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¿Cómo se imagina un festival feminista en el mundo árabe?

Chouftouhonna se consolida después de cuatro ediciones intentando ganar terreno al patriarcado

Hace unos días se celebró en Túnez la cuarta edición de Chouftouhonna [en dialecto árabe tunecino “las habéis visto”], el único festival artístico pluridisciplinar del mundo árabe que se define como “feminista”. Durante cuatro días, más de 150 artistas, casi la mitad venidas del extranjero, expusieron sus obras en el festival e intercambiaron sus experiencias. Hubo actividades para todos los gustos: conciertos, películas y cortos, exposiciones de fotos y pinturas, talleres de música, obras de teatro e incluso sesudas conferencias relacionadas con la cuestión de la mujer y el arte. Todas ellas tenían un punto en común: eran trabajos hechos por mujeres.

“El festival se define como feminista porque el objetivo es reclamar un espacio para las creadoras que a menudo no encuentran. Ahora bien, las obras no tienen porque serlo de forma explícita. Eso sí, no aceptamos obras que refuercen el patriarcado”, explica Bouchra Triki, la presidenta de la asociación Chouf, la organizadora del festival. “No queremos imponer a las artistas una definición de qué es el feminismo, que sería la nuestra. Cada contexto determina qué significa ser feminista. No es igual la mirada de alguien que viene de EEUU o de Egipto, por ejemplo. Y lo bueno es ofrecerles un espacio para que dialoguen”, añade.

En el acto de clausura del día 9, la sala estaba llena a rebosar, muestra de que el festival no solo ha crecido, sino que se ha consolidado. En su primera edición, duró un día, y solo estuvieron presentes artistas tunecinas. La sede de esta edición también es especial: uno de los complejos del teatro nacional que era antes un palacio cargado de historia. La elección no es casual. “Las primeras ediciones se hicieron en Cartago [un exclusivo suburbio de la capital]. Pero queríamos estar en la medina, sobre todo para integrar a la población del barrio”, argumenta Triki. En base a esa filosofía de abrirse a la sociedad, la entrada es gratuita, en el programa se ha incluido un taller para los niños del barrio, y el concierto de clausura se realizó en la calle. Con sus decenas de mezquitas y talleres artesanales, la medina de Túnez es un barrio popular y de espíritu tradicionalista, un ambiente alejado del vivero del feminismo clásico. Gracias a la reforma del Código del Estatuto Personal aprobada por el presidente Bourguiba en 1956, inspirado en la ley francesa y que prohibía la poligamia, Túnez es conocido por ser el país árabe donde la mujer goza de más derechos. Se trataba de un “feminismo de Estado”, impuesto desde arriba, que más tarde el dictador Ben Alí explotaría para ganarse el apoyo occidental. Por eso, los cambios no calaron completamente en la sociedad tunecina, que continúa siendo mayoritariamente de mentalidad conservadora y patriarcal, como demuestra la oposición que ha suscitado la propuesta del presidente Essebsi para establecer la paridad de género en materia de herencia.

“Creo que este año ha habido un público más diverso que en ediciones anteriores. Había más hombres, más jóvenes. Poco a poco, vamos llegando a un público más amplio”, opina Triki. Ahora bien, eso no significa que no se pueda ir más lejos en ese camino. “El perfil social de los asistentes es bastante parecido, sobre todo mujeres de clase media-alta, francófonas. Ha sido una buena experiencia, pero hay que conseguir más presencia de las clases populares”, tercia Aziza Satki, una artista francesa de origen tunecino encargada de un taller de percusión”. Eleonora Gatto, una fotógrafa italiana residente en Beirut ha tenido la misma impresión: “Chouftouhonna no deja de ser un poco una isla algo elitista”.

Precisamente, el concierto final, único acto del festival en el espacio público, tenía la voluntad de hacer caer barreras. Fue frente al teatro, en una bonita plaza presidida por una imponente mezquita otomana, ocupada siempre por la clientela de un par de “cafés masculinos”. Como la mayoría del país, estos establecimientos no están prohibidos a las mujeres, ni nadie impedirá su entrada o consumición. Pero su presencia atraerá miradas de curiosidad, quizás alguna de reprobación. Y eso genera incomodidad.

No obstante, durante los días del festival, ha sido normal ver sentadas en el café a algunas de las artistas y asistentes al evento mezclándose con los clientes habituales sin tensión alguna. Tampoco la suscitó el concierto de clausura. Algunos aplaudieron, otros incluso se levantaron para bailar con el corrillo que salió del palacio siguiendo a la comitiva de músicas que tocaban panderetas y tambores. La filosofía de Chouftouhonna es ir ocupando espacios antes vedados a la mujer. Con confianza, pero sin estridencias. Y solo por ese epílogo en la plaza de Halfaouine, el festival ya fue un éxito. El año que viene, más.

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