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ANÁLISIS i

Regreso a la Casa Europa

Quien se aleja de la UE abandona su sombra protectora, que la dispensa y en abundancia

El presidente Sergio Mattarella y el primer ministro Giuseppe Conte, el pasado 5 de septiembre en el palacio del Quirinal.
El presidente Sergio Mattarella y el primer ministro Giuseppe Conte, el pasado 5 de septiembre en el palacio del Quirinal. REUTERS

El Conte-2. La coalición de grillinos (Cinco Estrellas) y Partido Democrático (PD, transcomunista y transdemocristiano) ha alumbrado un Gobierno decididamente europeísta.

Elimina a quien asesinó el Conte-1, el aspirante a duce Matteo Salvini, ahora reputado de “bárbaro”. Pues no solo era euroescéptico en ideas, sino que actuaba como ariete eurohostil, incumplidor de la ley europea (convenio de Dublín sobre refugiados) e internacional (deber de salvar y acoger náufragos), socio de Vladímir Putin y de los círculos más sediciosos de la ultraderecha trumpista.

Por el contrario, los nuevos titulares de las dos carteras más conflictivas y susceptibles de crear fricciones con Bruselas, Hacienda (Roberto Gualtieri) e Inmigración (Luciana Lamorgese) acarrean acreditadas carreras proeuropeas.

Él, como expresidente de la comisión económica y monetaria del Parlamento Europeo y eficaz negociador de la crisis bancaria transalpina; ella, como alta funcionaria de su departamento y escrupulosa cumplidora de la ley: ¡un lujo en los tiempos que corren!

El Movimiento 5 Estrellas se ha reclamado de un “Gobierno responsable”. El líder del PD, Nicola Zingaretti ha jurado que su país será “nuevo protagonista en Europa”: ya lo era, pero en este caso lo será para bien.

Así que el nuevo equipo ha recibido toda suerte de parabienes. ¿Cómo pretende actuar? En lo económico, su programa defiende políticas económicas “inclusivas” (o sea, progresistas) aunque apostando por la “estabilidad financiera” (un alivio: sin desmanes). Mediante una estrategia fiscal expansiva “que no erosione el equilibrio de las finanzas públicas” pero sortee la “rigidez excesiva” del Pacto de Estabilidad. O sea, nuevo salario mínimo, rebaja impositiva a las rentas salariales, contrato energético verde: la confluencia de las sensibilidades socialdemócrata y verde.

En lo migratorio, Lamorgese honrará la normativa, como ha propugnado siempre, buscando la encrucijada entre firmeza y generosidad: “Si todo el mundo cumple su parte, tendremos una acogida equilibrada y sostenible”, define.

¿Por qué Italia vuelve así, ojalá que definitivamente, a la Casa Europa que contribuyó a fundar en 1957? Porque en este continente unido (con dificultades) con políticas y normas (comunes) y espacio político/mediático (bastante compartido) resulta muy difícil (y poco explicable) hacer política sin anclaje político/ideológico europeo: quien se aleja de la UE abandona su sombra protectora, que la dispensa y en abundancia, no solo es la madrastra de los años superausteros.

Así, la operación Ursula, ágilmente narrada aquí por Daniel Verdú, concitó la complicidad de todos los partidarios del pacto de los nuevos cargos comunitarios: el presidente de la República, el del Gobierno, los grillinos en evolución hacia el universo verde; el socialdemocrático PD…

Pero maniobras así solo podrían fructificar sobre un humus social europeísta. La sociedad italiana guarda un fuerte poso de cuando era orgullosa campeona del federalismo continental. Y aunque está irritada y se siente en parte abandonada por sus socios, milita a favor del euro, que cosecha un apoyo en las encuestas de ¡dos tercios!

Hay algo más profundo. Italia se ha hecho mayor con Europa y desde Europa: en la Casa Europa. De sus 158 años como Estado independiente y unido (1861), 62, más de un tercio, los ha vivido como parte del proyecto común.

Y han sido años tan o más decisivos para su identidad nacional que los anteriores: los del teléfono móvil e Internet; los de las multinacionales y los satélites; los del Estado del bienestar y el coche eléctrico; los del lavavajillas, las grandes superficies comerciales y los nuevos formatos del cine (series), de la música, de la cultura. En una realidad como esa, la ruptura es desgarro.

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