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ANÁLISIS i

Tres en uno

La parte española puede estar contenta tras el pacto sobre Gibraltar. Pero más aún el conjunto de los europeos

El presidente español, Pedro Sánchez, este domingo en Bruselas.
El presidente español, Pedro Sánchez, este domingo en Bruselas. EFE

El 3 en 1 de uso doméstico engrasa herrumbres, alivia chirridos y repara bloqueos. Igual sucede con el triple pacto alcanzado este sábado para ahuyentar el nubarrón que Gibraltar cernía sobre la cumbre del Brexit de este domingo.

El primer alivio lo despacha la “declaración interpretativa” conjunta del Consejo Europeo y de la Comisión Europea favorable a la posición española.

Si se ha requerido un texto interpretativo solemne sobre dos artículos del Acuerdo de Retirada de Reino Unido (el 3 y el 184) es que su conjunción producía un resultado ambiguo. Y pues, susceptible de interpretaciones distintas.

La disposición de ambas instituciones a aclararlo así confirma, por reducción al absurdo, que la petición española no era frívola: dicho coloquialmente, el Gobierno no se la cogía con papel de fumar.

De modo que la inclusión de Gibraltar en el periodo transitorio (artículo 3) no implica ningún reconocimiento de que el Peñón sea Reino Unido (como podía deducirse del 184), elevando así el estatuto actual de su britanidad (por el que Londres gestiona su incardinación internacional).

Este documento se complementa con una declaración británica con su “enterado” y aceptación de la europea.

Eso cierra el circuito; evita (con vistas a la negociación sobre la relación futura) el establecimiento de un peligroso precedente; y blinda el asunto ante cualquier eventual reclamación política o jurídica.

La parte española puede estar contenta. Pero, más aún, el conjunto de los europeos, porque peinados los flecos de Gibraltar, la pesca, el cambio climático y ciertas exigencias del periodo transitorio, se les garantiza que todo queda a punto de revista.

O sea, peinado el Peñón, puede concluirse que no quedan bombas de explosión retardada en el texto del Acuerdo de Retirada. Algo en lo que es ducha la mejor diplomacia del mundo, el Foreign Office.

Pero la trascendental es la declaración —también de consuno del Consejo Europeo y de la Comisión— de que el acuerdo sobre la futura relación Reino Unido-UE no incluirá a Gibraltar, aunque ambos puedan llegar a pactos separados sobre el Peñón. Una posibilidad que “requerirá el acuerdo previo del Reino de España”. Previo.

Claro que colma las expectativas aireadas por dicho reino. Y con holgura, pues le añade una frase clave: Europa lo hace “desde el pleno respeto a la integridad territorial de sus Estados miembros”. España lo es; Reino Unido, no. Esto no es una cartita. Es un compromiso formal, con fuerza política e institucional inexpugnable.

Es un toque diplomático inédito sobre un asunto, Gibraltar, que, se comprende, a muchos españoles les resulta viscoso, cansino, anticuado. Pero es humanamente relevante para la Andalucía circundante, y pues, para todos. E insoslayable en democracia, los actos de piratería no caducan.

Otra vez aquí el éxito es también, y doblemente, europeo. La declaración esculpe el compromiso de las orientaciones de negociación de primavera de 2017: sobre Gibraltar, la última palabra la tiene España. Era un compromiso y ahora se ratifica que los compromisos se honran. Que la UE es una comunidad de derecho.

Tercer y último alivio: la travesía de Gibraltar allana para este domingo el pacto del Brexit, siempre mejor que una falta de acuerdo. Ahora juegan los amigos británicos.

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