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Jamal Khashoggi, un periodista crítico pero no un disidente

El saudí 'desaparecido' en Estambul expresaba sus opiniones con franqueza sin cuestionar la monarquía

Jamal Khashoggi, en Davos (Suiza) en 2011.
Jamal Khashoggi, en Davos (Suiza) en 2011. AP

Jamal Khashoggi era de los pocos periodistas saudíes que hacía periodismo dentro de Arabia Saudí. Y digo era no porque crea que está muerto tras su desaparición en Estambul, sino porque para seguir haciendo periodismo y no meras relaciones públicas tuvo que irse de su país. Empezó a escribir en The Washington Post y a participar en debates académicos y televisivos sobre los cambios que se estaban produciendo en el Reino del Desierto. Eso le dio una mayor proyección internacional, pero también un problema: la etiqueta de disidente.

La decisión de dejar su casa, su familia y su trabajo se debió, como él mismo explicaba en su primer artículo para el Post, a que “otra cosa traicionaría a aquellos que languidecen en prisión”. Las autoridades acababan de detener a su amigo Esam al Zamil, un economista que había osado criticar el plan del heredero de Arabia Saudí, el príncipe Mohamed Bin Salmán (MBS), para sacar a bolsa un 5 % de la empresa nacional de petróleo, ARAMCO. Tal vez temía que él sería el próximo. “Puedo hablar cuando otros no pueden hacerlo”, justificó.

Khashoggi, que el próximo sábado cumplirá 60 años, se ha mostrado crítico con las reformas y la represión lanzadas por MBS, pero no es un disidente. No se opuso inicialmente a la intervención militar en Yemen (que encuadró dentro de lo que bautizó como “doctrina Salmán”), sino que la justificó por la interferencia de Irán; tampoco rechazó las medidas para diversificar y privatizar una economía excesivamente dependiente del petróleo. Lo que ha criticado ha sido su imposición, sin un debate nacional. También receló del excesivo entusiasmo con el que Riad recibió la llegada de Trump a la Casa Blanca, algo que según algunas fuentes le distanció de la familia real.

Poco antes de su autoexilio, le habían retirado la columna que escribía para Al Hayat, un periódico panárabe propiedad de un sobrino del rey pero que se imprime en Londres. También le habían vedado expresarse a través de las redes sociales y desde finales de 2016 tenía prohibido hablar con periodistas extranjeros, tal como le confío a esta corresponsal cuando quiso consultarle algo. Porque Khashoggi, que se dio a conocer con sus entrevistas a Osama Bin Laden, siempre ha sido generoso con los colegas internacionales que pedían su opinión.

Su hablar franco y directo, alejado de las precauciones con las que otros saudíes envuelven sus opiniones, ya quedó claro en 2003 al ser cesado como director del diario Al Watan apenas 52 días después de su nombramiento por unos artículos en los que se ponía de relieve la gran influencia del estamento religioso en Arabia Saudí. Volvió en 2007 y aguantó hasta 2010, cuando se retiró por “motivos personales”, pero de nuevo se apuntó a sus comentarios sobre el ascendiente de los clérigos.

Tal vez se creía protegido por sus relaciones con algunos miembros de la familia real. Fue consejero del príncipe Turki al Faisal, exjefe de la inteligencia saudí, durante su tiempo de embajador en Londres. También mantenía amistad con el multimillonario Alwalid Bin Talal (luego depurado en la purga del Ritz-Carlton), quien le encomendó un proyecto de televisión, Al Arab TV, clausurado apenas 24 horas después de su lanzamiento. Una vez más, Khashoggi quiso ejercer de periodista y llevó al plató a un miembro de la oposición chií de Bahréin.

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