Macron sella la reforma laboral pese a las protestas en la calle

Con su primer gran proyecto, el presidente francés envía una señal a Europa: Francia es reformable

Emmanuel Macron firma las ordenanzas ante la prensa en su oficina en en el Elíseo, este viernes en París.
Emmanuel Macron firma las ordenanzas ante la prensa en su oficina en en el Elíseo, este viernes en París. Philippe Wojazer (AP)

Emmanuel Macron cae en los sondeos de popularidad y afronta un otoño de protestas, pero siempre podrá decir que cumple las promesas. El Consejo de Ministros aprobó este viernes el primer gran proyecto de su presidencia: una reforma laboral que flexibilizará la contratación y el despido. Aunque la reforma está pendiente de la aprobación definitiva en el Parlamento, Macron envió varias señales al estampar su firma. A los sindicatos: las protestas no frenarán sus planes. Al resto de franceses: el propósito de transformar Francia va en serio, mensaje similar al que envía a los socios europeos, y en particular a Alemania. Francia es reformable.

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Tras la reunión del Consejo de Ministros, Macron firmó las nuevas normas en el Elíseo, ante las cámaras de televisión, en una escenificación que algunos comentaristas consideraron "americana", al estilo de los presidentes estadounidenses firmando leyes en el Despacho Oval de la Casa Blanca. La liturgia presidencialista resaltaba el poder del jefe de Estado y el significado del momento. El presidente —elegido en mayo ante la candidata de la extrema derecha, Marine Le Pen— evita la maldición de otros presidentes, que o bien quisieron imponer reformas inesperadamente, sin haberlas propuesto en campaña electoral, o dieron marcha atrás cuando constataron su impopularidad.

Con la adopción de los cinco textos legislativos de la reforma —las llamadas ordenanzas—,  Macron se apunta el primer triunfo de su joven presidencia. Y desafía de quienes aventuraban que, una vez en el poder, sería incapaz de aprobar una reforma ante la resistencia de los sindicatos y quizá de la calle. Lo ha logrado, entre otros motivos, gracias a unas rondas de consultas en verano con los actores sociales y a la habilidad para dividir a los sindicatos. También le ha ayudado la legitimidad que le otorga haber prometido la reforma en campaña, y contar con una mayoría cómoda y cohesionada en la Asamblea Nacional. "Creo en la democracia, y la democracia no está en la calle", dijo esta semana a la cadena CNN.

La reforma no es una revolución, pero sí un cambio en el código laboral hacia una mayor liberalización. Contempla, por ejemplo, baremos a las indemnazaciones por despidos improcedentes. Permite a las multinacionales instaladas en Francia invocar una situación de crisis local para despedir a trabajadores, aunque la empresa prospere en el resto del mundo. También autoriza que las negociaciones en las pequeñas empresas esquiven a los sindicatos, y fusiona las múltiples instancias de representación laboral en las empresas. Es un primer paso, casi más simbólico que efectivo a la hora de bajar desempleo crónico: la etapa inicial de una serie de reformas que incluyen la formación profesional, el seguro de desempleo o a la política impositiva, entre otros ámbitos, y que desembocarán, según Macron, en "una transformación inédita [del] modelo social".

El debate no ha terminado. El peculiar instrumento legislativo que eligió Macron —las ordenanzas— impone un calendario pautado. Las ordenanzas son textos legislativos que pueden adoptarse sin pasar por el complejo proceso de largos debates y enmiendas parlamentarios. Primero, el Gobierno debe pedir permiso al Parlamento para actuar por esta vía, cosa que ocurrió en agosto. Una vez firmado el texto, entra en vigor, pero de manera provisional. Hasta que el Parlamento lo ratifique no se convertirán en ley, y esto debe ocurrir en un plazo de tres meses. Algunos flecos todavía son susceptibles de modificarse, pero en su esencia la reforma avanza. Macron podrá decir que ha ganado la primera ronda de su batalla con la oposición y con la calle.

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La oposición mide su fuerza

Una protesta de baja intensidad —insuficiente, como mínimo, para frenar los planes del presidente Emmanuel Macron— se está instalando en Francia. No han sido hasta ahora manifestaciones masivas, ni movimientos populares amplios que señalen un rechazo definitivo al nuevo presidente.

Pero evidencian un malestar que se refleja también en los sondeos: un 44% de franceses considera que Macron es un buen presidente, doce puntos menos que en junio, según un sondeo del instituto Odoxa publicado esta semana. Un 52% rechaza la reforma laboral, según otro sondeo de OpinionWay.

Los sindicatos ya han celebrado dos jornadas de huelga y protestas, el 12 y el 21 de septiembre. De las tres grandes organizaciones, la movilización sólo ha contado con el apoyo oficial de la CGT, aunque han participado miembros y grupos locales de los otros sindicatos. Según datos del Ministerio del Interior, en la primera protesta participaron 223.000 personas en todo Francia, y 132.000 en la segunda.

La manifestación más esperada es la de este sábado 23 de septiembre, organizada por La Francia Insumisa, el partido de izquierda alternativa de Jean-Luc Mélenchon. Mélenchon ha logrado erigirse en el principal opositor político a Macron. Un éxito de convocatoria —se comparará la cifra de asistentes con la de las manifestaciones sindicales— le servirá para afianzarse en este papel.

Las protestas están movilizando a otros sectores. El jueves hubo una huelga encubierta de agentes de la policía antidisturbios, la semana que viene protestarán los camioneros, y más tarde están previstas movilizaciones de funcionarios y jubilados.

El inconveniente de la manifestación de Mélenchon el sábado es que llega un día después de que el Gobierno francés haya aprobado la reforma laboral, probablemente demasiado tarde para frenarla. Pero las protestas miran más allá. No apuntan a esta reforma sino a las siguientes que están en la agenda gubernamental, y en realidad a la figura del presidente Macron.

Sobre la firma

Marc Bassets

Es corresponsal de EL PAÍS en París y antes lo fue en Washington. Se incorporó a este diario en 2014 después de haber trabajado para 'La Vanguardia' en Bruselas, Berlín, Nueva York y Washington. Es autor del libro 'Otoño americano' (editorial Elba, 2017).

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