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Merkel afronta ahora el pulso de la disidencia interna

La derrota del aliado de la canciller en el grupo parlamentario saca a la luz la insatisfacción en su bloque

La canciller alemana, Angela Merkel, y el ex jefe del grupo parlamentario conservador Volker Kauder, durante la inauguración de un centro tecnológico de Daimler a mediados de septiembre.
La canciller alemana, Angela Merkel, y el ex jefe del grupo parlamentario conservador Volker Kauder, durante la inauguración de un centro tecnológico de Daimler a mediados de septiembre. REUTERS

“¿Ralph qué?”. Así arrancaba este miércoles la prensa alemana después de que la tarde anterior un terremoto político sacudiera los mismísimos cimientos del Ejecutivo de Berlín. Ralph Brinkhaus, prácticamente desconocido más allá de los círculos parlamentarios, logró desbancar al candidato y leal colaborador de Angela Merkel, al frente del bloque conservador (CDU/CSU) en el Bundestag. La intervención esa misma tarde de la canciller dejaba poco lugar a dudas de la magnitud del daño. “Es una derrota y no hace falta embellecerla”.

El miércoles su portavoz descartó con un rotundo “no” que Merkel se fuera a someter a un voto de confianza en el Parlamento, como corrió a exigir la oposición. Brinkhaus quiso calmar los ánimos y aseguró que no es ningún rebelde que planee ninguna revuelta contra la canciller, que su propósito es “apoyar a la canciller y a su trabajo en el Gobierno”. 

La votación, que en las últimas décadas ha sido un trámite puramente formal, cobra ahora un profundo significado, en un momento en el que la autoridad de la canciller está crecientemente cuestionada y en el que la gran coalición en el Gobierno salta de una crisis a la siguiente. Los diputados conservadores votaron divididos, pero lo cierto es que 125 diputados (frente a 112) se opusieron al candidato para el que Merkel había pedido abiertamente el apoyo. Es decir, desobedecieron la consigna de la eterna canciller y rompieron el cordón umbilical que les unía a la líder y a Volker Kauder, el derrotado que llevaba en su puesto los mismos 13 años que Merkel, en los que ha ejercido de inquebrantable correa de transmisión de la canciller.

La autoridad de Merkel dentro y fuera del partido quedó seriamente menoscabada en cuestión de segundos y la prensa alemana, que lleva años anunciando el inicio del fin de la era Merkel redobló el miércoles la intensidad de sus pronósticos. “¿Es capaz Merkel de ser todavía canciller?”, se preguntaba en su primera página el sensacionalista Bild, el más vendido de Alemania. Mientras, el conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung se refería en su primera a la canciller como “un pato cojo”.

El peligro es probablemente más hipotético que real. Merkel sabe que por ahora ni a su partido ni a los conservadores bávaros y mucho menos a los socialdemócratas, los tres socios del gobierno, les convendrían unas elecciones anticipadas. Las encuestas muestran un creciente desapego de los electores y ninguno de los partidos tiene a un candidato capaz de triunfar en las urnas a estas alturas. Se le suma además, el temor de los partidos a que la extrema derecha, Alternativa para Alemania, sea capaz de capitalizar el descontento ciudadano ante la interminable gresca política que consume a la gran coalición. Los líderes ultras se frotaban las manos tras el batacazo de la canciller.

El politólogo Thorsten Faas de la Universidad Libre de Berlín advierte de que no todo tiene que ver con la posición de Merkel en el partido. Que no hay que olvidar que en estos 13 años Kauder, el jefe del grupo parlamentario saliente, no solo ha hecho amigos, sino que también ha sufrido un desgaste que ha quedado reflejado en la votación. “Pero que alguien [Brinkhaus] pase a la ofensiva y se presente como alternativa, eso es un síntoma de insatisfacción con la canciller. Eso es realmente algo nuevo”.

Más allá de las réplicas de mayor o menor intensidad que vaya a originar el temblor de la tarde del martes, lo cierto es que Brinkhaus ha ejercido como poco de válvula de escape para muchos miembros de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y de su partido hermano bávaro, la Unión Social Cristiana (CSU). La frustración anida en el bloque conservador ante la merma de apoyos en las encuestas y en plena de resaca de la penúltima crisis, la provocada por el cese del jefe de los servicios secretos internos.

La gestión de la salida del jefe del espionaje y la búsqueda de un nuevo acomodo para el defenestrado fue tan cuestionada, que Merkel compareció ante la prensa para entonar un inusual mea culpa y reconocer que no había sabido escuchar las preocupaciones de los ciudadanos, que el olfato le había fallado. El martes, volvió a fallarle. La victoria de Brinkhaus y el hastío con Kauder fue una absoluta sorpresa que nadie, tampoco la canciller vio venir. “Mantener en pie la coalición exige muchos recursos”, piensa Faas. “Obviamente la relación con el exterior, pero también con el partido sufre”.

Peter Matuschek, analista de la casa de sondeos Forsa, explica que a los ciudadanos no les interesa dónde van a colocar al jefe de los espías defenestrado, que tienen la sensación de que los políticos no se ocupan de los asuntos importantes. En las últimas encuestas, la CDU ha caído por debajo del 30%, perdiendo casi cinco puntos porcentuales respecto al resultado electoral de septiembre del año pasado. Pero destaca sobre todo la subida de los abstencionistas que ahora rozan el 31%, convirtiéndose en el mayor grupo en el electorado. “Es un reflejo claro del descontento tanto con los demócratas cristianos como con los socialdemócratas”.

A la frustración de los conservadores se le suman los temores. Los conservadores se enfrentan a dos citas electorales cruciales en las pueden sufrir serias pérdidas. El 14 de octubre en Baviera, en el sur y a finales de mes en Hesse, en el centro del país. Sendas citas, sobre todo la bávara, en la que la CSU se juega su tradicional mayoría absoluta, marcarán según los analistas el tono del curso político en los próximos meses y hasta la viabilidad del cuarto mandato de la canciller Angela Merkel.

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