado su tictac. El republicano Gabriel Sterling, responsable de la supervisión de la elección en Georgia (uno de los Estados contestados por Trump), alertó del peligro: “Señor presidente, usted tiene derecho a ir a los tribunales”, señaló el 1 de diciembre, “pero debe dejar de inspirar a la gente para cometer actos violentos. Alguien va a acabar herido, disparado, alguien va a morir y no está bien”.

No solo Trump ha pasado por un impeachment, sino toda la clase política que amparó por acción u omisión sus acusaciones infundadas de fraude electoral, que no le dio el alto mientras pedía a las autoridades que detuvieran el escrutinio o mientras reclamaba a los legisladores del Congreso que boicotearan la confirmación de la victoria electoral de Biden.

Ahora, en el partido de Abraham Lincoln conviven aves de muy distinto pelaje y pensamiento: de la nueva congresista Marjorie Taylor Greene, una ultra conocida por sus teorías conspirativas y sus guiños a la violencia, a la congresista Liz Cheney, hija del exvicepresidente Dick Cheney, que votó a favor del impeachment y dijo: “Nunca ha habido una mayor traición por parte de un presidente de Estados Unidos”. En medio, centenares de legisladores haciendo equilibrios y cálculos, muchos de ellos midiendo los tiempos para despegarse de la sombra de Trump y enseñar la patita de cara a las presidenciales de 2024. Esta semana lo hizo la exembajadora ante Naciones Unidas Nikki Haley, quien se consideraba amiga del expresidente. “Debemos reconocer que nos ha decepcionado, no debimos haberle seguido y no debimos haberle escuchado. No podemos permitir que ocurra de nuevo”, dijo Haley. Perdidas la Casa Blanca y las dos Cámaras, para muchos Trump ya es un árbol caído. Para otros, aún una amenaza.

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