Refugiados

Cómo Turquía convierte en armas a los refugiados

Cientos de migrantes son transportados a largo de la frontera griega en lo que parece ser una técnica para dificultar el trabajo de la polícia helena

Una mujer siria y sus hijos esperan dentro de su tienda para recibir comida, este martes, en el paso fronterizo de Pazarkule, en Edirne.
Una mujer siria y sus hijos esperan dentro de su tienda para recibir comida, este martes, en el paso fronterizo de Pazarkule, en Edirne.BULENT KILIC / AFP

En las últimas dos décadas, la Unión Europea ha endurecido su política migratoria. Los países del sur han levantado alambradas y vallas para reforzar sus fronteras, se han dificultado las peticiones de asilo, se han suspendido derechos fundamentales. El Viejo Continente se ha convertido en lo que los activistas de derechos humanos definen como la Europa Fortaleza. Y, en consecuencia, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ha decidido trasladar la presión a la frontera europea como en las batallas antiguas: asediando la muralla por diversos puntos. La diferencia es que quienes se hallan al pie del muro no son soldados sino pobres desharrapados ―los refugiados y migrantes más humildes que quedan en Turquía ― y su munición son las esperanzas de quienes desean huir de la guerra en busca de una vida mejor.

“Erdogan nos dijo que la frontera estaba abierta. Vinimos a Edirne pero la policía [turca] nos paró. Nos dijo que no podíamos ir al paso fronterizo de Pazarkule, y nos dirigió hacia el río, donde hay botes para pasar al otro lado. Pero del otro lado los griegos te roban todo y te devuelven a Turquía”, explica Muhammed Hussein, un refugiado afgano. La frontera terrestre entre Turquía y Grecia se extiende a lo largo de 212 kilómetros, en la mayoría de los cuales es el río Evros el que hace de límite natural de ambos países.

En torno a la puerta de Pazarkule-Kastanies (en el norte de la frontera), en cambio, hay 10 kilómetros en que el límite territorial lo marca una valla construida en 2012 por Grecia. En esa zona es donde se han concentrado más de 5.000 personas y las autoridades griegas han decretado un cierre completo del paso fronterizo con vallas y bobinas de alambre de espino. En torno a este punto ha surgido un campamento improvisado. “Ahora estamos mejor, nos han traído váteres portátiles y hay reparto de comida. Y el helicóptero griego ya no sobrevuela tanto como en días anteriores”, explica un iraní a través de WhatsApp, pues las autoridades turcas han prohibido el acceso a la prensa extranjera desde el sábado por la noche.

Todos los intentos de pasar por este punto han sido repelidos con abundante uso de gases lacrimógenos lanzados por los agentes griegos, aunque algunos refugiados han logrado saltar la valla o abrir agujeros en ella utilizando tenazas que, según denuncia la policía helena, les suministraron las fuerzas de seguridad turcas, alegación que un refugiado ha confirmado a este diario.

También en el paso de Ipsala-Kipoi (al sur de la frontera) se concentraron cientos de migrantes pero, explica un empleado de la aduana, “se los han llevado más al sur, a la zona de Enez”, cercana a la desembocadura del Evros. Los migrantes son transportados de un lado a otro en autobuses y minibuses de compañías privadas ―a todas luces cuentan con el visto bueno de las autoridades turcas, pues los escoltan gendarmes o policías ― y los van distribuyendo a lo largo de la frontera, en lo que parece ser una técnica del Gobierno de Ankara para manejar el flujo migratorio aplicando presión en diversos puntos de la frontera griega para dificultar el trabajo de las fuerzas de seguridad.

“Turquía está utilizando a esta pobre gente para lograr sus objetivos”, denuncia una fuente gubernamental griega que pide el anonimato. El lunes, una familia siria caminaba desorientada en torno a la aldea de Elçili, en la orilla turca del Evros 30 kilómetros al sur de Edirne. “¿Dónde queda Pazarkule? ¿Cómo podemos llegar?”, preguntaba. Alguien los había dejado allí para que cruzasen el río pero obviamente no podían hacerlo: a duras penas arrastraban dos carritos de niño por los caminos de tierra. Lo mismo ocurría, un poco más adelante, con un grupo de 10 paquistaníes que empujaban la silla de ruedas de otro compañero con las piernas amputadas.

Todo aquel que cruza a través del río es devuelto por los griegos, después de ser despojado de todas sus pertenencias. Grecia ha fortificado su frontera con el envío de numerosos refuerzos militares y policiales ―aunque no ha hecho pública la cifra― y ha pedido auxilio a la agencia europea Frontex, que enviará 700 agentes así como barcos y vehículos de patrullaje en los próximos días. Además, en un alarde de fuerza, las Fuerzas Armadas de Grecia iniciaron esta semana maniobras militares con uso de fuego real en la zona del Evros y en las costas de Lesbos.

“La Policía y el Ejército griegos están haciendo un muy buen trabajo por el momento. Nadie ha pasado a territorio griego y los que lo han hecho, algunos cientos, han sido arrestados”, añade la fuente helena. El Ejecutivo de Atenas asegura haber evitado 25.000 intentos de entrada desde el fin de semana. Erdogan, en cambio, habla de que “más de 100.000 han cruzado” y de que “pronto lo hará más de un millón”. Declaraciones que sirven para espolear a los migrantes (continuamente reciben, en grupos de WhatsApp y Telegram, bulos como que Grecia abrirá las fronteras en los próximos días o que vendrán barcos de la UE a llevarlos a territorio seguro). Y también a modo de amenaza hacia la Unión Europea.

Otro indicio de que el flujo migratorio está siendo manejado es que, curiosamente, en la frontera turcobúlgara no se han registrado aglomeraciones pese a estar situada, como Pazarkule, a unos pocos kilómetros de Edirne. Al contrario que otros mandatarios de la UE, como el austríaco Sebastian Kurz ―que ha acusado a Turquía de “convertir a los refugiados en un arma”―, el primer ministro de Bulgaria, Boiko Borísov, estuvo este lunes en Ankara tratando de mediar en la crisis y se mostró contemporizador con Erdogan, exigiendo a Bruselas que “comparta la carga” de los refugiados. Erdogan aseguró que la UE ha ofrecido a Turquía mil millones de euros extra para atender a los refugiados ―aparte de los 6.000 millones comprometidos en 2016―, oferta que el mandatario turco rechazó porque exige de los países europeos que se involucren realmente en solucionar la crisis humana en Siria: “Europa no tiene opción. Tiene que aceptar a los refugiados”.

Pero el genio ya ha escapado de la lámpara y la multitud que se agolpa en la frontera turcogriega puede resultar difícil de controlar. Aunque algunos refugiados han desistido, muchos más lo han dejado todo atrás y continuarán probando suerte. Como el sirio Abdulrezak, que cruzó a Grecia el domingo a través del Evros, fue detenido y deportado de vuelta a Turquía tras robarle los policías griegos hasta los cordones de sus zapatillas: “Lo intentaré de nuevo. Si quieren que me maten, no temo a la muerte. Pero juro que lo seguiré intentando”.

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