Álvaro García Linera | Exvicepresidente de Bolivia

“No vamos a anular los juicios, nos vamos a defender”

El dirigente boliviano, compañero del presidente Evo Morales durante los 13 años de Gobierno del MAS, habla con el EL PAÍS desde su exilio en Buenos Aires

Álvaro García Linera, exvicepresidente de Bolivia, durante una entrevista concedida en Madrid a principios de marzo de 2020.
Álvaro García Linera, exvicepresidente de Bolivia, durante una entrevista concedida en Madrid a principios de marzo de 2020.

Álvaro García Linera (Cochabamba, 1962) fue vicepresidente de Bolivia hasta el 10 de noviembre de 2019, cuando acompañó a Evo Morales a su exilio forzado en México. Hoy reside en Argentina con estatus de refugiado. Vive como profesor universitario, pero no ha perdido lazos políticos con el expresidente, también exiliado en Buenos Aires, y sigue a diario el armado electoral con que el MAS buscará recuperar el poder en las elecciones del 18 de octubre. En esta entrevista con EL PAÍS, realizada por videoconferencia por las restricciones de la pandemia, dice que el principal desafío de su partido es recuperar el apoyo de las clases medias populares que emergieron durante su Gobierno.

Pregunta: ¿Cómo resumiría la situación política en Bolivia?

Respuesta: Hay que ubicar las elecciones en un esfuerzo colectivo por reencauzar la vida política en Bolivia a un año del golpe, de destrucción del Estado y de abandono estatal de la población ante la pandemia. El ámbito electoral no es el lugar donde se va a definir el regreso pleno a la democracia, pero es el primer paso. Por un lado, tienes el proyecto del MAS, con crecimiento, distribución e inclusión. Por el otro, tienes un modelo de rechazo a la igualdad, de escarmiento y de xenofobia. Y lo dicen ellos: “Nosotros somos anti MAS”. Esto es lo que pasa: la confrontación de un proyecto con un anteproyecto de rechazo y resistencia, muy violento y de revancha.

P. ¿No teme que ese rechazo perdure?

R. Siempre existe la posibilidad de que este revanchismo de las clases sociales medias y tradicionales perduren en el tiempo. Ese es el reto que tiene el MAS para fortalecer su agenda de transformación social. El año pasado tuvimos un golpe de Estado de fuerzas policiales y militares. Pero también hubo un sector social que ha salido a las marchas, una clase media que se ha visto desplazada en sus privilegios por la emergencia de una nueva clase media de origen popular.

P. ¿Toda esta nueva clase media popular a la que se refiere apoya al MAS?

P. Un pedazo de esta clase media emergente popular, durante la última década, logró acceder a distintos puestos de gestión del Estado, que fruto del crecimiento económico tenía recursos. Así se articuló con el crecimiento. Otra parte logró el ascenso social vía educación, negocios o comercio. Una parte defendió el proceso, se mantuvo con nosotros, pero hubo un sector que no se sintió reconocido por nuestro discurso, porque nuestro discurso seguía recogiendo la demanda muy de abajo, como hace 15 años. En esos años, una parte de los que estaban abajo subieron al centro, y para ellos no teníamos un discurso integrador.

P. ¿Lo dice como una autocrítica?

R. El proyecto del MAS ha sido para los más pobres, pero necesitamos ampliar las medidas de integración hacia esos sectores de clase media popular, la clase media que esté con riesgo de caer y la clase media profesional que en el año 2014 votó por nosotros y en 2019 no votó por nosotros. Debemos recoger sus expectativas y plantearles mecanismos para que ellos puedan mejorar sus condiciones de vida. En parte, esta nueva clase media de origen popular es fruto del proceso del MAS. Tenemos la responsabilidad histórica de su ascenso y ahora debemos evitar que descienda. Debemos además saber sus nuevas expectativas, porque sus expectativas como clase media son distinta.

P. ¿Los sorprendió la revuelta?

R. Ya había señales de malestar entre la clase media tradicional, que en vez de buscar políticas de fusión con las nuevas clases medias populares plantearon una política de exclusión y radicalizaron su discurso racista. Hablaban de indios que vienen a nuestros shopping, a nuestros barrios, a nuestros cines. En 2016, hubo una movilización de médicos, síntoma de que en un sector de la clase media se estaba gestando algo. Cuando todo estalla en 2019 era modulable, pero dejó de serlo cuando tienes que enfrentarte a aviones y tanques. Esa variable no la habíamos calculado con Evo.

