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ANÁLISIS i

El punto de encuentro entre la debilidad de Londres y la fortaleza de la UE

La Unión del inmediato futuro será inevitablemente menos fuerte sin el Reino Unido. Pero de ninguna manera menos sólida

Un manifestante anti-Brexit ondea una bandera británica y se envuelve en una europea frente al Parlamento Británico el pasado marzo. En vídeo, principio de acuerdo sobre el Brexit.

Lo que se antoja como cercanía íntima a la cuadratura del círculo no es una solución parcheada a la conjunción de dos presuntas debilidades. No.

Más bien se pespuntea como una encrucijada particular e irrepetible: entre una debilidad extrema (la de Reino Unido) y una fortaleza sin fisuras (la de la Unión Europea).

Por un lado, Theresa May es la esforzada superviviente, durante dos eternos años, de sus propios desconciertos, de las ruinas morales intestinas de su partido y de la ventajista indecisión del trémulo laborismo opositor.

Y de la ausencia de un liderazgo determinante entre los partidarios de un segundo referéndum sobre el Brexit. O mejor, sobre si sus condiciones mejoran (que no lo harán) la posición dominante que Londres ostentaba entre los Veintiocho. Algo que habría sido lógico para una democracia que no supo preguntar "cómo" querían irse de Europa los británicos, una vez establecido el “qué”, la aparente voluntad de irse.

Paradójicamente, May cobra su fuerza de todas esas debilidades, y de las reiteradas traiciones, chantajes, amenazas e impertinencias de sus supuestos fieles, subordinados, compañeros y amigos. Todos ellos exhiben menor fortaleza, porque ella aguanta, aunque resulte obligado decir que eso es así de momento, y que nunca puede excluirse un revés letal. Y es que no resulta obvio trenzar una conjura entre rivales domésticos de tan distinta naturaleza y de peso tan escaso, medido cada uno en una báscula solitaria.

Al tiempo, haber protagonizado individualmente la negociación inclina a los continentales a la teoría compasiva del torpe conocido antes que el hábil por descubrir. Los negociadores de Michel Barnier (un astilloso “frenchman”, para los quisquillosos supremacistas anglosajones) han destacado en pragmatismo, virtud otrora de la otra parte.

Sin abandonar, claro está, la firmeza en la defensa de la UE como comunidad de derecho construida sobre cuatro libertades básicas, mercado interior integral e igualdad jurídica de sus socios. Sin desviarse un ápice de las orientaciones de negociación, que por los demás habían, en buena parte, inspirado.

Ha jugado a su favor una paradoja no inversa, sino complementaria, de la que operaba con May. Todas las debilidades nacionales se conjugaban para hacer aparecer como más vulnerable la posición de la Unión: el iliberalismo ultra de Polonia y Hungría; el neopopulismo ultraderechista/ultraizquierdista de Italia; la marea demagógica contra la inmigración; los obstáculos a la profundización del área euro; las tensiones Norte/Sur, Este/Oeste prósperos/emergentes, federalistas/nacionalistas…

Europa, como dijera Leonardo da Vinci sobre el Mediterráneo, aparentaba volver así a ser aquel lugar donde “en cada punto hay división”. Pues no. En ese espacio de fisuras y fracturas múltiples, ha surgido el milagro sostenido de esa extraña y peculiar comunidad. A la hora de la verdad, ninguno de los socios rompió la unidad de enfoque ni la disciplina diplomática. Ninguno cedió a las sirenas seductoras de Albión. Todos al cabo afirmaron discretamente la conciencia de que las bases más fundamentales de su club —el mercado compartido y el derecho común que lo posibilita— eran esenciales para cada uno de ellos.

Por eso, sabiendo que faltan millones de detalles sobre la fragua del pacto de principio, puede asegurarse que ni el mercado interior se estrellará en fronteras imposibles entre las dos Irlandas; que los pactos previos sobre ciudadanía y abono de la deuda británica serán honrados; que el arbitraje del Tribunal de Luxemburgo y toda la arquitectura jurídica de esta (imperfecta) democracia plurinacional no sufrirá abolladuras. Que la Unión del inmediato futuro será inevitablemente menos fuerte sin el Reino Unido. Pero de ninguna manera menos sólida.

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