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Vivir en la diana de los grupos homófobos en Rusia

Tras el asesinato de una conocida activista LGTBI, otros señalados denuncian el desamparo y los constantes ataques

El activista LGTBI Vitaly Bespálov, en 2018 en San Petersburgo.
El activista LGTBI Vitaly Bespálov, en 2018 en San Petersburgo. Reuters

A Vitaly Bespálov le han agredido más de una vez. Rubio, de cabello frondoso y brazos tatuados, este joven ruso de 28 años cuenta que cuando vivía en Siberia occidental, donde creció, sufrió varios ataques por ser gay. Tras un tiempo, decidió mudarse a San Petersburgo, conocida por ser una de las ciudades más abiertas de Rusia. “Me siento mucho más seguro, aunque a veces puedo escuchar a mi espalda como me llaman maricón”, comenta. Conocido activista por los derechos LGTBI, también se enfrenta a insultos y amenazas diarios en las redes sociales. Se ha convertido en algo lamentablemente rutinario.

El día que supo que su nombre estaba en una macabra lista difundida en Internet por un grupo homófobo secreto denominado Sierra —en la que se le nombraba junto a otros objetivos LGTBI a los que dar un “escarmiento” dio un respingo. Llamó a su amiga Yelena Grigórieva, que también estaba entre los señalados; juntos trataron de quitarle hierro al asunto. Y de seguir viviendo. “Recuerdo que Lena y yo nos reímos y que ella, después, me escribió: 'Estoy orgullosa de estar en la lista junto a gente tan genial”. Unos días más tarde, el 21 de julio, Grigórieva, bisexual, feminista y muy conocida por su activismo, fue hallada muerta en plena calle de San Petersburgo, oculta tras unos matorrales. Había sido apuñalada ocho veces.

La policía ha detenido a un sospechoso por el asesinato de Grigórieva. La mujer, de 41 años, era muy activa también en causas como la liberación de los marinos ucranios detenidos en Rusia o la defensa de que la anexión rusa de Crimea es ilegal. Oficialmente todavía no han presentado cargos contra el arrestado, un hombre de 39 años. Aunque los medios locales, citando fuentes de la investigación, señalan que no se está tratando como un delito de odio sino como una “disputa personal”. Todo pese a que la víctima había denunciado en varias ocasiones las amenazas que recibía, según explica su amigo Alexánder Mirónov.

No se recopilan estadísticas de delitos de odio en Rusia. Aunque organizaciones como la Red rusa LGTBI, tratan de monitorizarlos. En 2017, contabilizaron 107 casos de agresiones físicas a personas gais, lesbianas, bisexuales o transexuales. Aunque la abogada y activista Tatiana Glushkova cree que son solo la punta del iceberg. Además, explica, apenas se denuncian, fuera de grandes ciudades como San Petersburgo o Moscú los reportes oficiales son casi inexistentes. Quienes sufren los ataques tienen miedo. Y si se judicializan, los casos apenas salen adelante, recalca. “El móvil LGTB-fóbico no se toma casi nunca en cuenta; incluso si el propio criminal lo reconoce”, lamenta Glushkova, de la asociación especializada Stimul.

Recuerda angustiada el brutal asesinato de Vlad Tornovoi, en Volgogrado en 2013. El joven, de 23 años, fue golpeado con una piedra en la cabeza y violado con botellas de cerveza por dos excompañeros de instituto. La investigación descubrió que ambos estaban tras otras agresiones homófobas. Fueron condenados a 20 años de privación de libertad. Sin embargo, se declaró que el asesinato había sido la consecuencia de un robo con violencia, pese a que a Tornovoi no le faltaba ni un rublo en el bolsillo, ni su teléfono móvil.

El activista Yevgueni Písemski o la fundadora del proyecto 404, de apoyo a niños y adolescentes LGTBI Yelena Klimova, también fueron señalados en funesta la lista, inspirada en la película de terror Saw (Sierra), que ha terminado por dar nombre entre los colectivos LGTBI también al grupo que se esconde detrás de la web cargada de brutales amenazas, que el regulador ruso de telecomunicaciones cerró unos días antes del asesinato de Grigórieva. “Hemos preparado regalos crueles a los representantes LGTB+ y sus simpatizantes”, decía, como revela una recuperación de los archivos digitales. En otro post mostraba un montaje con varias de las personas señaladas ahorcadas.

