Brasil

Un madrileño se despide de Iemanjá

El pueblo brasileño posee una imbatible vocación de felicidad. Y eso no se enseña ni se aprende

Seguidores de Iemanjá dejan ofrendas en la playa de Salvador, en la Bahia.
Seguidores de Iemanjá dejan ofrendas en la playa de Salvador, en la Bahia.Victor Moriyama

-¿Y por qué le ofrecen un espejo?

-Porque la diosa Yemanjá es presumida. Y guapa. Así puede verse a sí misma.

-Y a este otro, Maruyo, ¿por qué le ofrecen una botella de cachaza?

-Porque es un orixá marinero y borrachín.

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Yo pregunto y Marisa, miembro de un terreiro de Candomblé de Salvador, responde con una naturalidad vencedora y una sonrisa preciosa. Alrededor, la playa de Río Vermelho, en San Salvador de Bahía, se ilumina poco a poco a con la luz azul del amanecer de Bahía. Son las seis de la mañana. Es dos de febrero, Día de la Festa de Yemanjá, la rainha del mar, una de las mayores fiestas religiosas de Brasil. Una mujer vestida de blanco, subida a una roca de la orilla, se pasa una rosa blanca por el rostro y los hombros. Se queda quieta, inmóvil, dubitativa. Parece pensar en algo, desear algo, pedir algo. Luego arroja decidida la flor al mar, como ofrenda a Yemanjá, se da media vuelta y se marcha, con otra sonrisa en la boca. Hay cola de decenas de personas todas vestidas de blanco, que pasarán por la casa de la diosa, erigida en una colina frente a la playa, al lado de una colonia de pescadores. Otra multitud abarrota la playa. Algunos bailan, otros pasean, otros tiran fotos, otros muchos miran hipnotizados el balanceo del agua, el vaivén de las barcas de pescadores que salen y entran cargando con quienes prefieren honrar a Yemanjá arrojando sus presentes mar adentro. Hay un trasiego incesante de barcas y barcos pequeños cargados de gentes siempre de blanco con ramos de flores y de espejos. Por todos lados huele al pachulí de lavanda que le gusta a la diosa y que muchos vierten al mar después de haberse lavado los brazos y la cara con él.

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Vivo desde hace dos años y medio en Brasil. Y me los he pasado preguntando.

-Y si el candomblé es otra religión, ¿por qué esa señora vierte perfume en el mar para Yemanjá y luego se santígua?

-Porque aquí todo está junto-, responde Marisa, dando una imbatible definición del sincretismo religioso. Y del mismo Brasil.

Pasa una mujer bellísima disfrazada de Yemanjá, envuelta en una túnica azul celeste. Pasa un tipo en traje de baño a quien el pelo a rastas le llega al tobillo. Cerca, un grupo de miembros de una misma congregación de Umbanda comienza a bailar en corro. Un tipo toca el tambor y dos, dos panderetas. Los otros, las palmas. Nada más. Percusión, palmas y gritos. Es música tribal, africana, antigua, vieja, intacta, llegada a estas playas hace muchos años junto con los dioses que hoy se celebran. Quien se anima se planta en el centro del corro y baila. Los otros aplauden. Hay parejas que se lanzan a la vez y entonces el baile es decididamente sexual, explícito, descarado, cargado de eso que simplemente es ganas de vivir. Entre los sesudos musicólogos se discute si el samba surgió en Río o en Salvador de Bahía. Yo diría que el samba nació hoy, en esta playa, a las siete de la mañana. Y volverá a nacer el año que viene.

Un devoto escoge rosas blancas para Iemanjá.
Un devoto escoge rosas blancas para Iemanjá.Victor Moriyama

-¿Y tú que le pides a Yemanjá?

- Armonía, paz y salud

- ¿Y dinero?

- Dinero no, a la diosa no le gusta que le pidan esas cosas-, responde Marisa, con la misma sonrisa marca de la casa

En otro grupo de candomblé, al pie de la playa, una mae do santo vestida de blanco y con un turbante azul brillante armado al estilo de Bahía baila sola en medio de otro corro de decenas de personas, da vueltas sobre sí misma, canturrea, da pie al resto para que la sigan, cierra los ojos, se mece, se abraza, entra en trance, trastabilla, se cae, se desmaya. Otra mujer viene a ayudarla, le enjuga el sudor del rostro, la ayuda a levantarse, la sonríe. Todos aplauden y la mãe do santo vuelve a empezar otra vez, con otra canción, dando pie a los de los tambores para que le sigan el compás. Pero aún está algo mareada: ha incorporado, como dicen aquí, esto es, el orixá, el dios, ha entrado en ella, se ha enseñoreado de su cuerpo durante el baile. Se ha encarnado en ella. Ha rezado con ella, ha bailado con ella.

recordé, mientras veía a otra mujer de blanco depositar delicadamente una rosa azul en una ola que retrocedía, que en diez días volveré a Madrid

-¿Y qué pasa cuando incorporan, que sienten?

-Es magia. No se acuerdan. Cuando vuelven en sí no se acuerdan. Invocan a los orixás con la música, con los tambores, luego no se acuerdan. No saben explicarlo muy bien.

Marisa sigue sonriendo. Aunque ahora más enigmáticamente.

Yo me creo que he entendido algo de las viejas religiones africanas que se practican en Brasil cuando, en otro terreiro de Umbanda, también al pie de la playa, protegido del sol por una sombrilla gigante, un obispo católico con mitra celebra una misa ante una escultura de Yemanjá y otros orixás. Reza un padrenuestro ortodoxo y yo siento que he vuelto al punto de partida, que sigo sin entender nada.

Tal vez haya que apelar a ese “todo está junto” de Marisa, o tal vez lo que pasa es que no haya mucho que entender y que el secreto, simplemente, esté en apropiarse de esas ganas de vivir que desprendía la pareja del samba o este sol o este mar o esta muchedumbre enardecida dispuesta a disfrutar del día.

Porque a las once de la mañana la diosa está servida en el fondo del mar, ahíta de perfume de lavanda, rodeada de miles de espejos y de flores.

Pero en la tierra firme la fiesta sigue. Seguirá hasta el domingo, hasta el Carnaval, casi. El pueblo brasileño posee una envidiable vocación de felicidad. Y eso no se enseña, ni se aprende. Ojalá, pensé para mí: me lo llevaría de equipaje. Porque recordé, mientras veía a otra mujer de blanco depositar delicadamente una rosa azul en una ola que retrocedía, que en diez días volveré a Madrid. Echaré de menos Bahía, echaré de menos Brasil.

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