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Una líder para un país que perdió la inocencia

La reacción a los atentados de la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, agranda su ya elevada popularidad

La primera ministra de Zueva Zelanda, Jacinda Ardern, junto a representantes de la comunidad musulmana el 16 de marzo de 2019. En vídeo, sus primeras declaraciones tras el atentado del viernes.

Cuando se convirtió en primera ministra de Nueva Zelanda en octubre de 2017, Jacinda Ardern prometió que sería a la vez una líder fuerte y empática. Los atentados de Christchurch el pasado viernes, en los que murieron 50 personas, han permitido a la jefa de Gobierno más joven del mundo (38 años) afianzar esta imagen pública dentro y fuera del país.

La fotografía en la que aparece con los ojos llorosos y ataviada con un hiyab (pañuelo islámico) abrazando a las familias afectadas por la masacre se ha convertido en el mejor símbolo de su apuesta por la empatía. La firmeza la ha demostrado en las ruedas de prensa. Al principio, al subrayar con la voz entrecortada que el país acababa de sufrir el mayor atentado de su historia por representar “la diversidad, la bondad y la compasión” y por ser “hogar para aquellos que comparten” esos valores y “refugio para quienes los necesitan”. Luego al prometer un endurecimiento de las leyes de posesión de armas que permitieron al supremacista australiano Brenton Tarrant comprar un arsenal.

Nueva Zelanda no sólo llora la muerte de 50 personas. También está de luto por la pérdida de su inocencia, por la constatación de que el aislamiento físico no significa que las islas estén a salvo de atentados terroristas o el ascenso de la ultraderecha. Es en este sentimiento de vulnerabilidad en el que ha crecido el respeto hacia una primera ministra capaz de responder a Donald Trump la frase “simpatía y amor por todas las comunidades musulmanas” cuando este le preguntó qué ayuda podía ofrecer EE UU.

Su manejo de la situación está reforzando la jacindamanía. Es como los medios de comunicación de Nueva Zelanda se refieren a la popularidad creciente de esta hija de policía y empleada de comedor escolar criada en la fe mormona, que abandonó en 2005 por entrar en conflicto con sus puntos de vista políticos.

La prensa internacional la conoce sobre todo porque dio a luz a su primera hija durante el cargo, se tomó seis semanas de baja maternal, y se llevó a su bebé de tres meses (y a su marido) a la Asamblea General de Naciones Unidas. También por cómo calificó —“totalmente inaceptable”— la pregunta de si planeaba tener hijos que le hicieron horas después de convertirse en mandataria.
Ardern también ha causado sorpresa. Primero, cuando el Partido Laborista la escogió inesperadamente como líder, apenas tres meses antes de las elecciones generales de 2017. En menos de una semana, más de 3.500 voluntarios se ofrecieron a hacer campaña por ella y la formación recaudó cerca de 500.000 dólares neozelandeses (300.000 euros). Después, al convertirse en primera ministra tras pactar con los Verdes y el partido de centroderecha Nueva Zelanda Primero. Ardern se enteró en casa por televisión, cuando el líder del segundo, Winston Peters, apareció en pantalla para anunciar que apoyaría la arriesgada coalición. “Cocinamos unos noodles instantáneos, cenamos y, dadas las obligaciones oficiales que ella empezaría a ejercer al día siguiente, nos fuimos directos a la cama”, recordó su pareja, el presentador televisivo Clarke Gayford. La elección fue enmarcada en la ola de renovación generacional de líderes como Emmanuel Macron, en Francia, y Justin Trudeau, en Canadá.

Vuelco en sondeos

Nacida en Hamilton en 1980 y laborista desde los 17 años, Ardern viajó por todo el mundo como presidenta de la Unión Internacional de las Juventudes Socialistas. Tras licenciarse en comunicación y relaciones públicas trabajó durante dos años en el Gabinete de Tony Blair, en el Reino Unido. En 2008 fue elegida diputada. Era la persona más joven en llegar al Parlamento neozelandés.

En una encuesta electoral del pasado febrero, Ardern conseguía que los laboristas desbancaran al principal partido de la oposición, el Nacional, del primer puesto que mantuvo 12 años. Desde que asumió el cargo, ha puesto en marcha algunas de sus promesas, como aumentar el salario mínimo, alargar el permiso paternal remunerado o incrementar la cuota anual de refugiados.

La oposición le reprocha que sus proyectos bandera se han quedado en papel mojado, empezando por el Kiwibuild, el ambicioso plan para acabar con la crisis de la vivienda edificando 100.000 casas a precio asequible en 10 años. De momento se han construido 33. Profesores de primaria, enfermeros y conductores de autobús han hecho además huelgas con gran seguimiento para pedir incrementos salariales, en unos conflictos laborales aún por resolver. Ella promete que este será el delivery year, el año de los resultados.

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