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Macron supera una nueva jornada de huelgas y protestas en Francia

El presidente mantiene su política ante una movilización de funcionarios y ferroviarios que fue consistente pero no desbordante

Manifestantes protestan contra un aumento de impuestos en París el pasado 15 de marzo 2018. REUTERS-QUALITY

Era una prueba para Emmanuel Macron, y también para los sindicatos: el termómetro para evaluar si la temida calle francesa puede inquietar al presidente. La primera gran jornada de huelga y manifestaciones desde que en mayo de 2017 Macron llegó al poder movilizó este jueves a decenas de miles de personas y afectó al funcionamiento de sectores como el transporte o la educación. Pero el toque de atención de los sindicatos y partidos de izquierda es insuficiente para frenar su programa de reformas.

El anterior intento de frenar un proyecto clave del presidente —la reforma laboral, en otoño— movilizó a decenas de miles de manifestantes, pero acabó pinchando y no logró impedir que la reforma se aprobase. Esta vez la partida no ha terminado; en realidad ni siquiera se ha jugado. Las huelgas y manifestaciones de lo que algunos comentaristas habían llamado “jueves negro” son el prólogo del pulso que se escenificará a partir de abril, cuando los ferroviarios comiencen una paros intermitente de tres meses contra la reforma de la SNCF, la compañía pública de ferrocarriles. Esta reforma contempla excluir a los nuevos contratados de los beneficios laborales de los ferroviarios, como la posibilidad de jubilarse entre los 50 y los 55 años.

Más de 150 manifestaciones de funcionarios —incluidos maestros, personal hospitalario y controladores aéreos— se celebraron en Francia para protestar contra la reforma de la función pública y otras medidas. Esta reforma prevé la supresión, de ahora a 2022, de 120.000 puestos de los 5,6 millones actuales para ahorrar 4.500 millones de euros. Los transportes —trenes y aviones— funcionaron a medio gas. Un 14,5% del personal educativo y un 35,4% de los ferroviarios siguieron la huelga, según cifras oficiales. Francia no era un país bloqueado ni en cólera contra el presidente reformista, pero sí se expresó un malestar difuso en varios sectores de la ciudadanía.

"Lo que me inquieta es que están destrozando el servicio público. No sólo la SNCF", dijo en la marcha de ferroviarios en París Thierry Pin, antiguo trabajador de los ferrocarriles públicos, ya jubilado. "Estoy inquieto por nuestros hijos y por la sociedad que les dejamos", añadió Pin, de 61 años. La marcha confluyó en la plaza de la Bastilla con otra de funcionarios. La primera contaba con una nutrida presencia de manifestantes anarquistas, algunos con la cara tapada, y estuvo salpicada de incidentes violentos.

"Durante mucho tiempo fuimos un modelo para otros pueblos, y ahora nos lo vamos a cargar todo", lamentaba Jean Thuillier, de 45 años, profesor en una escuela de Amiens, la ciudad norteña donde nació y creció Macron. Thuillier es pesimista sobre el futuro: "De un lado estarán los que logren una situación de comodidad y lujo, y del otro los que no habrán tenido estar suerte, la suerte de una buena educación, una buena salud, de un trabajo. Y estos no tendrán su lugar en la sociedad, serán marginales”.

Las manifestaciones de París congregaron a 47.800 personas, según el recuento de un consorcio de medios de comunicación y el gabinete de análisis Ocurrence por medio de captadores de imágenes y un algoritmo. Los sindicatos dieron la cifra de 500.000 manifestantes en todo Francia, similar a la de la movilización del 13 de septiembre contra la reforma laboral. "Nos mantendremos firmes", adelantó hace unos días su ministro de Economía y Finanzas, Bruno Le Maire. Superar el escollo de la calle reforzaría la legitimidad para, como dice Macron, "continuar reformando con profundidad”.

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