El día en que Colombia comenzó a acariciar la paz

El exministro Rafael Pardo relata en ‘9 marzo de 1990’ el proceso de desmovilización de la guerrilla del M-19, un hito que cambió la historia del país

El Palacio de Justicia de Colombia el 6 de noviembre del 85.
El Palacio de Justicia de Colombia el 6 de noviembre del 85.carlos gonzález / AP

La primera acción del M-19 fue el robo de la espada de Simón Bolívar, custodiada en la casa museo dedicada al libertador en el centro de Bogotá. Ocurrió el 17 de enero de 1974 y venía precedida de una campaña publicitaria en periódicos y revistas que asociaba esas siglas a un aparente lanzamiento de la industria farmacéutica. “Falta de energía... ¿Inactividad? Espere”. Una estrategia insólita para una naciente organización guerrillera. Pero el Movimiento 19 de abril, así llamado en referencia a las acusaciones de fraude en las elecciones colombianas de 1970, mostró pronto su esencia de grupo consagrado a la lucha armada. Se acaban de cumplir 30 años de su desmovilización. Un hito que Rafael Pardo, exministro y responsable de la gestión del posconflicto en el Gobierno de Juan Manuel Santos, ha reconstruido en el libro 9 de marzo de 1990 (Planeta). Ese fue el día en que Colombia comenzó a cambiar. El Estado selló la paz con el M-19 y sentó un precedente. Esto es, la negociación y la reinserción son posibles.

Pardo tenía entonces 36 años. Gobernaba el liberal Virgilio Barco, que lo nombró consejero para la paz, “uno de los pocos cargos”, escribe, “en los que no hay ni manual de funciones, ni textos aplicables”. Se trata, en efecto, de hablar con guerrilleros, aunque el propósito crucial consiste en "crear las condiciones políticas para favorecer las posibilidades de paz con la insurgencia”. Y así ocurrió. Todo se inició de forma casi casual a principios de 1988 durante una reunión social en el apartamento de la periodista Pilar Calderón. Se le acercó un joven llamado Carlos Alonso Lucio, uno de los dirigentes de la organización. “Dijo que pertenecía al M-19 y que tenía interés en intercambiar algunos temas conmigo”. Fue a verlo al día siguiente, hablaron de la consulta propuesta por el presidente para acometer reformas constitucionales, que era una de las reivindicaciones del grupo, y al cabo de unas semanas volvió. Sin embargo, lo hizo con malas noticias: la cúpula del movimiento "había decidido no buscar caminos hacia la paz, sino, por el contrario, profundizar la confrontación”.

Toda negociación está hecha de frustraciones, de pequeños avances y frenazos repentinos. Se roza un acuerdo y un día todo parece desmoronarse. El libro de Pardo repasa de forma detallada los acontecimientos que desembocaron en el acto de desmovilización, improvisado en una cancha de fútbol del municipio de Caloto (en el oeste del país), la firma de la paz y la conversión del M-19 en fuerza política. A diferencia de lo que ocurrió con las FARC, fue un proceso relativamente rápido: 14 meses de desarrollo formal. “El de las FARC se extendió por cuatro años, sin contar con la fase secreta que duró dos años más. El tiempo es un facto clave en los procesos de negociación”, señala el autor.

Aun así, antes y después del comienzo de las conversaciones se sucedieron las complicaciones. El secuestro de Álvaro Gómez, tres veces candidato presidencial. Las tensiones generadas por el paro nacional del otoño de 1988, liderado por la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, una plataforma que integraba a los principales grupos guerrilleros, incluidas las FARC. El narcoterrorismo del cártel de Medellín. Además, en el imaginario colectivo seguían grabadas las imágenes de la toma del Palacio de Justicia de Bogotá, perpetrada en 1985, un asalto que acabó en fuego cruzado con las Fuerzas Armadas y la Policía y dejó casi 100 muertos.

El relato de Pardo recompone las piezas del trasfondo político y social y abunda en los recuerdos personales, en las imágenes. Como la del esperado encuentro con Carlos Pizarro, comandante general del M-19, en un resguardo indígena. La primera conversación sentados en el suelo, el coñac, un ensayo de Gillette Saurat sobre Bolívar. En definitiva, el valor de la palabra. El autor, que también fue senador, director del Partido Liberal y el primer civil en ocupar el cargo de ministro de Defensa, ha sido protagonista de la primera línea de la política colombiana durante décadas. No solo lideró varias negociaciones, sino que luchó contra el narco e impulsó los planes de sustitución de cultivos de hoja de coca abandonados por el actual Gobierno. Por eso sus reflexiones son valiosas para entender también qué está pasando ahora en en el país, que atraviesa por una compleja implementación de los acuerdos con las FARC.

“En Colombia ha habido dos enfoques en los procesos de paz. Uno que fue muy claro en el Gobierno Betancur, y ha sido predominante, aunque no exclusivo, en el de Pastrana, y otro que caracterizó a la negociación en los Gobiernos de Barco, Gaviria y Santos”, escribe Pardo. “La Administración Betancur entendió el conflicto como un problema de incompatibilidades históricas [...]. Los Gobiernos Barco, Gaviria y Santos aplicaron una concepción bien distinta, que llamarían de enfoque realista”. Esa es una clave, porque en ese caso se trató de un diálogo con el poder sobre asuntos relacionados con el poder. Sin embargo, la historia del M-19 ya está escrita, mientras que la de la reinserción de los excombatientes de las FARC y el futuro del partido todavía está por escribir.

Pardo dedica el final del libro a unas entrevistas con protagonistas de aquel proceso de paz. Entre ellos, Antonio Navarro, exguerrillero con una dilatada carrera política. “Varios de los exintegrantes que han tenido éxito electoral en el M-19 son vigentes treinta años después. Son parte de la misma generación que los líderes de las FARC. La diferencia es que mientras unos llevan treinta años bregando a hacerse camino en la política, estos apenas llegan y con una edad avanzada”, reflexiona el autor desde las primeras páginas. Pero, sobre todo, en un país partido en dos sobre el último proceso de paz, la reconciliación es todavía una tarea pendiente.

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