P. Tampoco hubo grandes movilizaciones de apoyo a Morales…

R. La renuncia de Evo fue para evitar que salga la gente. Nosotros no podíamos pedir ‘vamos a enfrentarnos a los tanques’ y a ver qué pasa. La presión social la vimos y habíamos apostado a la neutralidad de la policía y los militares. Frente al cambio de fuerzas estaba la decisión de enfrentarlo, con el riesgo de muertes, o la renuncia. Después del golpe apostaron por destruir al MAS. Eso es, matar a Evo y si no se podía matar a Evo era provocar una diáspora. La situación de nuestra organización no es normal, hay una persecución estructural y sistemática, marcada por dirigentes detenidos, perseguidos, por juicios abiertos como si se repartiesen volantes. Y habrá más hasta el día viernes previo a la elección. Pese a todo ese proceso de amedrentamiento, la gente va a ir a votar.

P. ¿Por qué el candidato Carlos Mesa aclara que no hará una alianza con el MAS?

R. Es un esfuerzo desesperado del candidato por capturar el voto enojado, el voto duro de los sectores más conservadores. Y, por otro lado, es una confesión de la complicidad de Mesa con todo lo que ha sucedido. Mesa es uno de los que aplaudieron cuando [la presidenta Jeanine] Añez llegó con su Biblia al Palacio de Gobierno, cuando los policías quemaron wiphalas, cuando se persiguió dirigentes y se decía que eso era la democracia. Si has apoyado un golpe no puedes después de un año acordar con los que derrocaste.

P. ¿Duda, entonces, de que el Gobierno reconozca un eventual triunfo del MAS?

P. El golpe ya ha sufrido una derrota histórica, que es que el MAS lidera las encuestas. En todos los lugares donde se desplaza a un partido de gobierno, ese partido no se levanta. En nuestra historia hay experiencias de partidos que tardaron 10, 15 años en rearmarse. A eso apuntaron, y más allá del resultado electoral, que confiamos nos será favorable, ahora, ya, hay una derrota de ese proyecto histórico de querer pulverizar la idea de lo nacional y popular en Bolivia. Una victoria del MAS reafirmaría esa derrota, pero creo que ya se ha dado.

P. ¿Regresará Bolivia si su partido gana las elecciones?

R. Eso es secundario. Lo que quiero hacer es formación política. Necesitamos revitalizar los vínculos orgánicos de un pensamiento crítico, de una mística integrista de izquierda en las nuevas generaciones. Me veo, ganemos o no, participando en procesos de formación política e ideológica. En 14 años en el Gobierno he aprendido algunas cosas que quiero transmitir a las nuevas generaciones.

P. ¿Y a Evo Morales dónde lo ve?

R. Lo veo haciendo lo que sabe hacer muy bien, que es una articulación de lo popular. Es un hombre del mundo sindical y comunitario y necesitamos reconstruir los tejidos de lo popular, que están golpeados y debilitado.

P. Si llegan al gobierno, ¿qué pasará con las causas judiciales contra los dirigentes del MAS?

R. Están las acusaciones y hay que dar la cara ante ellas, estén bien hechas o estén mal hechas. No vamos a buscar que se anulen los juicios; nos vamos a defender, pero como corresponde.

P. El escenario regional no es el que acompañó al MAS de sus primeros años. ¿Lo considera ahora más hostil?

R. El escenario latinoamericano está complicado para todos. Para las clases progresistas, porque su presencia mayoritaria ha prácticamente desaparecido. Pero las fuerzas conservadoras la tienen muy complicado también. Estos gobiernos conservadores ¿qué horizonte de largo plazo ofrecen a su sociedad, con el FMI y el Banco Mundial recomendando impuestos a los más ricos para bajar la pobreza? ¿No era que el Estado era inservible? Las fuerzas conservadoras ya no son portadoras de un proyecto capaz de enamorar a largo plazo, con un sentido de la historia que deposite esperanzas. Se les acabó el relato, y lo que tenemos ahora son hegemonías que funcionan exacerbando el resentimiento y el autoritarismo. Las fuerzas progresistas, en cambio, saben lo que hay que hacer, porque ya lo han hecho en el pasado.

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