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Guerra ‘glocal’ en Libia

Como en Siria, parece que serán Rusia y Turquía quienes solventen el conflicto libio, que ha dado un giro tras la reciente llamada a un alto el fuego del presidente egipcio Al Sisi

Combatientes de la unidad Shelba, aliada con el Gobierno libio, apuntado a la línea enemiga durante el asedio de Trípoli, en septiembre de 2019.
Combatientes de la unidad Shelba, aliada con el Gobierno libio, apuntado a la línea enemiga durante el asedio de Trípoli, en septiembre de 2019.Ricardo García Vilanova

Si todas las guerras que se libran hoy en suelo árabe son más o menos glocales, la de Libia resulta especialmente ilustrativa. La glocalización consiste, grosso modo, en el arraigo en formas locales de dinámicas de la globalización que de lo contrario quedarían fuera de la posmodernidad. Lo que sucede en Libia no responde exactamente al paradigma de una guerra subsidiaria o proxy, global, sino que tiene importantes matices glocales. Los tres más significativos son: la espacialidad, la memoria y los recursos naturales. Si bien no operan por separado, distinguirlos sirve para aclarar un conflicto al que Europa mira de soslayo, a pesar de su importancia para el futuro del Mediterráneo.

Como en Siria, parece que serán Rusia y Turquía quienes solventen el conflicto, que ha dado un giro tras la reciente llamada a un alto el fuego del presidente egipcio Al Sisi. La propuesta, rápidamente respaldada por Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y, de soslayo, Rusia, tiene varias lecturas, todas entrecruzadas y ninguna que le dé credibilidad. Ni por asomo es verosímil que Al Sisi, contrarrevolucionario por excelencia, piense en una solución justa para Libia, que implicaría reconocer la legitimidad del Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN), o al menos, para empezar, apartar a su colega Jalifa Hafter del mando del llamado Ejército Nacional Libio (ENL), que lucha contra el Gobierno reconocido por la ONU.

En las últimas semanas, ante la implicación decidida de Turquía en apoyo del GAN, Hafter, que hace dos meses ya se veía entrando en Trípoli, ha tenido que replegar sus tropas. Con la argucia egipcia y retirándose hacia el este, donde se encuentran algunas de las principales explotaciones petrolíferas, los hafteríes bien pudieran pretender ganar tiempo para reorganizarse, a la vez que acusar al GAN ante la comunidad internacional de no avenirse “a la paz”, como se han apresurado a insinuar algunos medios franceses. Francia, con Hafter, Italia, con el GAN, y Grecia, contra cualquiera que esté con Turquía, bloquean una salida europea a la crisis.

Libia es un Estado joven, pero los libios se tienen por un pueblo muy viejo, heredero de varias culturas entre el mar y el desierto. Esta memoria colectiva opera de una manera muy singular, rechazando la intromisión estatal en la vida tribal, como ya sucedió con la paraislámica yamahiriya de Gadafi. Pero las milicias del ENL aglutinan a mercenarios con identidades e intereses tan contrarios que ha sido imposible el entendimiento con las grandes tribus locales.

Esta erosión de los apoyos tribales es el motivo principal del debilitamiento de las simpatías populares hacia Hafter, si es que alguna vez las tuvo. Chadianos y sudaneses curtidos en mil guerras sucias, yihadistas saudíes-madjalíes, sirios asadistas y, los últimos recién llegados, rusos ultranacionalistas, luchan tanto contra el GAN como, llegado el caso, rivalizan entre sí por el control de las refinerías o de un mísero check-point en el que cobrarse sobornos y rescates de una población exhausta, que paga con lo único que a veces le queda: por ejemplo, un generador eléctrico.

Luz Gómez es profesora de Estudios Árabes de la Universidad Autónoma de Madrid.

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