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España, del eje francoalemán a la tierra de nadie

España trata de recuperar el protagonismo europeo tras años de apatía

Pedro Sánchez y Angela Merkel, en conferencia de prensa en Berlín el pasado mes de junio.
Pedro Sánchez y Angela Merkel, en conferencia de prensa en Berlín el pasado mes de junio. Getty Images

España derrocha europeísmo, pero encuentra dificultades para traducirlo en políticas comunitarias. Con las elecciones de este domingo, el país busca recuperar el protagonismo que se labró en los primeros años de pertenencia a la Unión Europea y que se ha esfumado en los últimos tiempos. En las más de tres décadas de integración, España pasó por una fase inicial de aliada casi incondicional de Berlín y París hasta quedarse aislada, en terreno de nadie, como consecuencia de la crisis financiera y de la falta de sincronía con el eje francoalemán. Ahora las autoridades promueven una suerte de alianzas móviles para ganar influencia en Bruselas: con Francia para la reforma del euro, con Alemania para cuestiones relativas al Estado de derecho, y con Holanda para los desafíos del cambio climático.

Fuentes comunitarias reconocen que, como cuarta economía del euro y único país grande con una opinión abrumadoramente a favor de Europa, España puede reivindicar parte de un liderazgo que se ha fragmentado y que ya no depende solo de Alemania y Francia. Pero las fuentes diplomáticas consultadas advierten también de un riesgo: quedarse fuera de las alianzas políticas y geográficas que se están configurando en la UE y acabar no siendo imprescindible para ninguna de ellas.

La experiencia de los últimos años muestra que a España le ha ido mejor en la UE cuando ha hecho sonar su voz con claridad y no se ha limitado a ejercer de cómplice de las iniciativas francoalemanas. Un protagonismo que había decaído en los últimos años, pero que algunos analistas vuelven a atisbar en las posiciones españolas mostradas en las últimas cumbres europeas. “España tenía una capacidad imaginativa extraordinaria, basada en dos ejes: el mediterráneo y el latinoamericano. Su papel resultaba fundamental. Más tarde, los problemas domésticos, especialmente la crisis económica, enfriaron ese protagonismo”, analiza José Enrique Ruiz-Domènec, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona. Este experto en Europa defiende que España “pueda equilibrar el mecanismo del eje francoalemán, como un factor de mediación entre esas dos potencias”.

Estas son las grandes áreas de influencia —y de perfil bajo, según la fase— en las que se han implicado históricamente las autoridades españolas:

Economía. “España no apoya la propuesta, pero podemos ponernos de acuerdo”. La frase se atribuye a Pedro Solbes durante su primera etapa como ministro de Economía y Hacienda (1993-1996) y resume la posición que la mayoría de los gobiernos españoles mantenían en las negociaciones con sus socios comunitarios en el seno de los Consejos de Ministros de la UE. Una posición constructiva, pero exigente, que partía de sumarse, casi sin titubeos, a las iniciativas para avanzar en la integración europea siempre y cuando se preservasen los intereses nacionales considerados vitales.

Esa estrategia permitió a España secundar —y a veces hasta liderar— los proyectos clave. Fue socia fundadora de la unión monetaria (el término euro se pactó durante una cumbre en Madrid bajo presidencia española) e impulsó la actual política de cohesión, que ha permitido transformar las infraestructuras no solo españolas, sino de todos los países de la Europa meridional, central y oriental.

Pero la confianza mutua se quebró en 2010, cuando estalló la crisis del euro y España se encontró al borde de la quiebra. A partir de ese momento y hasta 2014, sobre todo, la influencia española se diluyó en un área en la que había tenido una voz importante.

“Los dos Gobiernos de Mariano Rajoy mantuvieron un perfil bajo, en particular y de manera sorprendente, en la reforma de la zona euro”, lamenta Camino Mortera-Martínez, investigadora del Centre for European Reform. Esos Ejecutivos “estaban interesados en ser el buen alumno de la austeridad para evitar el rescate", señala Mortera-Martínez. A pesar del repliegue, la aportación española fue importante incluso durante esa travesía del desierto, según Karel Lanoo, consejero ejecutivo del think tank CEPS. “España se ha recuperado, a diferencia de Italia, y ha demostrado que puede acometer reformas muy importantes, a diferencia de Francia. Esa es una gran aportación al conjunto de la zona euro”, asegura Lanoo.

