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La extrema derecha francesa abraza la defensa del medio ambiente

Marine Le Pen defiende la doctrina de un “localismo” contra el “globalismo” y al mundo sin fronteras

Marine Le Pen, durante una cita con granjeros en la isla francesa de Reunión, en el Índico, en marzo de 2019.
Marine Le Pen, durante una cita con granjeros en la isla francesa de Reunión, en el Índico, en marzo de 2019. AFP via Getty Images

Es una mutación ideológica y, al mismo tiempo, un regreso a viejas tradiciones. La extrema derecha en Francia abraza la causa del medio ambiente. Sus dirigentes alertan sobre la amenaza del cambio climático y se niegan a ceder esta bandera a la izquierda. Invocan el llamado localismo: el consumo de productos de proximidad, la reducción de los desplazamientos y el arraigo a la tierra. En su visión del mundo, la vida sin límites ni fronteras que propone el liberalismo aboca a la humanidad a la catástrofe. Hablar de ecología, para ellos, también es hablar de inmigración y fronteras cerradas.

“Es obvio para mí que la ecología es un conservadurismo. ¡Lo siento Greta!”. Las palabras de Marion Maréchal resonaron en la Conferencia del Nacional Conservadurismo, a principios de febrero en Roma, como una declaración de principios. El mensaje era doble: nadie ostenta el monopolio del medioambiente y puede haber iconos ecologistas alternativos al que encarna la activista sueca Greta Thunberg.

Maréchal no es una persona cualquiera en la difusa constelación que va del nacionalpopulismo a la extrema derecha clásica. Es la nieta del patriarca de la extrema derecha francesa, Jean-Marie Le Pen, y la sobrina de Marine Le Pen, actual presidenta del Reagrupamiento Nacional (RN), el gran partido de esta corriente ideológica. También una promesa política que, en su campo, está considerada una figura intelectual. Cuando habla, se la escucha.

“Preservar nuestros territorios, nuestra biodiversidad, nuestros paisajes, debería ser la lucha natural de los conservadores”, proclamó Maréchal. Añadió que ella no quería tener que escoger entre los seguidores de Thumberg, a quienes calificó de “histéricos”, y los “clima-escépticos, igualmente ideológicos, que niegan el daño causado por un modelo ultraproductivista y una obsolescencia planificada”.

Unas semanas antes, a mediados de enero en París, pronunció otro discurso Marine Le Pen, de quien tantas cosas la separan: Marion se reivindica conservadora; Marine dice que izquierda y derecha son conceptos superados. Ambas coinciden, sin embargo, en que, aunque sea un problema global, la solución al clima es local.

“La ecología de la que tanto se habla, y con razón, pasa primero por la regulación de los transportes. Es decir, en la práctica, por la disminución de las necesidades de transporte cotidiano”, dijo Le Pen, líder del partido más votado en Francia en las elecciones europeas de 2019 y embarcada desde hace años en un proceso para desdemonizarlo. “Lo que proponemos es ni más ni menos que una política de localismo”, añadió.

Jean-Yves Camus, director del Observatorio de las radicalidades políticas en la Fundación Jean Jaurès, explica que el localismo es un concepto que se desarrolló después de mayo del 68. Se identificaba con la izquierda: la vida cerca de la naturaleza, el consumo de productos locales. A su vez, añade, el ecologismo tiene un origen conservador: el arraigo a la tierra, el respeto a la ley natural, la armonía entre el ser humano y la naturaleza, un orden que hay que preservar. Hoy estas tradiciones confluyen en un momento de ascenso de nacionalpopulistas y ultraderechistas.

“Los partidos de la derecha radical se han convertido en partidos electoralmente importantes y se dan cuenta de que por toda Europa, y más allá, la ecología tiene el viento en popa, porque responde a interrogantes profundos de una parte importante de la población”, dice Camus. “Es un terreno que desean ocupar porque creen que durante demasiado tiempo lo ha monopolizado la izquierda y la extrema izquierda”.

El ecologismo de la derecha radical ha ido acompañado de una reflexión intelectual. En La Nouvelle Librairie, librería ultra en París, hay una sección dedicada a “ecología y medioambiente”. Un número reciente de Élements, revista vinculada a la librería, dedicaba varios artículos a defender con vehemencia la realidad del cambio climático. “El climatoescéptico, tonto útil del sistema”, decía un artículo que denunciaba el papel de los lobis petroleros en la financiación del de los grupos que relativizan el cambio climático. Otro artículo llegaba defender a Greta Thunberg, y la comparaba con Juana de Arco, la heroína del nacionalismo francés.

