La crisis del coronavirus

Un boxeador en Downing Street

Dominic Raab, quien aspiró a dirigir el Partido Conservador, llega a lo más alto como sustituto temporal del primer ministro en la peor crisis

El ministro británico de Exteriores, Dominic Raab, abandona este jueves Downing Street.
El ministro británico de Exteriores, Dominic Raab, abandona este jueves Downing Street.Aaron Chown/PA Wire/dpa / Europa Press

“Flota como una mariposa, pica como una abeja”. Dominic Raab (Buckinghamshire, 46 años) tiene en el despacho del Ministerio de Exteriores un póster de su adorado Muhammad Ali (nacido Cassius Clay), el legendario boxeador estadounidense, con el lema que definió su agilidad letal en el cuadrilátero. Probablemente nunca imaginó que la frase define más al virus que ha acabado marcando su destino que a sus propias habilidades políticas. Boris Johnson, que salió de la UCI este jueves por la tarde pero sigue en observación en un hospital londinense, ha escogido como sustituto temporal al ministro más dispuesto a obedecer órdenes, más defensor de la ortodoxia euroescéptica y menos proclive a brillar excesivamente, en ausencia del jefe.

Lo que le sobra de ambición le falta de sutileza, y han sido más sus salidas de tono que su notable trayectoria personal las que han forjado su imagen pública. Su definición en 2011 a la BBC de las mujeres feministas del Reino Unido como “uno de los grupos fanáticos más repulsivos” le granjeó una avalancha de críticas no solo entre la oposición laborista sino entre sus propios compañeros conservadores. Y cuando defendió, en la campaña electoral de 2017, que los ciudadanos que tenían que acudir a los bancos de alimentos no padecían pobreza sino “falta de liquidez”, cosechó sonados abucheos del público presente en el evento. Raab es el hijo de un gerente de alimentación de la conocida cadena Marks & Spencer que abadonó su Checoslovaquia natal para huir de los nazis en 1938. Especializado en Derecho Internacional por la Universidad de Cambridge, sus primeros años profesionales le llevaron a primera línea de escena de acontecimientos relevantes. Asesoró al Banco Mundial en sus proyectos de reconstrucción de Cisjordania, y formó parte del equipo jurídico de uno de los negociadores palestinos de la OLP en los Acuerdos de Oslo de 1993. Formó parte del equipo británico que rastreó desde La Haya a los criminales de guerra huidos de la ya extinta Yugoslavia, y llegó a defender como abogado al ex primer ministro Tony Blair frente a la querella que le presentó el entonces presidente de aquel país, Slobodan Milosevic.

Sus rivales, que se cuentan a puñados, le achacan una carencia absoluta de empatía e inteligencia emocional. Mientras Johnson presidió el prestigioso club universitario de debate Oxford Union, Raab se puso al frente del club de boxeo de la institución. Y nunca ha dejado de presumir de su grado de cinturón negro, tercer dan, de kárate. Su jefe, David Davis, exministro para el Brexit bajo el mandato de Theresa May, aseguraba que le impresionó mucho más ese hecho que las aptitudes políticas del joven abogado. En una época de furibundo euroescepticismo, Raab pudo medrar notablemente en la escena política. Participó en la campaña del Vote Leave, en el referéndum de 2016, y se convirtió de inmediato en uno de los políticos más protegidos por el Grupo de Investigaciones Europeas (ERG, en sus siglas en inglés) del ultraconservador Jacob Rees-Mogg. La entonces primera ministra decidió colocarle en el puesto de su anterior jefe, para dirigir las negociaciones con Bruselas de la salida del Reino Unido de la UE. No duró ni seis meses. En una maniobra preventiva camuflada de cuestión de principios, dimitió estrepitosamente a los seis meses en protesta por la deriva que estaba adoptando el contenido del Acuerdo de Retirada.

Reservaba sus bazas para la competición que se avecinaba. Fue uno de los primeros en anunciar su aspiración a sustituir a May como líder del Partido Conservador cuando se abrió el proceso de primarias. Duró poco. Enseguida pudo comprobarse que sus apoyos, más allá del ala dura del grupo parlamentario, eran escasos. Johnson decidió sin embargo contar con él cuando formó su nuevo Gobierno. Le nombró ministro de Exteriores y le otorgó el rango de first secretary of State (primer ministro de Estado), dotado así de una prevalencia y autoridad formal sobre el resto del Gabinete que se debía más al peso de su departamento que a su auctoritas personal. Y ha sido bajo esas circunstancias como Raab ha acabado ejerciendo como primer ministro interino durante la crisis más grave de su generación y con Johnson ingresado en una unidad de cuidados intensivos. Sabe que pisa un campo minado e incierto. En primer lugar, porque la indefinición legal de su posición temporal le ofrece poco margen de maniobra. En segundo, porque hay un grupo de ministros relevantes que se consideran más capacitados que él para asumir el mando y han recibido con sorpresa y escepticismo su nombramiento. Michael Gove, el actual jefe de Gabinete de Johnson (un puesto similar al del Ministerio de la Presidencia español) ha demostrado ya más eficacia e inteligencia política en su trayectoria. Matt Hancock, al frente de Sanidad, comparte el mismo grado de ambición que Raab, tiene más capacidad de empatizar con la ciudadanía y ocupa en estos momentos un puesto clave. Rishi Sunak, el responsable de Economía, ha ganado aceleradamente relevancia pública con sus precisas comparecencias y la resolución demostrada con sus medidas de urgencia. Y finalmente, porque la sombra de Johnson, de momento, sigue teniendo un efecto paralizador en el resto de su equipo.

Raab ha llegado al puesto que anhelaba en las peores condiciones posibles. Su primera intervención ante las cámaras fue nerviosa y balbuceante, y no ha dejado de repetir que el Gobierno, de modo colegiado, se limita a seguir las órdenes dictadas ya claramente por el primer ministro. Ni mariposa ni abeja. El titular de Exteriores ha decidido más bien esforzarse en que su paso por el poder máximo no sea el de elefante por cacharrería y sobreviva del mejor modo posible al vendaval que le ha tocado.

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