Integración. Los rasgos políticos de la integración europea, sean los de la libertad, el Estado de derecho o la democracia, siempre pesaron más en los deseos de España para incorporase al club comunitario que los llamados fondos estructurales, que hasta 1988 eran muy inferiores a los actuales (el 16% del presupuesto comunitario, frente al 33% actual). Una de las aportaciones españolas más destacadas en ese terreno fue la propuesta de introducir el concepto de “ciudadano europeo” en los tratados, objetivo que se consiguió finalmente en 1992. Esa fue la base para desarrollar posteriormente la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE, que se ha convertido en un pilar de las libertades y los derechos dentro del club.

Justicia. La huella española también es evidente en muchas iniciativas de este ámbito. España fue uno de los siete países que estrenaron en 1995 la supresión de los controles en las fronteras internas prevista en el acuerdo de Schengen. Cuatro años después, en la cumbre de Tampere (Finlandia), se ponía en marcha la creación de un espacio judicial europeo del que nacería la llamada euroorden de detención y entrega, que simplificó muchos procesos de extradición. Esa iniciativa, impulsada por Londres, salió adelante en gran parte gracias al Ejecutivo de José María Aznar, empeñado entonces en acabar con la presencia de terroristas de ETA en algunos países europeos (Francia en particular).

Migración. Esta política, en la que España ha desempeñado un papel desigual, se ha convertido en medular para la UE. La experiencia española en el freno a los cayucos que llegaban a las costas en 2006 la convirtió en modelo de gestión de flujos en Bruselas. Pero a la hora de aplicar recetas similares de cooperación con terceros Estados, a raíz de la crisis desencadenada en 2015, la paternidad de los proyectos la asumió Italia. “Se esperaba que España desempeñara un papel mayor porque tenía experiencia en el control de las fronteras marítimas”, argumenta María Pallares, de Friedrich-Ebert-Stiftung, fundación alemana de tinte socialdemócrata.

España ensayó en este terreno, y bajo el mandato de Rajoy, una alianza contranatura. Para sorpresa de las instituciones comunitarias —y pese a que la opinión pública española no lo respaldaba—, el Gobierno se alineó con el bloque del Este al contestar el reparto de refugiados que proponía la Comisión Europea. Más tarde se corrigió ese impulso inicial y se propició un acercamiento a Italia, el país que debería haber sido su aliado natural en este terreno porque ambos comparten retos similares como frontera sur de la UE. El movimiento no prosperó; la irrupción del populismo de Matteo Salvini en el ámbito migratorio de Roma cortó casi todos los puentes.

Medio ambiente. España trata de recuperar el terreno perdido en ese ámbito, que el Gobierno en funciones de Pedro Sánchez exhibe como bandera. España ha impulsado en Bruselas la llamada agenda 2030, los objetivos de desarrollo sostenible de la ONU y que aúnan la transición ecológica, el feminismo y la educación, entre otros. Para afianzar estos objetivos, el país se aparta de sus alianzas clásicas y opta por otras ad hoc. Frente al modelo de alineamiento con el eje francoalemán, España se acerca a Holanda y a Suecia para acelerar las medidas contra el calentamiento global.

Una reciente carta rubricada por España y otros siete países insta a fijar 2050 como el plazo máximo para lograr que se emita la misma cantidad de gases de efecto invernadero que se pueden absorber, lo que se conoce como neutralidad climática.

Exteriores. No ha sido el área de mayor influencia española, pese a su posición privilegiada de cercanía con África y lazos con América Latina. Dos de los principales hitos atribuibles a España han sido, además, revertidos posteriormente porque acabaron perjudicando a Europa. El más sonado fue la guerra de Irak, en el que Aznar se puso del lado atlantista (con Estados Unidos, Reino Unido y Portugal, en la famosa foto de las Azores) al defender la intervención militar. El otro hito, la posición común que aisló a Cuba y le impidió el contacto institucional con la UE durante 20 años, también estuvo inspirado por Aznar.

Más recientemente, la crisis de Venezuela ha dado a España otra oportunidad de liderar la política hacia Latinoamérica, con resultados poco concluyentes: el grupo de contacto que promovió el ministro Josep Borrell es recibido por ambas partes —régimen y presidencia interina—, pero sin avances significativos en el desbloqueo de la crisis.

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