Algunos, en el ámbito conservador, hablan de una “ecología integral”, siguiendo el término de la encíclica Laudatio si del Papa Francisco, pero también al intelectual ultra Charles Maurras, que hablaba de “nacionalismo integral”. Se trataría de vincular “la protección de los embriones humanos con la preservación de los ecosistemas amenazados”, como escriben los autores de Nos limites. Pour une écologie intégrale (Nuestros límites. Por una ecología integral, un opúsculo de referencia publicado en 2014.

Cierre de fronteras

La ecología actúa como una palabra mágica, la llave que permite defender desde las fronteras a la inmigración hasta la oposición a los tratados de libre comercio, pasando por los debates de bioética. Hervé Juvin, eurodiputado independiente por el RN, es uno de los responsables del giro verde del partido y uno de los teóricos del localismo, opuesto al globalismo: el mundo sin fronteras, ni para las mercancías ni para humanos.

“El localismo y la ecología se articulan totalmente”, expone. “Intentemos comer productos producidos a menos de 100 kilómetros de nuestra casa. Valoricemos las pymes locales porque crean empleo, pagan salarios y crean vida en los territorios y pondremos fin a la concentración en las metrópolis, un fenómeno dramático”. El mensaje apela a un electorado amplio, no circunscrito a la extrema derecha y suaviza las aristas más antipáticas del partido. Apenas habla de inmigración, aunque esta cuestión impregna toda la teoría, y en su lugar, habla de nomadismo.

“El nomadismo es la política de la tierra quemada: los nómadas agotan un territorio y, una vez agotado, parten a otro lugar”, argumenta el eurodiputado. “Los sedentarios son profundamente ecologistas porque están obligados a plantearse cómo vivirá mi territorio después de mí. El modelo del nómada universal es un modelo de predación y el mundo de rearraigo y lo sedentario es el modelo ecologista.”

El cambio climático divide a los ultras europeos pese a la retórica ecologista

La actitud ante el cambio climático es una línea divisoria entre los partidos nacional-populistas o de extrema derecha en Europa. El escepticismo ante las evidencias científicas de la contribución humana al calentamiento global, o ante la gravedad de sus efectos, sigue prevaleciendo entre las formaciones de este campo ideológico. Pero, como demuestra el caso del Reagrupamiento Nacional en Francia, algo se mueve.

El motivo es la irrupción de medio ambiente como tema electoral, sumada a una larga tradición ecologista en la derecha radical, y a la conciencia de que esta bandera sirve para defender bajo una apariencia menos agresiva las viejas causas del discurso nacionalista e identitario contrario a la inmigración.

“No es un fenómeno únicamente francés”, dice Bernhard Forchtner, profesor en la Universidad de Leicester y editor de volumen académico recién editado The far right and the environment. Politics, discourse and communication (La extrema derecha y el medio ambiente. Política, discurso y comunicación). “Existe una conexión entre el nacionalismo y la protección del medio ambiente. La idea de que hay una relación simbiótica entre la nación, el pueblo y la tierra se encuentra en muchos partidos en Europa”, explica. Según este argumento esgrimido por la extrema derecha, añade este experto, “si quieres proteger, la nación debes proteger la tierra, el medio ambiente”.

Hasta aquí, las coincidencias. El calentamiento global marca una divisoria. “Cuando se trata del cambio climático, aparecen las diferencias”, analiza Forchtner. “Algunos partidos son totalmente escépticos, como la Afd [Alternativa por Alemania], mientras que otros son un poco más ambiguos: aceptan el cambio climático pero critican las respuestas políticas”.

El calentamiento del planeta es motivo de discrepancias, no solo entre europeos sino también entre las corrientes más ecologistas del RN y referentes de la derecha radical europea como Donald Trump en EE UU o Jair Bolsonaro en Brasil.

La situación evoluciona rápido en la UE, pero en 2019, antes de las últimas elecciones europeas del pasado mayo, 7 de 21 partidos calificados como “populistas de extrema derecha”eran escépticos ante el cambio climático, once se mantenían en silencio o eran ambiguos, y dos respaldaban el consenso político y científico, según un estudio del laboratorio de ideas y consultora Adelphi, con sede en Berlín. Los autores del informe, Stella Schaller y Alexander Carius, constataban que estos partidos votaban predominantemente en contra de las políticas medioambientales en el Parlamento Europeo, a pesar de que algunos, como el RN en Francia o el FPÖ en Austria cultiven el llamado “patriotismo verde”.

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