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COLUMNA i

¿Por qué Bolsonaro ha querido resucitar el milagro de su atentado?

El presidente brasileño desempolva la idea de que la mano de Dios estuvo presente en su elección

Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil, el 3 de mayo.
Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil, el 3 de mayo. REUTERS

En política nada es inocente. No ha debido serlo el hecho que el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, en uno de los momentos más conturbados de su reciente mandato, con índices mínimos de popularidad y en el que se habla abiertamente hasta de un posible impeachment, haya querido resucitar la leyenda del atentado que lo colocó al borde de la muerte. 

Y quiso hacerlo de forma espectacular en la red televisiva SBT el jueves, donde se levantó la camisa para enseñar la cicatriz de las operaciones quirúrgicas sufridas a raíz del cuchillazo que recibió durante un acto de la campaña electoral en Juiz de Fora, en Minas Gerais. El presidente justificó el gesto de mostrar la herida porque dijo, “aún hay quien dice que fue una fake”. 

El agresor, un peón de la construcción, Adelio Obispo, confesó a la policía que había acuchillado al entonces candidato “por inconformismo político”. A más de seis meses del atentado, ni siquiera ahora con la policía bajo el mando de Bolsonaro se ha llegado a una conclusión sobre la personalidad del agresor o sobre los motivos del atentado. 

Desde el primer momento pulularon en las redes las hipótesis más desbaratadas, desde que no hubo cuchillada, pues no existía una sola foto del momento del atentado que muestre la sangre del cuchillazo hasta un fantasioso complot de los médicos de los hospitales que lo atendieron y más tarde lo operaron, para fingir que hubo un atentado. 

Sobre lo que no ha habido nunca duda es que Bolsonaro y los suyos vieron el atentado y el haberse salvado de él como una intervención directa de Dios para que pudiera ganar las elecciones. Lo que sí es cierto es que, con Dios o no, el atentado ayudó no poco al entonces candidato asegurarse los 57 millones de votos, sea por el victimismo y la milagrosidad que se creó a su alrededor, como por haberlo librado de participar en los debates, algo para lo que parecía poco preparado. 

El hecho es que ahora, a pocos meses de un Gobierno que hace aguas por todas partes y en el que nadie sabe quién es de verdad quien manda, ha sido el propio Bolsonaro quien quiso traer a la memoria la historia “milagrosa” de su misterioso atentado. Está creando una serie de comentarios y conjeturas que vuelven a desempolvar la idea de que la mano de Dios estuvo presente en su elección. 

Además del gesto televisivo de mostrar la cicatriz de las operaciones, el presidente ha querido, el mismo día, asistir al famoso encuentro anual de los evangélicos en Gideoes, en Camboriú, en Sata Catarina. Ante más de 5.000 fieles volvió a recordar que fue salvado “por un milagro de Dios”. Y añadió: “conseguimos un objetivo que considero una misión de Dios, que a vuestro lado, personas de bien, temerosas de Dios, cumpliremos esa misión”. 

Justamente estos días, se ha resucitado también un episodio emblemático ocurrido en la edición anterior de dicho encuentro evangélico. Bolsonaro, quien no era aún ni candidato a las presidenciales, pidió a los fieles que “eligieran a alguien parecido a ellos”. Les recordó entonces que él era “de origen católico, pero que se ha casado con una evangélica”. En aquel momento, uno de los pastores hizo una oración con todos los presentes “con problemas de estómago”, mientras su esposa Michelle colocaba las manos sobre el abdomen del entonces diputado federal. 

Hoy los evangélicos siguen defendiendo que Bolsonaro se salvó del atentado porque había tenido “el estómago blindado” en el acto de Gideoes. Y Bolsonaro, considerado fruto de un milagro de Dios, necesita hoy más que nunca del apoyo del 80% de los evangélicos que le aseguró la victoria. 

¿Será capaz, a este punto del desprestigiado Gobierno Bolsonaro, fuera y dentro de Brasil, reavivar su popularidad haciendo revivir, de repente, la leyenda de su milagro?

Desde los inicios de la Historia, desde los hechiceros a los políticos carismáticos, ha sido siempre una constante el revestirse de Dios y sus milagros en los momentos críticos del declive político. Ahora mismo, el dictador venezolano Nicolás Maduro, que está contra las cuerdas, ha querido recordar que él “es católico y cristiano, que practica su fe cada día y que Jesucristo está a su lado”. En sus momentos de gloria, como en la victoria de las últimas elecciones, había llegado a decir que “ni Jesucristo las hubiera ganado”. 

Los peligrosos gobernantes populistas saben manejar, como pocos, a los dioses con los que sueñan con identificarse y hasta emular. Bolsonaro no se quiso colocar por encima de la divinidad y acuñó como lema aquello de “Dios por encima de todos”. Y por tanto, todos bajo el manto de Dios. Sus ministros y gurús espirituales pretenden resucitar el Dios de la Edad Media. No un Dios de esperanza y salvación sino de cruzadas y hogueras para quienes pretenden resistírsele.

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