La activista Yelena Grigórieva, en una manifestación en San Petersburgo. pulsa en la foto
La activista Yelena Grigórieva, en una manifestación en San Petersburgo.

El “juego”, de hecho, empezó mucho antes. Hace más cinco años, en Siberia occidental y desde allí se fue extendiendo, según cuenta la propia web de Sierra, que desarrolló lo que denomina “vigilancia gay”. El grupo, que en febrero decía tener 300 usuarios activos, prometía online cuantiosas “recompensas” por cada persona LGTB “cazada”. Había algunos nombres conocidos en abierto. Aunque para acceder a la supuesta base de datos de los objetivos, con información personal, los “jugadores” debían pagar menos de tres euros. Para borrar un nombre de la lista, los afectados debían pagar mínimo 25 euros. De cuando en cuando, publicaba alguna foto de las supuestas “heridas” causadas a los objetivos. Hace unas semanas se publicó la lista en la que se nombraba a la activista asesinada.

Bespálov no cree que alguien de Sierra haya matado a Grigórieva. Aunque sí que su muerte se debe a un ataque homófobo. “Sus métodos son intimidar e insultar, saben que no serán castigados por ello, pero también me doy cuenta de que esa lista y otras pueden inspirar a personas”, recalca.

En Rusia, mantener una relación con una alguien del mismo sexo no es delito. Sin embargo, denuncia el activista, la homofobia es una constante. Y en algunas zonas del país, de 144 millones de habitantes, la situación es dramática. Como en Chechenia, donde las organizaciones de derechos humanos han documentado casos de torturas, detenciones ilegales y asesinatos extrajudiciales por parte de las autoridades. Chechenia y su líder, Ramzan Kadírov, aliado del presidente ruso Vladímir Putin, se han convertido en un modelo para los grupos homófobos de Rusia, como muestran los archivos digitales de Sierra.

Además, lamenta Glushkova, desde 2013 parece que el Estado ampare y promueva la hostilidad abierta hacia las personas LGTBI gracias a la conocida como ‘ley de propaganda gay’, que prohíbe y castiga la difusión a menores de 18 años de cualquier material que visibilice relaciones “no tradicionales”. Desde películas a libros o incluso campañas publicitarias. Una norma que según el Tribunal de Estrasburgo vulnera los derechos humanos, “refuerza el estigma y los prejuicios y alenta la homofobia”. Solo el 47% de la ciudadanía rusa cree que las lesbianas y los gais deban tener los mismos derechos que las personas heterosexuales, según una encuesta reciente del centro independiente Levada. Y esa es la cifra más alta desde 2005.

La lista de Sierra es un caso más, dice Tatiana Glushkova, que alerta contra otra forma de “cacería” de personas LGTB. Sobre todo hombres. Son las que llama “citas-trampa”. El patrón siempre es el mismo: el agresor crea un perfil falso en alguna aplicación online de citas gais, queda con la víctima y le invita a su casa u otro lugar, donde en realidad esperan más personas que le agreden; a veces también le chantajean con hacer pública su homosexualidad.

“Incluso si no hay nada detrás de ese grupo y esa lista brutal, la política estatal y nuestro miedo hacen que la metafórica Sierra sea bastante real”, dice abrumado dice Písemki. Casado en el extranjero con su esposo desde hace una década y fundador de la web especializada LGTBI Parniplus, ha sufrido muchas amenazas. Hace unos años, cuando demandó al regulador ruso de Internet por bloquear su web, la situación se puso tan seria que decidió marcharse del país.

Ahora que ha vuelto, han instalado un sistema de vídeo vigilancia en su casa y trata de tener cuidado. “Mi subconsciente controla continuamente cómo comportarme en la calle, si hago un gesto de cariño a mi esposo… Luego lo pienso y es lamentable, pero el miedo hace que parezca normal. Siempre piensas en la seguridad. Se convierte en la norma”, dice. “No me siento seguro en Rusia”, zanja.

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