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Emiratos reabre su embajada en Siria para frenar la influencia iraní

El gesto, que reconoce el triunfo de El Asad en la guerra, busca el retorno de Damasco al entorno árabe

La bandera emiratí ondea en la embajada de Damasco, tras ser reabierta este jueves.
La bandera emiratí ondea en la embajada de Damasco, tras ser reabierta este jueves. AFP

Emiratos Árabes Unidos (EAU) reabrió el pasado jueves su embajada en Siria, después de casi siete años sin relaciones a raíz de la primavera árabe. El gesto da pie a pasos similares por parte de Arabia Saudí y otros países árabes que respaldaron a los rebeldes. Pero, sobre todo, supone un espaldarazo para el presidente Bachar el Asad, a quien Riad y sus aliados quisieran alejar de Irán, cuyo apoyo ha sido crucial para la supervivencia del régimen de Damasco.

“La influencia árabe en Siria se ha hecho aún más necesaria ante el expansionismo de Irán y Turquía”, ha reconocido Anwar Gargash, el ministro de Estado para Asuntos Exteriores de EAU. “Con su presencia en Damasco, Emiratos pretende activar esa influencia”, añadía. EAU y Arabia Saudí recelan de la influencia regional de Irán y Turquía por su respaldo a los islamistas que cuestionan su sistema de gobierno.

La embajada emiratí cerró en noviembre de 2011 tras el ataque de un grupo de manifestantes. Tres meses después Abu Dhabi rompió relaciones diplomáticas con Damasco, a la vez que la represión contra las protestas que pedían el cambio de régimen se transmutaba en una guerra civil. Otros países tomaron medidas similares y la Liga Árabe suspendió a Siria como miembro.

EAU formó parte del colectivo internacional Amigos de Siria que apoyó a los grupos de oposición, pero sin llegar a involucrarse tanto contra El Asad como Arabia Saudí o Qatar. De momento, no ha nombrado embajador. Un encargado de negocios, Abdel Hakim al-Naimi, y otro diplomático se ocuparán de reparar las relaciones.

“Es un primer paso hacia la normalización. Es improbable que Emiratos haya tomado la decisión sin consultar previamente con Arabia Saudí y otros aliados regionales. De modo que ese movimiento podría ser seguido por el resto”, declara a EL PAÍS Ignacio Álvarez Osorio, profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante. Este experto interpreta que “hay un consenso entre las potencias del Golfo sobre la necesidad de pasar página, de reconocer que Bachar el Asad es el vencedor y de iniciar una nueva etapa, ya que el régimen ha conseguido reconquistar buena parte del territorio”.

De hecho, apenas 24 horas después de reinaugurarse la Embajada emiratí, Bahréin anunció que su legación en Damasco volvía a estar operativa y que también operaban los vuelos entre los dos países. Manama retiró a sus diplomáticos “por razones de seguridad” el 15 de marzo de 2012, al día siguiente de que Arabia Saudí hiciera lo propio. Sin embargo, Omán y Kuwait mantuvieron sus relaciones con Siria y se opusieron a armar a los rebeldes.

Casi ocho años y cerca de medio millón de muertos después, el régimen de El Asad ha recuperado el control de la mayor parte de Siria, con el apoyo de Irán y Rusia. Se impone la realpolitik. En un primer signo de cambio, a mediados de diciembre el presidente sudanés, Omar al Bashir, viajó a Damasco. Al Bashir, sobre quien pesa una orden de detención de la Corte Penal Internacional, fue el primer jefe de Estado árabe en entrevistarse con El Asad desde 2011.

Álvarez Osorio considera que el acercamiento “podría culminar en la cumbre de la Liga Árabe con la readmisión de Siria”. Aún no hay consenso, pero tal como ha admitido esta semana el secretario general adjunto de esa organización, Hosam Zaki, “eso no excluye que haya un cambio de posición en el futuro”. La cumbre anual de la Liga está prevista a finales de marzo en Túnez.

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