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El regreso de la ciudad-Estado

El creciente poder y la idiosincrasia de los centros urbanos los aleja del mundo rural y los expone a la tentación del autogobierno

Audiencia enAtenas durante la representación de Agamenón (1884).
Audiencia enAtenas durante la representación de Agamenón (1884). UNIVERSAL HISTORY ARCHIVE / UIG (GETTY)

Podría decirse que el presidente Donald Trump está preso en la Casa Blanca, más o menos como si fuera un cuerpo extraño de la ciudad que lo rechaza y que lo mantiene en cuarentena. No cualquier ciudad, sino Washington, la capital de EE UU, cuyos vecinos le concedieron el 4,1% de los sufragios en las últimas elecciones presidenciales. Un 90,9% votaron a la demócrata Hillary Clinton.

Se trata de un patrón extremo, pero ilustrativo de la posición refractaria que las grandes ciudades estadounidenses adoptaron contra el trumpismo. El país no se dividió entre demócratas y republicanos, sino entre urbanitas y votantes de las áreas rurales. Podría decirse lo mismo de los crecientes comicios franceses. El símbolo jacobino de París ni siquiera tuvo noción de la proyección radical que representaba el Frente Nacional de Marine Le Pen. Emmanuel Macron obtuvo el 90% de los votos el pasado 7 de mayo, redundando en el mismo fenómeno sociopolítico que reflejaba el antecedente de EE UU. La Francia de las ciudades contra la Francia del campo.

Es un argumento tentador para reflexionar sobre la indiosincrasia política y sociológica que han adquirido las ciudades en el contexto del mundo globalizado. Sobreviven los anacronismos del Vaticano y de Mónaco en la “personalidad” de las antiguas ciudades-Estado, pero la pujanza de las grandes urbes asiáticas —Shanghái, Singapur, Nueva Delhi, Tokio, Osaka— y las atribuciones que reivindican para sí las aglomeraciones hegemónicas de Occidente—Nueva York, Londres, Berlín, París, Roma— sobrentienden una transformación radical en la relación de las naciones y sus ciudades, independientemente de los procesos de cesión de soberanía que se han madurado —la Unión Europea— o de los límites territoriales y constitucionales vigentes.

Las ciudades en cuanto tales aportan el 80% del producto interior bruto planetario, pero además han experimentado un boom demográfico que las expone a la tentación del autogobierno. Es la gran diferencia respecto a las polis griegas y de las ciudades-Estado que proliferaron en la Italia renacentista. Estamos no en la edad de las metrópolis, sino de las megalópolis, similares a las antiguas en la expectativa de la autonomía, pero dotadas de enormes cualidades financieras, tecnológicas… y pedagógicas.

Pedagógicas quiere decir que el hábitat urbano en su propia heterogeneidad cultural, étnica, identitaria favorece la instrucción, la convivencia y hasta la tolerancia. No es el ciudadano el que hace a la ciudad, sino la ciudad la que hace al ciudadano en cuanto espacio complejo y hasta cosmopolita que fomenta el intercambio. Lo demostraba un reciente estudio de UCLA (Universidad de California en Los Ángeles) en la resaca de los comicios presidenciales. No ya significando la derrota de Trump en las ciudades que alojan una población superior a los 250.000 habitantes, sino verificándose en ellas una mayor porosidad hacia la inmigración y los derechos sociales.

El antagonismo del campo/ciudad llega al extremo de que muchas ciudades no se sienten acomodadas en sus Estados, y aspiran a articularse en gobiernos secretos. No mediante las leyes necesariamente, aunque hay urbes como Berlín o como Hamburgo que tienen transferidas las competencias recaudatorias, fiscales, pero sí desde los reglamentos o de las respuestas a las preocupaciones comunes: las atribuciones de la policía, la relación con los refugiados, las sensibilidades medioambientales.

De hecho, es la conciencia o la emergencia ecológica la razón embrionaria que ha estimulado el C40 (Cities Climate Leadership Group), una estructura creada en Londres en 2005 que ya aglutina 90 grandes ciudades del planeta —Madrid y Barcelona, entre ellas— y que fomenta una terapia grupal sobre la sostenibilidad, la movilidad, la contaminación, la educación, las pautas de crecimiento, las políticas de infraestructuras, las zonas verdes, la sanidad y hasta la inmigración.

Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, se desmarcó de las restricciones de la estrategia nacional diseñando un plan de acogida a los refugiados que procedían de Siria o de la franja subsahariana. Y colocó sobre la fachada del Ayuntamiento una pancarta, Welcome Refugees, que abanderaba la política de asilo municipal.

No son iguales los problemas de Nueva Delhi que los de Yakarta, ni los de Ciudad de México que los de El Cairo, pero se ha establecido entre las capitales un vínculo de comunicación y hasta de relación comercial, sobrepasándose tantas veces las limitaciones que contemplan o arbitran las naciones soberanas. “Las inversiones de Londres en Nueva York son tan importantes como las de Nueva York en Londres”, explica el sociólogo estadounidense Richard Sennett. “Se ha creado entre ellas el vínculo de un espejo, pero hay una relación orgánica. Como si la una formara parte de la otra. O como si el espacio administrativo al que pertenecen en el seno de un Estado representara un obstáculo a su propio crecimiento natural”.

El contexto de la emancipación ayuda a entender el caso de Hong Kong. La mutación de colonia británica a territorio chino en 1997 no ha significado el viaje de un régimen democrático a un sistema capital-comunista. Hong Kong tiene sus propios sistemas tributario y judicial. Reúne una población superior a los siete millones. Y aloja una de las rentas por habitante más elevadas del mundo, aunque uno de los problemas de su economía, como en otras urbes asiáticas, consiste en la desigualdad.

¿Podría independizarse? ¿Estaría al alcance de otras ciudades? El experimento del referéndum se consumó en Venecia en 2014, no tanto para evocar los fértiles tiempos que proporcionó el autogobierno de los dogos como por una reacción al hartazgo de la invasión de turistas y como un rechazo a la política fiscal de Roma. El 89% de los venecianos quería desligarse de Italia. Y no por una cuestión identitaria o nacionalista, sino por un sentido del pragmatismo. De hecho, todo el fervor soberanista que inculca la Generalitat de Cataluña y que ha ido creciendo en las zonas rurales se ha topado con el rechazo de la ciudad de Barcelona. Sus vecinos no quieren la independencia, aunque su alcaldesa, Ada Colau, sí aspira a la ambición de la superciudad, de forma que el Ayuntamiento disponga de prerrogativas administrativas especiales, como ya ocurre en Viena, en Basilea, en Moscú o en Sebastopol.

Todas ellas disponen de una constitución política que engendra sus propias leyes y que reúne amplias facultades recaudatorias y ejecutivas. Se trata de fomentar la descentralización y de convertir la política en una cuestión ciudadana, inmediata, aunque muchas de las metrópolis superpobladas ya son un superestado en términos demográficos y económicos. Empezando por Tokio, cuyos 38 millones de habitantes, aglomeración urbana incluida, equivalen a la población de Polonia

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