Pervez Musharraf, el general que jugó a político

Hijo de desplazados por la partición de la India, llegó a la jefatura del Ejército gracias a Sharif, el primer ministro a quien depuso en un golpe de Estado

Pervez Musharraf, en 2013 en Dubái.
Pervez Musharraf, en 2013 en Dubái.ALI HAIDER (EFE)

El general Pervez Musharraf (Nueva Delhi, 1943) es el primer militar de Pakistán al que un tribunal pide condena a muerte por su desempeño al frente del país. Pero su llegada a la presidencia en un golpe de Estado incruento, fue tan extraordinaria como luego lo ha sido su procesamiento. El primer ministro Nawaz Sharif lo promovió en 1998 a general de cuatro estrellas y jefe del Estado Mayor sobre otros generales más veteranos con la esperanza de controlar el Ejército. Un año después, el mismo hombre al que había alzado lo echaba del poder.

Sharif había intentado cesarle tras una fallida operación militar en Cachemira que estuvo a punto de desatar una quinta guerra entre India y Pakistán. Pero el Ejército no estaba dispuesto a cargar con toda la culpa y Musharraf, hijo de desplazados por la partición de India en 1947, ganó la jugada a un primer ministro que estaba en horas bajas. El golpe de Estado fue recibido con alivio por buena parte de los paquistaníes hartos de la corrupción de sus gobernantes civiles. No obstante, y a pesar del inicial despegue económico del país, los efectos de la guerra de Afganistán y su reticencia a los partidos políticos, terminaron convirtiéndole en una figura muy controvertida.

Grupos cercanos a Al Qaeda intentaron asesinarle al menos en tres ocasiones cuando estaba al frente del país. Los militantes islamistas nunca le perdonaron que apoyara a Estados Unidos en su guerra contra el terrorismo tras los atentados del 11-S y sus posteriores redadas contra ellos, en especial el asalto a la Mezquita Roja de Islamabad en el verano de 2007. Mientras, Washington y los liberales paquistaníes le acusaron de hacer la vista gorda hacia los “grupos terroristas útiles”, aquellos que luchaban en Cachemira contra India, el enemigo histórico.

Quiso agarrarse al poder imponiendo el estado de emergencia (lo que los jueces han considerado veinte años después como una violación de la Constitución). Finalmente, se vio obligado a dimitir en 2008, cuando sus aliados perdieron las elecciones y el nuevo Gobierno amenazó con someterle a una moción de censura. Un año después decidió autoexiliarse ante las acusaciones presentadas contra él por no haber facilitado la suficiente protección a la ex primera ministra Benazir Bhutto antes de su asesinato en 2007 y por la muerte de un líder separatista de Baluchistán. A caballo entre Londres y Dubái, ciudades ambas en las que dispone de residencia, siguió manteniendo la vista en Pakistán.

Su intento de regresar a la vida política en 2013, terminó con su arresto tras una rocambolesca huida del tribunal que había dictado su detención. Era la primera vez que los jueces llamaban a capítulo a un hombre que había ejercido la máxima representación militar, en un país donde ese estamento ha sido tradicionalmente intocable. El temor a que sus antiguos camaradas de armas tomaran cartas en el asunto no se concretó y por primera vez en la historia del país hubo un relevo de un Gobierno civil por otro también salido de las urnas; Sharif volvió a salir elegido. Sin embargo, la esperada imagen del general de cuatro estrellas ante el juez tampoco fue posible. En 2016, Musharraf consiguió un permiso para recibir tratamiento médico en el exterior y hasta ahora.

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Sobre la firma

Ángeles Espinosa

Corresponsal para los países ribereños del golfo Pérsico, ahora desde Dubái y antes desde Teherán. Especializada en el mundo árabe e islámico. Ha escrito El tiempo de las mujeres, El Reino del Desierto y Días de Guerra. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense (Madrid) y Máster en Relaciones Internacionales por SAIS (Washington DC).

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