Malí dialoga con los yihadistas para frenar la violencia en el Sahel

El Gobierno abre canales con los grupos armados locales pero excluye al gran enemigo a batir, el cada vez más aguerrido Estado Islámico de Al Saharaui

Un militar francés de la operación Barkhane habla con un tendero en la localidad de Gossi, en el centro de Mali, en marzo de 2019.
Un militar francés de la operación Barkhane habla con un tendero en la localidad de Gossi, en el centro de Mali, en marzo de 2019.DAPHNE BENOIT / AFP

El Gobierno de Malí ha admitido, por primera vez, que está dialogando con los grupos yihadistas que operan en el centro y norte del país. Mientras la comunidad internacional se escandaliza ante la mera posibilidad de hablar con “terroristas”, esta solución cuenta con respaldo popular. Sin embargo, no se discute con todos: la idea es aislar al grupo que más crece y con más capacidad operativa, el Estado Islámico del Gran Sáhara (EIGS) liderado por Abu Walid Al Saharaui, nacido en El Aaiún cuando el Sáhara Occidental aún era territorio español.

El debate está servido. ¿Se puede tener contactos, dialogar o incluso negociar nada con aquellos a quienes Occidente considera terroristas? Según Ibrahim Boubacar Keita, presidente de Malí, sí. Así al menos lo admitió en la última cumbre de la Unión Africana celebrada en febrero en Etiopía. “Tenemos que crear todos los espacios posibles (…). No somos personas brutas u obtusas”, dijo asumiendo lo que ya era un secreto a voces, que existían cauces de comunicación con los grupos de dos yihadistas malienses: Amadou Koufa, líder de la Katiba Macina; e Iyad Ag Ghali, el rebelde tuareg reconvertido a la yihad que está al frente del Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM).

La seguridad se ha deteriorado a pasos agigantados en el Sahel, donde hubo casi 5.000 muertos por la violencia en el último año, pero desde el pasado verano la palabra diálogo está en boca de todos. Incluso la Unión Africana ha animado el proceso. Por la parte maliense hay dos personas clave; el expresidente de la transición, Dioncounda Traoré, y el primer ministro, Boubou Cissé. Ambos ya han enviado emisarios al centro y norte del país y los canales han sido creados.

Aunque los riesgos son patentes, el fracaso de la respuesta militar es tan clamoroso que el Gobierno ha decidido explorar esta opción. Experiencias como la de Níger, donde más de 300 combatientes de Boko Haram en la zona de Diffa están siendo reintegrados en la sociedad civil, animan a seguir adelante.

“Estos grupos armados tienen lógicas diferentes entre los distintos niveles jerárquicos. Las personas que ocupan los puestos de mando no tienen por qué perseguir los mismos objetivos que quienes se encuentran en la base”, asegura la experta Lori-Anne Théroux-Bénoni, directora regional del Instituto de Estudios de Seguridad (ISS). “Si contactas con quienes ocupan los puestos más bajos quizás puedas desmovilizarlos. Muchas veces se trata de gente que estaba en el lugar y el momento equivocados, o personas que necesitan protección o una actividad económica”, añade. Un estudio del ISS con entrevistas a más de 60 exmiembros de grupos yihadistas reveló que las dinámicas y conflictos locales y el ansia de protección de su familia o comunidad jugaban un peso relevante en el reclutamiento.

Mientras los intentos de acercamiento a Koufa y Ag Ghali o a sus combatientes son cada vez menos tabú, en la reunión de Pau del pasado 13 de enero entre los líderes del G5 del Sahel —Malí, Chad, Níger, Burkina Faso y Mauritania— y el presidente francés, Emmanuel Macron, se fijó el nuevo gran objetivo militar en la región: el EIGS de Al Saharaui.

Este grupo terrorista que se mueve con extrema facilidad en la zona fronteriza entre Níger y la región maliense de Menaka ha ido ganando fuerza tanto en número de efectivos como en capacidad operativa, lo que obedece a su extraordinario anclaje local, pero también a sus crecientes vínculos con los nigerianos del Estado Islámico de África Occidental y a la llegada de posibles refuerzos desde Libia y Siria.

Abu Walid Al Saharaui, cuyo nombre es Lehbib Ould Abdi Ould Said, nació en El Aaiún en los 70, donde creció antes de trasladarse a los campamentos de refugiados de Tinduf. Junto a otros saharauis y mauritanos, se unió en 2003 al Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC). Posteriormente se convirtió en uno de los fundadores del Movimiento para la Unicidad de la Yihad en África del Oeste (Muyao) que en 2013 ocupó la ciudad maliense de Gao. Dos años más tarde, tras casarse con una mujer de etnia peul tolebbé de Níger, creó su propio grupo, el EIGS. Su lugarteniente, Abdel Hakim, también es saharaui, mientras que en un tercer nivel de mando hay jefes nigerinos.

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